lunes 10 de agosto de 2026

La Tribuna

Una estirpe en extinción

El fútbol ha dado a luz a magníficos deportistas que, con los guantes bien puestos, trepaban hasta el huerto contrario para buscar lo que quizá los delanteros no podían encontrar.

Esa sensación prácticamente orgásmica que deambula de tanto en tanto entre nosotros y que puede darle vida y movimiento a gigantescas estructuras de cemento, ha sido por décadas un manjar exclusivo para elegidos. El gol, aquel viejo tesoro que cuando aparece en el arco rival trae dicha y regocijo, pero cuando cae en el pórtico propio siembra desazón, es la principal obsesión de todos los actores dentro de un terreno de juego. Los jugadores de campo empeñan vida y corazón para conquistarlo, mas los porteros viven para evitarlos, ese es el orden y así dicta la historia del fútbol desde su génesis.

Como un espejo de la humanidad, el balompié ha expuesto ante los ojos del mundo a grandes rebeldes dispuestos a desconfigurar el curso de las cosas, porque el hombre siempre ha sido así, un espécimen que se opone a la injusticia, a la incomodidad y a todo aquello que genera en él disconformidad. Un buen día aparecieron los cancerberos cansados de solo evitar goles; comprendieron que ellos también podían bañarse con la poética gloria de sacudir las redes de la casa de enfrente, allá lejos, al otro extremo de su hogar.

El fútbol ha dado a luz a magníficos deportistas que, con los guantes bien puestos, trepaban hasta el huerto contrario para buscar lo que quizá los delanteros no podían encontrar. El paraguayo José Luis Chilavert es el mayor referente de esta especie, pues la habilidad de ejecutar tiros libres de larga distancia fue su principal característica, tanto así que se convirtió en el principal cobrador de faltas en todos los equipos en los que jugó, incluyendo la selección guaraní. Metió 62 goles a lo largo de su carrera, fue el único portero de la historia que marcó un hat trick, pero más importante que todo eso, sembró en varias generaciones la hidalguía y grandeza que se necesitan para buscar el arco rival partiendo desde el área propia. Contemporáneo al ‘Chila’, el brasileño Rogerio Ceni, ícono del Sao Paulo, hizo de las suyas en el fútbol de su país defendiendo la camiseta del único amor que tuvo en sus 25 años de carrera, la tricolor, allí se apropió de todos los tiros libres y penales, y gracias a su dilatada carrera pudo convertirse en el mayor portero goleador de todos los tiempos con 132 anotaciones.

Evidentemente, estas grandes expresiones de irreverencia se han llevado estruendosas olas de aplausos y ovaciones infinitas de aficionados atónitos disfrutando el atrevimiento de algún enguantado que se permitió unos instantes de irresponsabilidad para dejar su pórtico y buscar el del frente. Pero claro, no se trata solo de la adrenalina de romper la costumbre y arriesgar la cabaña del equipo, es el trabajo arduo y continuo para desarrollar una habilidad que simplemente no estaba en tu manual de funciones, es la confianza y aplomo bien atornillados en el pecho y es esa rebeldía de la buena que siempre hace bien en cualquier escenario monótono de la vida.

Hoy, en medio de un fútbol moderno, cada día más perfeccionista y ciertamente maravilloso, no hay por qué mentir, recordamos con nostalgia esa raza de guardametas prácticamente extinta, que, poseídos por un espíritu de rebelión, abandonaban sus fauces con el cometido claro de descompaginar la cotidianidad y enviar la pelota ahí al fondo, donde al principio solo los delanteros tenían derecho.                    

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