jueves 16 de julio de 2026

La Paz contra la corriente

“Aguante collita”: El espíritu indomable de los paceños que se niegan a rendirse

El desabastecimiento golpeó al comercio informal, a la gastronomía y al turismo. Pero, detrás del encarecimiento y los bloqueos, emergió una red de apoyo ciudadano dispuesta a sostener a los más vulnerables.
Verónica Ochoa, Luciano “El Brillo”, Adriana Poma y Celso. Foto: Composición
Verónica Ochoa, Luciano “El Brillo”, Adriana Poma y Celso. Foto: Composición
miércoles 15 de julio de 2026

“Rendirse no es una opción”. Para los paceños —emprendedores, comerciantes que viven al día o trabajadores que caminan horas para llegar a sus oficinas—, esto no es una frase cliché de autoayuda: es un estilo de supervivencia. Es el espíritu indomable que recientemente los mantuvo de pie durante más de 50 días de bloqueos.

Verónica Ochoa, una vendedora de sopitas de fideo en la avenida Buenos Aires de la ciudad de La Paz, hizo honor a esta premisa con otra frase que se convirtió en bandera: “Aguante collita”. Lo dijo en uno de los momentos más críticos del conflicto, cuando los vecinos de La Paz y El Alto enfrentaban más de 40 días de cerco; una época de asfixia en la que hacer fila durante horas para comprar un pollo a más de Bs 90 o un maple de huevos a Bs 70 se había vuelto la dolorosa norma.

Ochoa, al igual que miles de comerciantes de comida, se dio modos para conseguir insumos y mantener su negocio a flote. Pero la resistencia no siempre fue suficiente: mientras muchos hacían lo imposible por no rendirse, numerosos restaurantes, cafeterías, pastelerías y locales de comida rápida se vieron obligados a reducir sus operaciones o cerrar temporalmente ante la falta absoluta de insumos indispensables para funcionar.
Pese a tener todo en contra, muchos decidieron resistir detrás de los mostradores y las hornillas. El sector gastronómico formal, asfixiado por los costos, se aferró al mismo grito de lucha popular.

“Sabíamos que emprender era difícil, pero con lo que no contábamos era con estos bloqueos. Estamos casi a punto de cerrar, pero aún así seguimos aguantando; como dicen: ‘aguante collita’. Alimentos caros, cercos, bloqueos... nada nos detiene”, expresaba el propietario de FoodLab, un espacio que batalló día a día para mantener sus puertas abiertas y ofrecer un menú variado a los ciudadanos en medio del desabastecimiento.

El sector gastronómico fue uno de los más golpeados por los bloqueos. Foto: José Fernández

El impacto golpeó con la misma dureza al corazón del turismo paceño. En la emblemática calle Sagárnaga, Tomás Luna, dueño de Café Lunas —un rincón conocido por sus hamburguesas de llama y su café traído de los Yungas—, se quebró por la crudeza de la situación, aunque sin perder la esperanza. Con las calles vacías, Luna se vio obligado a enviar a sus trabajadores de vacaciones forzadas para proteger sus empleos.

“Mi restaurante está vacío. No viene la gente, antes venían más turistas. Mi único deseo es recuperarnos”, lamentó, lanzando una invitación abierta a la comunidad como último salvavidas: “Invito a la gente a tomar un cafecito, vengan todos”.

Como el dueño de Café Lunas, otros emprendedores también se animaron a hablar con los medios o a inundar las redes sociales con campañas creativas, convirtiendo sus plataformas digitales en vitrinas de resistencia para convocar a la ciudadanía a consumir lo local y mantener a flote los negocios de la urbe.

Sin embargo, la crisis no solo sacó a la luz las dificultades económicas y la tenacidad para evitar la quiebra; también reveló la faceta más noble y humana de los emprendedores locales.

Tanto productores como vecinos fueron afectados por el conflicto. Foto: José Fernández

Tal es el caso de La Rufina, un querido establecimiento gastronómico que el domingo 14 de junio tomó una decisión radical: cerró por completo sus ventas al público para encender sus cocinas con un único y solidario propósito: preparar y regalar más de 300 platos de guiso de lentejas a las personas más golpeadas por el paro.

“Si estos días han sido difíciles para ti, queremos que sepas algo: lo entendemos. Si necesitas un plato de comida caliente, ven a La Rufina. No tienes que comprar nada, no tienes que explicar nada”, compartía en sus redes Deby Llusco, copropietaria y chef del lugar, convencida de que salir de las crisis más profundas solo es posible si nos ayudamos entre todos.

Solidaridad ante la violencia: La otra cara del conflicto
“Si uno no se rinde, los otros tampoco”. Con este espíritu, miles de ciudadanos se volcaron a la solidaridad cuando la violencia se desbordó. En los días más álgidos del conflicto, los ataques de sectores movilizados contra un lustrabotas de la tercera edad, una vendedora ambulante, un joven con discapacidad y un taxista movilizaron una imponente red de apoyo ciudadano.

De ahí surgió la historia de Luciano, conocido como “El Brillo”. A sus 78 años, este lustrabotas sufrió el saqueo de su puesto y el robo de su renta diaria el pasado 15 de mayo, en medio de los violentos enfrentamientos entre cooperativistas y policías en el centro paceño. Las cámaras de seguridad del Tribunal Departamental de Justicia (TDJ) registraron el momento en que un manifestante hurgaba entre las pertenencias de Luciano para arrebarle las pocas monedas que había ganado en su jornada laboral.

Muchos comerciantes se las ingeniaron para continuar vendiendo en las calles. Foto: José Fernández

Ese mismo día y en las mismas inmediaciones del TDJ, la violencia alcanzó a Adriana Poma, vendedora de material de escritorio en la calle Potosí. Tras la violenta dispersión policial con gases lacrimógenos, Poma regresó solo para encontrar su puesto destruido. “Me han robado todo, no hay nada. Ahí lo he dejado y todo lo han quemado”, lamentó entre lágrimas.

Sin embargo, La Paz no los dejó solos. Tanto don Luciano —viudo desde muy joven y quien trabaja incansablemente para mantener a sus tres hijos— como la señora Poma recibieron una masiva ola de apoyo económico y técnico por parte de ciudadanos y autoridades. “Gracias, que Dios se los pague, él les va a devolver el doble”, agradeció el anciano lustrabotas, conmovido por la respuesta de su gente.

El 23 de mayo, en la zona de Senkata, Fabio Arsani, un joven de 23 años que padece epilepsia, fue atacado con piedras y palos por un grupo de bloqueadores mientras caminaba llevando a su gata en una mochila. Los agresores destrozaron sus pertenencias y dejaron heridos tanto al joven como a su pequeña mascota. Tras sufrir severas convulsiones debido al trauma, Fabio tuvo que ser trasladado de urgencia al Hospital Boliviano Japonés.

La respuesta de la comunidad fue inmediata. Tras una intensa campaña ciudadana difundida en medios locales, se logró recaudar cerca de 40.000 bolivianos para costear sus medicamentos anticonvulsivos, su alimentación y comprar una nueva mochila para su mascota. “Me ayudaron mucho y la gatita está bien”, relató Fabio con una sonrisa de alivio ante las pantallas de televisión.

La violencia tampoco tuvo piedad con don Celso, un padre soltero que vive en alquiler y cuyo único sustento para mantener a sus hijos es su taxi. Mientras hacía una interminable fila para cargar combustible en la avenida Sucre, un grupo movilizado rodeó su vehículo.

“Estaba haciendo fila y de repente vino una turba. Quise escapar, pero ya no pude. Me reventaron el parabrisas delantero y, cuando quise dar retro, otro golpeó el de atrás. No tengo para pagar los destrozos y, lo peor, es que le debo al banco”, relató quebrado por la impotencia.

La ayuda para Celso no tardó en llegar. Una clínica oftalmológica local le donó un nuevo par de lentes de medida, ya que los suyos se habían perdido en el ataque, y la ciudadanía coordinó una colecta para cubrir el costo de los repuestos de su herramienta de trabajo.

Estas historias demuestran que, aunque los más de 50 días de bloqueos intentaron asfixiar y dividir a la sede de Gobierno, no lograron quebrar su tejido social. Al final, el verdadero “estilo de supervivencia” de los paceños no solo radica en aguantar el golpe, sino en levantar de la mano a quien ha caído a tu lado.