lunes 21 de septiembre de 2026

La Tribuna

La urgencia de profesionalizar el fútbol de ascenso

En las segundas divisiones de todos los demás países sudamericanos existen torneos de alta competencia disputados durante toda la temporada o por lo menos en tres cuartas partes del año.

La estructura de fútbol boliviano es uno de los muchos pozos sin fondo que hoy nos sitúan en el sótano de la lista de países sudamericanos exportadores de jugadores en la multimillonaria industria.

Es claro que existen otros factores que influyen en la no producción constante de futbolistas de élite, o dicho de otra manera, comercializables para los grandes mercados del viejo continente, Asia o Norteamérica. La cultura, la economía, la escasez de terrenos de juego y el empirismo dirigencial que reina en el futbol boliviano son algunos de esos factores, pero todos ellos se juntan y se potencian dentro de una estructura endeble y arcaica que pareciera solo buscar repetir y repetir el mismo libreto cada año.

La Copa Simón Bolívar es el minitorneo que aparece como estación previa a la División Profesional. “Profesional”, esta que es la máxima categoría del balompié boliviano y que desde el nombre ya está mal concebida. Empecemos por ahí: se considera fútbol profesional a las competencias que aglutinan deportistas amparados por un contrato laboral, esto comprendiendo que mediante su desempeño pueden ofrecer un espectáculo de alto nivel, atractivo para el público y, por ende, lucrativo. Entonces entendemos que para la Federación Boliviana de Fútbol únicamente la división mayor es considerada profesional, una total y completa aberración.

Y es que claro, en Bolivia vivimos hace muchos años engañados, diciéndole segunda división a la Copa Simón Bolívar y al mismo tiempo a los torneos de asociación de cada departamento, cuando en realidad esa segunda división en nuestro país no existe.

En las segundas divisiones de todos los demás países sudamericanos existen torneos de alta competencia disputados durante toda la temporada o por lo menos en tres cuartas partes del año. Los formatos varían de acuerdo a las posibilidades de los clubes, porque es evidente que los ingresos de las máximas categorías son muy distintos a los de las divisiones del fútbol de ascenso; no obstante, esta desventaja no es un impedimento para que estas categorías, en aquellos países, se desarrollen con seriedad y profesionalismo.

En cambio, en Bolivia nos damos el lujo de tener ese vacío estructural en nuestro fútbol, porque quien cae en desgracia y resbala en el inframundo llamado descenso, aterriza en su respectiva asociación departamental y no en una segunda división, es decir, dos escalones debajo de la máxima categoría, o que bien podríamos llamar tercera división. Recién consagrándose en este certamen departamental, un club puede ganarse el derecho de participar del torneo efímero y estacional, Copa Simón Bolívar, donde tendrá que buscar nuevamente campeonar para poder retornar a la primera división luego de hipotéticos dos años de puro lauros. Esta odisea que tiene que atravesar un club que procura retornar o llegar por primera vez a la mayor es solo una parte del horror que significa operar sin una segunda división seria, estable y, por sobre todas las cosas, profesional.

La segunda división suele ser un espacio más para la alta competencia, donde los clubes tienen la oportunidad de generar ingresos, desarrollar nuevas camadas de jugadores y tener contacto con su comunidad. La gran mayoría de futbolistas profesionales sudamericanos, exceptuando los bolivianos, inician su carrera como profesionales en clubes de segunda división que les sirven como ventana para llegar a clubes grandes o incluso migrar a otros países con mejores condiciones. Pero en Bolivia, los nuevos jugadores no tienen esa posibilidad de mostrarse; deben apuntar a debutar directamente en un club de primera o permanecer en el triste y relegado fútbol de ascenso.

Y claro, como la Federación solamente considera profesional a la primera división, empuja al fútbol de ascenso al abismo del amateurismo y el resultado es un paupérrimo espectáculo con chicos que definitivamente no son atletas y que, por ende, no son efectivos comercializables.

Tristemente, en este escenario, a un club de ascenso se le hace prácticamente imposible pensar en vender jugadores, o recibir ingresos por entradas y mucho menos por derechos televisivos. De esta manera, y por increíble que parezca, es la propia administración del futbol boliviano la que reduce el espectro de posibilidades para el surgimiento y evolución del balompié nacional.