jueves 10 de septiembre de 2026

Con los pies en la tierra

Miguel Urioste, más allá de “el Estado anti-campesino”

Deja, sobre todo, una lección de enorme actualidad: que es posible —y urgente— amalgamar el conocimiento, los valores éticos y la política como vocación de servicio.
jueves 10 de septiembre de 2026

Antes de conocerlo en persona, Miguel Urioste era para mí uno de esos nombres que aparecen en los libros y, a la vez, uno de esos políticos con aires de pertenecer a un mundo ajeno al mío.

Hasta que, a finales de 2004, una entrevista de trabajo me llevó a cruzar el umbral de su oficina, sin saber que aquella puerta no daba a un empleo, sino a un camino de aprendizaje.

Miguel me reclutó como ayudante de campo para un estudio que años más tarde sería publicado con el título “Los nietos de la reforma agraria” (2007). Para entonces, él ya había dejado atrás el fragor de la política partidaria. Había sido diputado nacional durante ocho años y candidato a la presidencia por el Movimiento Bolivia Libre (MBL). Estaba de regreso con la naturalidad de quien vuelve a casa, a lo que fue su verdadera vocación intelectual: leer, escribir y descifrar los intrincados caminos de la reforma agraria, la tierra, el territorio indígena; en suma, la economía política del campesinado. Consideraba ese abordaje como el punto de partida imprescindible para todo aquel que busca entender por qué, tras tantos años y tantas reformas, Bolivia seguía tropezando una y otra vez con las mismas piedras.

Trabajar bajo su guía fue para mí descubrir que investigar no es solo problematizar, acumular datos o teclear sin aliento, sino darle al conocimiento un sentido de utilidad pública. Una brújula funcional para transformar la realidad. Entendí que, aunque estaba decepcionado y alejado de la arena política, Miguel concebía que la política no se cualifica sin trabajo intelectual y que la realidad no se cambia acumulando libros en los estantes. “Los intelectuales no gobiernan —repetía—, porque esperan sentados a ser llamados”.

Hacia 2005, una mañana llegó agitado a Fundación TIERRA y nos convocó a la sala de reuniones. “Evo Morales va a ser el próximo presidente”, sentenció con el rostro encendido. A su juicio, la suerte estaba echada porque el líder cocalero era el candidato con más hambre de poder y el único capaz de llevar a su molino el descontento social que el radicalismo de Felipe Quispe había logrado llevar a su máxima expresión. Explicó, con una lucidez propia de él las razones y posibles escenarios, pero también tenía una mirada sombría. Por un lado, reconocía el peso histórico de que el poder político llegara por fin a manos del campesinado. No en vano había escrito “El Estado anti-campesino” en 1984, un clásico ya de la literatura agraria boliviana. Pero, por otro lado, desconfiaba de las artes de quien, como él, también había sido diputado nacional y que ahora lo veía ascender con un estilo de liderazgo que le removía viejos fantasmas antidemocráticos.

En los años siguientes, sin perder de vista los primeros pasos del gobierno de Evo Morales, Miguel se consagró al consolidar otro de sus grandes legados: la Fundación TIERRA. La institucionalizó hasta convertirla en un centro de pensamiento con los pies en la tierra. Impulsó la creación de tres oficinas regionales para el trabajo directo con comunidades campesinas e indígenas. La de La Paz, volcada hacia el altiplano aymara y, más tarde, al norte paceño. La de Sucre concentró sus esfuerzos en las comunidades quechuas de Chuquisaca centro. Y la de Santa Cruz, especializada en el acompañamiento a los pueblos indígenas de tierras bajas. Cada oficina, un puente tendido entre la investigación y la acción.

Fue testigo de primera línea de la temprana crisis de los partidos políticos que protagonizaron el retorno de la democracia. En sus memorias, Antonio Araníbar da cuenta de cómo la politiquería y el oportunismo germinaron desde las entrañas mismas de la UDP a comienzos de los ochenta. Ya con Jaime Paz en el palacio quemado (1989-1993), la crisis se desplegó “en toda su dimensión desprovista casi por completo de valores éticos, de transparencia y de un sentido de servicio público”, subraya. Es un diagnóstico que Miguel habría suscrito sin matices si alguien le hubiera preguntado sobre la decadencia del MAS. En cuanto a la politiquería actual, su veredicto habría sido igual de implacable.

Hoy, en este septiembre de 2026, nuestros caminos se separan.

Miguel Urioste se va dejando mucho más que su producción intelectual sobre el campesinado. Deja, sobre todo, una lección de enorme actualidad: que es posible —y urgente— amalgamar el conocimiento, los valores éticos y la política como vocación de servicio. Que el intelectual comprometido no es quien se refugia entre cuatro paredes, sino quien sale a la calle y se remanga la camisa.

Que a la vez se puede pensar con rigor, escribir con honestidad intelectual, sentir con pasión y actuar con coherencia.

“Estamos acostumbrados a ver al poderoso como si se tratara de un gigante, sólo, porque nos empeñamos en mirarlo de rodillas y ya va siendo hora, de ponerse de pie”.

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