domingo 20 de septiembre de 2026

Salamandra Sarcasmática

Han pasado seis años y parece que no aprendimos nada de la pandemia

No se trata de volver al miedo ni al encierro, para nada. Se trata, nomás, de no perder la memoria. Si estás enfermo y tienes que salir, ponte el barbijo.

Todavía hay casas donde, sin que nadie lo diga en voz alta, sobra una silla en la mesa.

Seis años. Ya seis años desde que el mundo entero se detuvo de golpe. Las calles vacías, los colegios cerrados, los abrazos convertidos, de la noche a la mañana, en un peligro. Visitar a nuestros papás o a nuestros abuelos —algo tan simple, tan de siempre— pasó a ser un riesgo que podía costarles la vida. Aprendimos, a la fuerza y sin manual, palabras que antes ni usábamos: cuarentena, bioseguridad, aislamiento, saturación. El barbijo se nos pegó a la cara como una segunda piel, se convirtió en una parte fundamental de nuestro ser. El alcohol en gel vivía en la cartera, en el bolsillo, en el auto o colgando de nuestros cuellos. Lavarse las manos dejó de ser un gesto de higiene para convertirse, casi, en un acto de fe, en un acto de respeto ante una enfermedad, hasta ese momento, desconocida.

Al principio no había nada. Ni barbijos, ni oxígeno, ni camas, ni gente suficiente para atender tanto dolor junto. Recuerdo —y quien haya vivido acá lo recuerda igual— las filas de madrugada por atención médica o en busca de oxígeno, la desesperación por conseguir un remedio que de la noche a la mañana pasó a valer diez veces más, la angustia de ver ese numerito en el oxímetro bajar y bajar, sin duda una de las peores señales que uno podía esperar. Y con todo, con toda la disciplina que nos exigimos, igual se fue muchísima gente.

Y eso hay que decirlo tal cual, sin suavizarlo: no fueron cifras. No fueron "casos".

Fue el papá que quizás mandó su último audio desde terapia intensiva porque ya no podía hablar bien. Fue la mamá que crió sola a sus hijos y a la que ninguno pudo velar como se merecía. Fue el abuelo que sabía los nombres de todos los bisabuelos y esa receta que nadie anotó a tiempo. El hermano al que le debían dinero y ya no hubo forma de devolvérselo. La prima que estaba por casarse. El vecino de toda la vida que saludaba desde la ventana, el compañero de oficina, la señora de la tienda de la esquina. Muchos se fueron solos, en un cuarto cerrado, sin que nadie de la familia pudiera tocarle, aunque sea la mano. Otros tuvieron que despedirse por videollamada. Hubo entierros sin gente, sin flores, casi clandestinos.

Cada uno de ellos importaba. Cada uno contaba. Cada uno era, para alguien, su mundo entero.

Y, sin embargo —esto es lo que de verdad me indigna— apenas pasaron seis años y ya se nos olvidó. Basta salir a caminar un rato por cualquier calle para comprobarlo. En el minibús, en la oficina, en la fila del banco, hay gente resfriada, con gripe, con tos que no para, con fiebre encima, y sale igual, sin barbijo, tosiendo al aire, sin lavarse las manos, sin la más mínima consideración por quien tiene al lado. Y lo peor: muchas veces lo saben. Saben que están enfermas. Y no les importa.

Si uno se anima a decirles algo, la respuesta casi siempre es la misma, dicha con una ligereza que, a mí, sinceramente, me duele: "a mí se me pasa rápido", "es solo un resfrío", "no pasa nada".

Puede que para ellas no sea nada. Tienen suerte, tienen defensas altas, en tres días están como nuevas. Pero no tienen idea de a quién le pasan ese virus. Ese "resfrío de nada" puede llegar a un niño que está en quimioterapia y cuyo cuerpo ya no tiene con qué defenderse. Puede llegar a la señora que acude a diálisis tres veces por semana, al señor que camina despacio porque los pulmones ya no le dan, a una embarazada, a un bebé recién nacido, a un trasplantado, a la abuela de 85 años que ya sobrevivió una vez al COVID y a la que un segundo golpe quizás no le perdone. Lo que a uno le cuesta tres días de malestar que se pasa con paracetamol o algún medicamento similar, a otro le puede costar la vida.

Ahí está la cuenta que nadie quiere hacer: el costo de no cuidarse casi nunca lo paga uno mismo.

Entonces sí, la pregunta hay que hacerla, aunque incomode: ¿tan poco nos importa la vida de los demás? ¿En qué momento decidimos que cubrirnos la boca al toser era mucho pedir?

Porque no estamos hablando de sacrificios enormes, estamos hablando del uso de un barbijo. El codo para cubrirse al toser. Lavarse las manos. No ir a la reunión familiar si se tiene fiebre alta. Son gestos chiquitos, casi ridículos comparados con lo que pueden evitar, y que aun así parecen pesarnos más que el recuerdo de tantos velorios que no pudimos hacer.

La bioseguridad no debería ser algo que solo aparece en una pandemia o cuando hay un decreto de por medio. Tendría que quedarnos como costumbre, como cultura, como una forma más de querer al que tenemos cerca —conocido o desconocido—. Porque la salud de uno no le pertenece solamente a uno: es un tejido compartido, y basta que se suelten unos cuantos hilos para que se rompa entero. Tenemos derecho a circular libremente, sí, pero también la obligación de no convertirnos, sabiendo lo que sabemos, en un peligro para el resto.

No se trata de volver al miedo ni al encierro, para nada. Se trata, nomás, de no perder la memoria. Si estás enfermo y tienes que salir, ponte el barbijo. No por quedar bien, no porque alguien te esté mirando. Hazlo porque al lado tuyo, en ese micro o en esa fila, puede estar alguien cuyo cuerpo no aguanta lo que el tuyo sí. Alguien que no eligió ser vulnerable y frágil. Alguien que para su familia es, ni más ni menos, lo mismo que fueron para las nuestras esos miles que ya no están: insustituible.

Que hayan pasado seis años no quiere decir que el dolor se haya ido. Siguen sobrando sillas. Siguen doliendo las fotos. Hay familias enteras que todavía están aprendiendo a vivir rodeando un hueco que simplemente no se llena.

Por los que ya no están, por los que se quedaron a llorarlos, y por los que hoy —sin saberlo— podrían estar en riesgo con solo cruzarse con nosotros en la calle: no nos olvidemos de todo el dolor que vivimos seis años atrás.

La empatía, al final, también salva vidas.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.
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