viernes 2 de octubre de 2026

La espada en la palabra

Educados para un mundo que ya no existe

Pese a todo, reivindico el valor de escuchar a quienes han vivido más tiempo que nosotros, ya que la experiencia de la vida dota a quienes la poseen de herramientas atemporales.
viernes 02 de octubre de 2026

Hace unos días me encontré con una compañera que hizo Ciencias Políticas junto conmigo en la universidad, y en la conversación nos pusimos al tanto de lo que en el presente ambos estamos haciendo laboralmente y de lo que nuestros viejos compañeros de la Facultad están haciendo con sus vidas. Pronto nos dimos cuenta de que pensábamos lo mismo: la educación por la cual nuestros padres pagaron tanto dinero y en la que nosotros invertimos tanto tiempo, no nos dio nada que no pudiéramos encontrar en libros que podemos leer por cuenta propia ni, y esto es lo peor, un trabajo estable —y a veces ni inestable—. Aunque sea doloroso, hay que admitirlo sin maquillar la situación: fuimos educados para un mundo que ya no existe.

Empleos precarios e inestables parecen ser el signo del tiempo o el “espíritu de la época” (Zeitgeist), como hubieran dicho los alemanes de los siglos XVIII y XIX. Estos empleos nuevos no requieren de las habilidades que se suele enseñar en las universidades durante los 5 o 6 años que duran las carreras de licenciatura y que se hacen con profesores que no son ni la sombra de lo que eran los antiguos catedráticos. La universidad parece haberse rezagado; parece lenta, arcaica, ante un mundo implacable y que gira a mil por hora.

Pero esta disociación entre la universidad y el nuevo mundo laboral no es culpa exclusiva de las universidades, sino de toda una manera de entender el mundo. Por ejemplo, gran parte de las herramientas profesionales con las cuales me formé provienen no solo de la casa de estudios superiores donde estudié, sino de mis dos abuelos, que nacieron en 1926 y 1930 respectivamente. Terminar el colegio, entrar a la universidad, buscar trabajo, encontrar una esposa, tener hijos, hacer un capital y comprar un inmueble para vivir parecían ser los pasos naturales y seguros, pero el mundo cambió y muchos de aquellos pasos, pese a que uno los anhele aún, ya no llegan, o al menos no en los tiempos de antes. Hoy, en mi generación, hay cuarentones cambiando de profesión, divorciándose por segunda vez, descubriendo recién su pasión o terminando una relación de dos décadas. Lo cierto es que, en esta época, la vida que estamos construyendo se parece poco a la que quisieron para nosotros nuestros abuelos o nuestros mismos papás.

Si nuestros abuelos supieran cuánto posemos en nuestras cuentas bancarias muchos de los de mi generación, probablemente pensarían o que despilfarramos o, sencillamente, que somos unos fracasados para hacer dinero. Les tendríamos que explicar que el mundo actual es diferente en lo que al capital, los ahorros, la vivienda y los gastos se refiere… y en lo que a muchas otras cosas más se refiere.

Pese a todo, reivindico el valor de escuchar a quienes han vivido más tiempo que nosotros, ya que la experiencia de la vida dota a quienes la poseen de herramientas atemporales. Me disgusta, o al menos me deja perplejo, la gente joven que cree que está descubriendo el agua tibia, que piensa que todo lo del pasado es “conservador” per se o que afirma que las instituciones milenarias deben ser cambiadas según sus propias reglas. De niño aprendí, por ejemplo, que las mujeres son primero y que deben ser tratadas con mayor delicadeza que los varones. Y pese a las vertiginosas épocas actuales, en que corrientes postmodernistas, relativistas y de parecida índole están a la orden del día para filtrarse en todo tipo de debates, poniendo en cuestión hábitos como ese de tratar al bello sexo con deferencia, o incluso ridiculizándolos o condenándolos, creo que ciertos hábitos y principios deberían defenderse.

Igual que Stefan Zweig cuando se refería con nostalgia al mundo de antes de la Gran Guerra, nosotros, los millennials, una generación bisagra porque conoció los casetes, el walkman, la radio y una vida sin internet, pero también el WhatsApp, el Zoom, el GPS y las citas por internet, nosotros, digo, también podemos hablar de un “mundo de ayer”, uno que parecía ir a una velocidad diferente a la de la vida actual.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.
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