viernes 30 de octubre de 2026

Crónica

Entre t’antawawas y flores de cempasúchil: una estudiante boliviana descubre el Día de Muertos en México

Durante su intercambio académico en México, Daneyda de la Oliva conoció los rituales, sabores y símbolos del Día de Muertos. La experiencia también la llevó a reconocer los vínculos y las diferencias con la celebración boliviana de Todos Santos.
Los altares en México tienen varios niveles, flores naranjas por todas partes, fotografías de difuntos, velas, dulces y comida. Foto: Daneyda de la Oliva
Los altares en México tienen varios niveles, flores naranjas por todas partes, fotografías de difuntos, velas, dulces y comida. Foto: Daneyda de la Oliva

Mayte Puña Alvarado

Daneyda de la Oliva estudia Comunicación y Periodismo Digital en la Universidad Privada Franz Tamayo (Unifranz), en Bolivia, y desde hace unos meses cursa su intercambio académico en la Universidad Anáhuac Cancún, en México, a más de cinco mil kilómetros de su casa. Pero hoy, aunque fue a aprender, no fue a una clase. Fue a grabar, a preguntar y a observar una fiesta que su familia también celebra, pero con otros colores, otros panes y otros modos de conmemorar a los difuntos y celebrar la muerte: el Día de Muertos.

“El Día de Muertos es una tradición que se celebra en México principalmente el 1 y el 2 de noviembre. El 1 de noviembre se celebra el Día de los Difuntos Niños y el 2 de los Adultos”, cuenta Zofia Hausleber Flores, coordinadora de la licenciatura de Comunicación de la Universidad Anáhuac Cancún, en entrevista con Daneyda.

El evento con el que Anáhuac Cancún celebra el Día de Muertos se llama el “Encuentro de Almas”. Los altares en México tienen varios niveles, flores naranjas por todas partes, fotografías de difuntos, velas, dulces y comida. Y está la flor de cempasúchil, de color anaranjado intenso, que, según explica Hausleber, “solo está en esta época del año y no puede faltar en el Día de Muertos”.

Según la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural de México, el nombre cempasúchil viene del náhuatl cempohualxochitl, que significa veinte flores. Los mexicas asociaban su color con el sol y creían que su olor era tan intenso que tenía el poder de atraer a los muertos.

Su color brillante simboliza la vida y la energía, y se cree que su aroma guía a las almas de los difuntos. Por eso, dentro de muchos hogares, un camino de pétalos de esta misma flor indica a las ánimas por dónde ir para llegar a su ofrenda. Es una flor que ilumina, que perfuma y que sirve de mapa para quienes regresan.

Más al centro, sobre la mesa, descansa el pan de muerto, “un pan tradicional de esta época, la verdad es que es delicioso y no puede faltar”, afirma Hausleber.

El pan de muerto es un alimento ceremonial que caracteriza el culto a los difuntos en muchos pueblos indígenas del país. El círculo de arriba representa el cráneo, las tiras de masa son los huesos y el sabor a azahar (flores blancas del naranjo amargo) representa el recuerdo de los fallecidos. Para muchos, el pan simboliza la conexión entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Por eso, aunque se compre en cualquier panadería, no es un pan cualquiera.

La UNESCO inscribió las fiestas indígenas dedicadas a los muertos en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2008, aunque ya las había proclamado en 2003 como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial. El organismo describe la celebración como el regreso transitorio a la tierra de los familiares y seres queridos fallecidos.

“Cada estado tiene sus símbolos, sus tradiciones, ciertos elementos distintos. Aquí en la Península de Yucatán vienen siendo los mayas, pero ahorita vamos a celebrar uno del centro, que es Janitzio, Michoacán”. Esa tarde, el campus mira hacia otro rincón de México.

En la Península de Yucatán, donde queda Cancún, tienen su propia identidad basada en el Hanal Pixán (la comida de las almas mayas). Es una celebración íntima y familiar centrada en el hogar, donde se cocina el mucbipollo (un gran tamal enterrado) y se limpian los caminos hacia las casas para guiar a los espíritus.

Sin embargo, en Anáhuac, en esta ocasión adoptarán el Día de Muertos de Janitzio, Michoacán, una de las celebraciones purépechas más famosas del país, donde la fiesta toma el espacio público y las familias pasan la noche entera en el panteón, cubren las tumbas con altares de flores de cempasúchil y música.

“Me gustaría que el mundo rescate, de esta fecha sobre todo, la parte de la unión, es cuando se unen las almas de nuestros familiares o de las personas que se nos adelantaron. En lo personal se lo dedico a quienes se me adelantaron, los más importantes, por ejemplo, mis papás”, añade la docente.

La coordinadora no habla de la fiesta como un espectáculo, sino como un acto de memoria dirigido a quienes más extraña. Un regreso transitorio de los seres queridos a la tierra.

“Aquí en México reímos con la muerte, entonces hay un poco de picardía, un poco de humor, un poco de alegría. Hay una botella de vino para el difunto al que le gustaba un vino en particular, una copita de tequila para el que prefería ese trago, dulces para los difuntos más pequeños. Se juega un poquito con eso, con la picardía”, afirma.

Colocar la bebida favorita de un ser querido sobre el altar es una forma de decir que se le recuerda tal como era, con sus gustos y sus manías. Los dulces para los más pequeños muestran el mismo cuidado, porque ellas y ellos también tienen su lugar en la mesa.

“Nuestra cultura latinoamericana es muy rica, y es hermosísimo ver a chicos de todas partes, como Dane o como Lalo, que está ayudando a Daneyda. México y Bolivia se unen en uno solo para aprender un poquito de la cultura”, sostiene.

El encuentro de dos mundos

“Yo aprendí ahorita, Daneyda me está contando acerca de sus tradiciones, yo de las nuestras. Se llevan un poquito de México. Gracias por estar aquí y te vamos a extrañar”, dice Hausleber.

Daneyda nació en el departamento de La Paz, una ciudad donde cada 1 de noviembre se prepara la mesa para Todos Santos. Cada inicio de noviembre en Bolivia se cree que retornan las almas o ajayus de los seres queridos y que el 1 de noviembre, al mediodía, regresan para convivir con las familias. Esa creencia es de raíz andina y se mezcla con el calendario católico.

Las almas llegan de visita al mediodía del 1 de noviembre y permanecen en el plano terrenal durante 24 horas. La mesa que se pone en su honor se llena de panes, dulces, bebida y comida. Entre lo más importante están las t’antawawas, panes con forma humana que representan a los difuntos. También están los panes en forma de escalera que ayudan a las almas a bajar y subir al cielo.

En quechua, noviembre es el Aya Marq’ay Killa, el mes de llevar en brazos a los muertos. El 2 de noviembre, al mediodía, se despide a las almas. Después de rezar, los familiares comparten un plato de comida y las masas ofrendadas al difunto se reparten entre los asistentes.

Daneyda ve las diferencias a simple vista. En Bolivia, la mesa lleva tantawawas, escaleras, caballos de pan y coronas, y se reza frente a la mesa. En México, el altar tiene cempasúchil, copitas de tequila, calaveras y mucho humor, y el rezo se acompaña de música, proyecciones y baile.

“Ustedes tienen una celebración muy similar, pero el pan es diferente, el simbolismo es diferente, y mezcla este mestizaje entre la cultura española y la cultura indígena”, señala Hausleber.

En los dos países se cree que los muertos vuelven, que hay que esperarlos con lo que les gustaba y que la memoria se comparte al comer y compartir con la familia. Cambian el pan, la flor, el tono y el color.

“Es muy importante, a través del periodismo o los trabajos que se hacen como parte de la formación profesional, conocer otras culturas”, añade.

Una grabación en un campus puede parecer algo pequeño, pero es una manera de registrar hechos, tradiciones e historias. Quien cuenta una historia tiene que escuchar primero, observar y preguntar. Ese ejercicio es parte esencial del periodismo.

“La carrera de periodismo en Unifranz me preparó muy bien, aprendí a interactuar con las personas. Me gusta hablar, conocer más las culturas, ser curiosa, investigar el por qué y conocer las causas. Eso te abre puertas”, cuenta Daneyda.

Para ella, la curiosidad es una herramienta central del oficio. Preguntar el porqué de las cosas y buscar sus causas es lo que la llevó a acercarse a una docente, a sus compañeros y a un altar con la misma disposición. En Cancún encontró una oportunidad para conocer otras tradiciones y, al mismo tiempo, mirar desde otra perspectiva las propias.

“La verdad es muy importante salir de tu zona de confort, conocer otras culturas, otras ciudades, otros países. México me encantó, es una cultura que quería conocer desde hace tiempo, ya que somos muy similares. Además crecemos desde chiquitos viendo Televisa o El Chavo del Ocho”, afirma Daneyda.

Daneyda fue a Cancún a estudiar, pero cuando regrese a La Paz tendrá otra manera de mirar la mesa de Todos Santos. Seguramente, entre las tantawawas, reservará un lugar para una flor naranja.