jueves 27 de agosto de 2026

La Tribuna

Argentina y el síndrome del mal perdedor

Leandro Paredes, señalado como el más beligerante de los implicados, recibió diez partidos de suspensión y una multa de 90.000 dólares; Nahuel Molina fue castigado con siete encuentros y la misma cifra económica; Thiago Almada, con un partido y 30.000 dólares.
jueves 27 de agosto de 2026

Hay derrotas que se aceptan con la frente en alto, como quien sabe que perder también es una forma de estatura, y hay derrotas que, en cambio, desnudan el instinto más primitivo y convierten la dignidad en el reverso exacto de sí misma. España se coronó Campeón del Mundial 2026, y esa fue, apenas, la primera de las dos batallas que Argentina perdió esa jornada: la segunda, más honda y más humillante, se libró contra sí misma, cuando el silbatazo final desató no lágrimas ni aplausos al vencedor, sino puños, empujones y la expulsión de Enzo Fernández en medio de una gresca que ninguna épica puede maquillar.

Ahí, exactamente ahí, se traza la frontera invisible que separa al guerrero del salvaje: el primero convierte la furia en método, el segundo la vomita sin destino; y una selección que se había ganado el derecho a soñar con la gloria eligió, en su minuto más frágil, la fuerza bruta por sobre la inteligencia emocional, el reflejo animal por sobre la estatura moral que exige toda derrota bien perdida.

Un mes más tarde, cuando el fragor de la final ya había cedido paso al silencio de la rutina, llegó el turno de las consecuencias. La Comisión Disciplinaria de la FIFA hizo pública, el pasado 21 de agosto, una batería de sanciones que alcanzó tanto a los futbolistas como a la propia estructura institucional: Leandro Paredes, señalado como el más beligerante de los implicados, recibió diez partidos de suspensión y una multa de 90.000 dólares; Nahuel Molina fue castigado con siete encuentros y la misma cifra económica; Thiago Almada, con un partido y 30.000 dólares. El cuerpo técnico tampoco quedó exento: Roberto Ayala, ayudante de Lionel Scaloni, fue suspendido por tres partidos. La Asociación del Fútbol Argentino, por su parte, deberá afrontar una multa de 321.000 dólares y jugará sus próximos dos partidos como local con el aforo reducido a la mitad.

Esa distancia temporal entre la falta y el castigo revela una de las paradojas más antiguas del comportamiento humano: la certeza de que toda transgresión, tarde o temprano, encuentra su factura, aunque el infractor prefiera creer, en el fragor del instante, que la impunidad es eterna. Los sancionados hoy contemplan, con la lucidez que solo otorga la distancia, el precio de una ira que en su momento pareció justificada y que ahora se traduce en ausencias, multas y un historial disciplinario que la memoria colectiva no olvida con facilidad.

Mientras la política puertas adentro del vestuario argentino intentaba digerir el fallo, en Inglaterra otro capítulo de esta historia se escribía con la misma tinta amarga. Enzo Fernández, capitán y estandarte del Chelsea, fue recibido con silbidos por su propia hinchada tanto en el amistoso ante la Real Sociedad como en el debut liguero frente al Fulham. La afición londinense no perdona con facilidad los gestos que interpreta como una falta de lealtad: el festejo del mediocampista tras su gol a Inglaterra en la semifinal del Mundial, sumado a los rumores de un romance con el Manchester City, construyeron una atmósfera de desconfianza que ningún brazalete de capitán logró disolver. El futbolista que meses atrás era ovacionado como ídolo hoy convive con el murmullo hostil de las tribunas, prueba palpable de que el prestigio, lejos de ser un activo permanente, se erosiona con la misma velocidad con la que se construye.

Pero si existe un caso donde la responsabilidad individual se impone con una claridad casi geométrica, ese es el de Julián Álvarez. El delantero del Atlético de Madrid, campeón del mundo el 2022, atraviesa hoy un infierno futbolístico enteramente autoinfligido: tras declarar públicamente, en pleno Mundial, su deseo de emigrar al Barcelona, la hinchada colchonera respondió con un repudio unánime, silbándolo desde el calentamiento y obligándolo a retirarse solo al vestuario mientras sus compañeros saludaban a la tribuna. El club, con contrato vigente hasta 2030, se negó a negociar su salida pese a una oferta cercana a los cien millones de euros, y la dirigencia no ocultó su malestar por el modo en que el entorno del jugador condujo la negociación.

Aquí conviene ser precisos y no ceder a la tentación de repartir culpas de manera equitativa: el principal responsable de este quiebre es el propio Álvarez, secundado activamente por su representante, Fernando Hidalgo, cuyos mensajes públicos —incluida una velada acusación de mentira contra la dirigencia rojiblanca— no hicieron más que echar leña a un incendio que él mismo contribuyó a encender. No es la primera vez que el delantero prioriza su proyección personal por encima del compromiso institucional: ya en Manchester City, pese a ser una pieza campeona, manifestó su incomodidad por la falta de protagonismo y terminó marchándose rumbo a Madrid en busca de mayor centralidad. El patrón se repite hoy con una diferencia sustancial: entonces gozaba de la comprensión del entorno; ahora, en cambio, enfrenta el repudio de una hinchada que interpreta su actitud como ingratitud hacia un club que lo convirtió en estrella y que, contractualmente, aún tiene todo el derecho de retenerlo.

Lo que atraviesa a Paredes, a Molina, a Ayala, a Fernández y a Álvarez —cada uno desde su propia trinchera— es una misma enfermedad del espíritu deportivo: la incapacidad de sostener la coherencia cuando el viento deja de ser favorable. El verdadero campeón, enseña la sabiduría más elemental, no es quien nunca pierde ni quien jamás desea más, sino quien administra con serenidad tanto la victoria como la derrota, tanto la permanencia como el deseo legítimo de partir. Argentina no perdió únicamente una final en Nueva Jersey: perdió, también, la oportunidad de demostrar que la grandeza se mide en la derrota con la misma vara que en el triunfo. Y esa, acaso, sea la sanción más dura de todas: la que no impone ningún tribunal, sino el juicio silencioso y prolongado de la propia memoria colectiva.