martes 28 de julio de 2026

Tarija y Chuquisaca después del boom gasífero

El problema es que el tiempo de la abundancia ya pasó y las condiciones para repetirla difícilmente volverán.

La riqueza extraordinaria del gas transformó al sur de Bolivia, pero dejó una pregunta incómoda: ¿cuánto de aquella renta temporal se convirtió realmente en patrimonio y desarrollo permanente? La respuesta importa ahora más que nunca. El país atraviesa dificultades económicas y la crisis energética, después de años de abundancia, ya golpea el presente y reduce las posibilidades de crecimiento. Tarija y Chuquisaca sienten esta transformación con especial intensidad y enfrentan las consecuencias de un modelo que perdió fuerza.

A finales de los noventa, el Gasoducto Bolivia-Brasil alimentó la esperanza de que el gas podía financiar una prosperidad duradera. Con la nacionalización de los hidrocarburos, las regalías y transferencias permitieron administrar recursos extraordinarios. Tarija fue el gran beneficiario territorial; Chuquisaca también fortaleció su presencia en el sector, aunque contaba con una economía más diversificada. La paradoja apareció después: hubo dinero, obras y gasto, pero no se logró construir una economía suficientemente sólida para enfrentar el declive del gas.

Los grandes campos que sostuvieron aquella bonanza comenzaron a declinar. Sábalo, San Alberto y Margarita-Huacaya, durante años pilares de la producción nacional, registraron una reducción sostenida de sus volúmenes. La producción gasífera del país está hoy muy lejos de los niveles alcanzados durante los mejores años del ciclo exportador. El problema ya no es solamente cuánto gas queda bajo tierra, sino cuánto ingreso fiscal queda cuando el gas deja de generar la renta de antes y las necesidades de la población siguen creciendo.

Para Tarija, el golpe es severo. Las regalías habrían descendido de US$528 millones en 2014 a aproximadamente US$48 millones en años recientes, un desplome cercano al 91%. Su PIB nominal en 2023 fue 37% inferior al registrado en 2014. Tarija necesita reconstruir una economía cuya dinámica estuvo fuertemente vinculada a los hidrocarburos y que ahora debe encontrar nuevas fuentes de crecimiento, inversión y empleo para reducir su vulnerabilidad frente al agotamiento de la renta gasífera.

Chuquisaca enfrenta una situación distinta. Su base económica es más amplia, apoyada en agricultura, minería, cemento, servicios y turismo, pero su producción de gas siguió la tendencia descendente nacional. Su reto es evitar que una menor dependencia de los hidrocarburos se convierta en complacencia y postergue la construcción de una verdadera economía productiva. Durante los años de abundancia se instaló la ilusión de que los ingresos extraordinarios serían permanentes; al disminuir las regalías, las obligaciones permanecieron, pero los ingresos no.

La pregunta decisiva no es cuánto dinero recibieron, sino qué dejaron de hacer mientras lo tuvieron. La renta extraordinaria pudo financiar fondos de estabilización, sistemas de riego, innovación y empresas competitivas. También pudo convertirse en infraestructura productiva, educación técnica, tecnología, agroindustria y capacidades capaces de generar ingresos mucho después del declive de los pozos. Ahora la verdadera evaluación es saber cuánto de aquella riqueza temporal se convirtió en patrimonio permanente y cuánto simplemente se consumió.

No todo se gastó mal: existen carreteras, hospitales y obras necesarias. Pero el costo de oportunidad fue enorme. Cada boliviano destinado a un gasto que no generó capacidades permanentes fue un boliviano que no se convirtió en patrimonio productivo. Cada proyecto inconcluso representa una oportunidad perdida y cada deuda utilizada para financiar inversiones sin retorno traslada obligaciones a las siguientes generaciones.

Por eso, la evaluación de la bonanza no puede limitarse a cuánto se ejecutó del presupuesto. Una Gobernación puede mostrar una elevada ejecución y, sin embargo, haber creado poco valor económico permanente. Ejecutar recursos no significa necesariamente crear riqueza. La verdadera pregunta es qué quedó después del gasto: activos productivos, empresas rentables, infraestructura económica, empleos privados y servicios públicos sostenibles.

La auditoría histórica pendiente exige responder preguntas incómodas: ¿cuántos activos productivos quedaron? ¿Qué obras generan dinamismo económico? ¿Cuántas inversiones producen ingresos? ¿Cuánto vale el patrimonio público después de descontar la deuda? La gestión pública no debería medirse solamente por cuánto dinero gastó, sino por lo que construyó, los resultados que obtuvo y el valor económico y social que dejó. Esa diferencia separa una administración que simplemente ejecuta recursos de otra que realmente construye futuro.

Esta evaluación debe incluir también el costo de mantenimiento de las obras. Una infraestructura puede representar una inversión millonaria al inaugurarse, pero convertirse en una carga si no tiene presupuesto para operar y mantenerse. El verdadero patrimonio público no es la obra fotografiada el día de su entrega, sino aquella que continúa funcionando, prestando servicios y generando beneficios años después.

Esperar el hallazgo de otro mega campo no es una estrategia de desarrollo. Tarija y Chuquisaca necesitan fortalecer al sector privado, la productividad y el capital humano. La exploración hidrocarburífera seguirá siendo necesaria, pero ninguna región puede construir su futuro esperando que un nuevo recurso finito reemplace al anterior. El verdadero desafío consiste en crear actividades económicas capaces de sostenerse, competir y generar empleo incluso cuando los precios de las materias primas bajen o los recursos naturales comiencen a agotarse.

El problema es que el tiempo de la abundancia ya pasó y las condiciones para repetirla difícilmente volverán. Tarija y Chuquisaca deberán enfrentar el declive de la renta hidrocarburífera con menos recursos, mayores obligaciones y una economía privada todavía insuficiente para reemplazar el impulso que durante años proporcionó el gas. La diversificación ya no es una opción cómoda para el futuro, sino una necesidad urgente que llega tarde. La pregunta, entonces, no es cuánto desarrollo podría haberse construido con la bonanza, sino cuánto quedará por construir cuando sus efectos económicos hayan desaparecido.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.
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