lunes 31 de agosto de 2026

La Tribuna

El banquillo de los imposibles

Se contrata a un técnico por su nombre, se le exige resultados inmediatos, se incorporan jugadores que no necesariamente responden a una planificación y, cuando llegan las derrotas, se empieza nuevamente desde cero.
lunes 31 de agosto de 2026

En el fútbol boliviano hay una costumbre que parece haberse convertido en norma: cuando los resultados no llegan, lo primero que se cambia es al técnico.

Una derrota puede convertirse en sentencia. Dos partidos sin ganar, en ultimátum. Una mala racha, en despido. Y así, los clubes entran en un círculo vicioso en el que los entrenadores llegan con una idea, apenas empiezan a desarrollarla y, antes de que el proyecto madure, ya están haciendo las maletas.

La temporada 2026 vuelve a mostrarnos esta realidad con demasiada frecuencia.

Los clubes cambian de entrenador como quien cambia una pieza que no funcionó. Pero el problema es que, muchas veces, no se cambia la estructura, no se corrigen las deficiencias de planificación, no se revisa el trabajo de las divisiones inferiores ni se analiza si la plantilla realmente responde al proyecto deportivo. Se cambia al técnico y se espera que, casi por arte de magia, todo se solucione.

Y el fútbol no funciona así.

Un entrenador necesita tiempo para imponer una metodología, conocer a sus jugadores, corregir errores, construir automatismos y, sobre todo, desarrollar una identidad. Pretender resultados inmediatos puede ser comprensible en un negocio donde hay inversiones importantes, pero resulta incompatible con la construcción de un equipo competitivo a largo plazo.

Lo más preocupante es que esta cultura no pertenece exclusivamente a los dirigentes. También es alimentada por nosotros, los hinchas.

Queremos ganar siempre. Queremos campeonatos, clásicos, goleadas y resultados inmediatos. Y cuando el equipo pierde, las redes sociales se convierten en tribunales donde se pide la cabeza del técnico, del presidente y hasta de los jugadores.

Pero hay una pregunta que deberíamos hacernos: ¿qué estamos dispuestos a sacrificar para construir un equipo realmente competitivo?

Porque construir requiere paciencia. Y la paciencia parece ser uno de los bienes más escasos del fútbol boliviano.

Un club serio debería tener una línea deportiva que trascienda al entrenador de turno. Una idea de juego, una política de contrataciones, un proyecto de divisiones menores, objetivos a corto, mediano y largo plazo y profesionales que sean evaluados por su trabajo, no únicamente por el resultado del domingo.

Aquí muchas veces ocurre exactamente lo contrario.

Se contrata a un técnico por su nombre, se le exige resultados inmediatos, se incorporan jugadores que no necesariamente responden a una planificación y, cuando llegan las derrotas, se empieza nuevamente desde cero.

¿Y quién pierde?

Pierde el club. Pierden los jugadores. Pierden los entrenadores. Pierde la dirigencia. Pero, fundamentalmente, pierde el fútbol boliviano.

Porque mientras otros países construyen procesos, nosotros seguimos construyendo urgencias.

Y no se trata de defender a todos los entrenadores. Hay técnicos que se equivocan, que no están a la altura o que sencillamente no cumplen con las expectativas. Pero una cosa es evaluar un trabajo y otra muy diferente es convertir cada derrota en una razón para empezar nuevamente.

La dirigencia debe recuperar algo que parece haberse perdido: la capacidad de tomar decisiones pensando más allá del próximo partido.

Y los hinchas también tenemos una responsabilidad.

Apoyar no significa aceptar malos resultados indefinidamente. Exigir no significa pedir una cabeza cada domingo. Ser crítico también implica entender que un proyecto deportivo necesita tiempo para demostrar si funciona.

Quizás ha llegado el momento de dejar de preguntarnos solamente cuántos puntos consiguió un entrenador y empezar a preguntarnos qué equipo está construyendo.

Porque cambiar de técnico puede ser la solución algunas veces.

Pero cuando se convierte en la solución para todos los problemas, probablemente el problema ya no sea el técnico.

Tal vez el verdadero problema sea que, en el fútbol boliviano, todavía confundimos proyecto con urgencia, planificación con improvisación y competitividad con resultadismo.

Y mientras sigamos cambiando entrenadores sin cambiar esa mentalidad, los banquillos seguirán siendo de paso y los proyectos, simples palabras que duran hasta la próxima derrota.