martes 28 de julio de 2026

La mirada del escritor

El laberinto de las promesas

En este laberinto de promesas, Bolivia continúa buscando una salida. Los políticos hablan, los asesores redactan y las cámaras registran cada declaración.

Quizá Bolivia no sea solamente un país, sino también un antiguo laberinto. Cambian sus guardianes, cambian las consignas escritas sobre los muros y cambian los hombres que aseguran conocer la salida; sin embargo, el ciudadano termina siempre ante el mismo corredor: una fila por combustible, un salario que pierde valor y una promesa que se desvanece.

Durante las campañas electorales, los políticos hablan como si hubieran descubierto una verdad secreta. Pronuncian la palabra “cambio” con la solemnidad de quien invoca un destino. Prometen reconstruir la economía, reconciliar al país y devolver la esperanza. El pueblo, que conserva una admirable y quizá trágica capacidad de creer, escucha nuevamente. Después llegan el poder, los cargos y los discursos oficiales. La realidad, indiferente a la retórica, continúa su camino.

El presidente Rodrigo Paz llegó al Gobierno prometiendo representar una ruptura con el pasado. Muchos imaginaron que comenzaba un tiempo distinto. Pero el tiempo político posee una naturaleza circular: aquello que ayer fue denunciado reaparece hoy bajo nuevos nombres. Las filas por diésel y gasolina han regresado; el dólar aumenta; los mercados viven bajo incertidumbre; los comerciantes calculan sus pérdidas y las familias descubren que cada billete compra menos que el día anterior.

Sería injusto afirmar que todos los males de Bolivia nacieron con el actual Gobierno. Las crisis no aparecen de repente: son la suma de errores, omisiones y silencios acumulados. Sin embargo, la herencia recibida no puede convertirse en una explicación eterna. Quien solicita el poder acepta también el peso de gobernar. No basta con señalar las ruinas; es necesario empezar a reconstruirlas.

Hay algo profundamente irónico en nuestra política. Quienes aspiran al Gobierno se presentan como salvadores; quienes ya gobiernan se presentan como víctimas. Antes de las elecciones, aseguran conocer todas las respuestas. Después, descubren que las preguntas eran demasiado difíciles. Así, la política se convierte en un teatro donde los actores cambian, pero el libreto permanece intacto.

Una fila por combustible parece un hecho cotidiano, pero contiene una pequeña tragedia nacional. Allí están el transportista que pierde una jornada, el comerciante que no puede recibir sus productos, el trabajador que llega tarde y la madre que observa cómo aumentan los alimentos. El dólar tampoco es una cifra abstracta: está en el precio de los medicamentos, en los insumos, en los alquileres y en el cansancio de quienes sobreviven calculando cada moneda.

Bolivia atraviesa, además, una crisis de confianza. Hemos escuchado tantos discursos que las palabras comienzan a parecer monedas falsas. “Cambio”, “estabilidad”, “reactivación” y “unidad” se repiten hasta perder su significado. Cuando el lenguaje político deja de nombrar la realidad y comienza a ocultarla, el discurso se transforma en una forma de engaño.

Tal vez el verdadero problema sea que nuestros gobernantes creen que administrar el país consiste en narrarlo. Pero una nación no se gobierna con metáforas, conferencias ni consignas. Se gobierna con decisiones, transparencia y resultados.

En este laberinto de promesas, Bolivia continúa buscando una salida. Los políticos hablan, los asesores redactan y las cámaras registran cada declaración. Mientras tanto, el pueblo espera bajo el sol, frente a una estación de servicio, preguntándose en qué momento el cambio prometido se convirtió en otra repetición del pasado.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.
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