2024-03-23

Mirada sociológica

Censo, plurinacionalidad, individuo y comunidad

A pesar del fenotipo o lo que fuere, un individuo no tendría por qué reivindicar fidelidades con “naciones determinadas”.

Claro está que el Censo de Población y Vivienda no solo es el recuento numérico de la población, sino también, entre otras cosas, el balance (mínimo) de lo que pueda llamarse el mapa étnico en este país formalmente definido como plurinacional.

La boleta censal de 2024 tiene una pregunta que pide autoidentificarse con “alguna nación pueblo indígena originario campesino o afroboliviano”.  Una vez formulada la pregunta, el censador dirá en voz alta la lista cerrada de opciones que deberán elegirse. Entre las opciones, no está contemplada la posibilidad de autoidentificarse con categorías identitarias intermedias como la de mestizo.

Detengámonos en la manera de hacer esta pregunta que busca obtener datos que actualicen el “mapa étnico” del Estado plurinacional. Notemos que se ha optado por una formulación que habla de “autoidentificarse” en lugar de alguna que dijese, por ejemplo, “ser de un grupo”. Dicho de otro modo, no es lo mismo preguntar “con qué nación… se autoidentifica” o preguntar “cuál es su nación…”, o grupo étnico, si se prefiere. 

Una pregunta sobre “autoidentificación a un x grupo” induce a la autopercepción, por tanto, arroja datos sobre la afinidad subjetiva, emocional o militante con alguna nación. En cambio, con una pregunta sobre el “ser de un x grupo” (¿cuál es su grupo étnico?), se obtiene datos sobre una afiliación basada en indicadores objetivos e incluso legales de pertenencia; basada en criterios que habría que definirlos claramente.

¿Por qué se optó por el camino de la subjetividad antes que el de la objetividad en esta pregunta? Tratar de saber más objetivamente quiénes, y en qué porcentajes, forman “las naciones” del Estado plurinacional, permitiría sincerarlo. Ello, sin embargo, parece ser percibido (por sus ideólogos) como arriesgado para los fundamentos que lo sustentan. Y es que, después de todo, en este país del siglo XXI en el que su demografía se dirige fatalmente a lo urbano, la visión idealizada de la “nación originaria” es cada vez más difícil de constatar en la práctica. Claro está que un censo pragmático (como debería hacerse, y sin sesgo ideológico) plantearía un dilema existencial de la plurinacionalidad, y podría ser, incluso, su estocada fatal.

¿Es esta la razón por la que, en esta pregunta, se optó por la subjetividad de una afinidad con un grupo étnico antes que por tratar de buscar la objetividad (basada en criterios claros) de la pertenencia a una nación originaria? Hay suficientes evidencias que permiten responder afirmativamente a esta pregunta.

Menos mal que tras la pregunta que pide autoidentificación, encontramos dos preguntas complementarias para obtener datos objetivos sobre la lengua materna y la usada actualmente en la vida diaria. Cruzar estos datos, que dan indicaciones más objetivas sobre la dinámica de los cambios socioculturales del país con el de las percepciones sobre autoidentificación, salvarán, esperemos, la debilidad e inconsistencia inicial de esta intención de conocer (u ocultar) el mapa étnico del país.

¿Y cómo se procede en otros países?

Países no necesariamente definidos formalmente como plurinacionales también se sirven de sus censos para medir la “diversidad étnica” de su población. Solo por citar un ejemplo, nombremos el caso del Reino Unido. Ahí, las preguntas sobre la “pertenencia étnica” se introdujeron en los censos a partir de 1991 y se han mantenido hasta ahora bajo el argumento de “monitorear la igualdad racial y étnica” de ese país.

Ahí, las preguntas son directas y no hablan de autoidentificarse, sino clara y directamente de saber cuál es el grupo étnico de cada quien, no cuál es el grupo al que uno se autoidentifica. Por ejemplo, en el censo de 2011, se preguntó: “¿Cuál es su grupo étnico?” Y se dio, enseguida, una exhaustiva lista de opciones: BLANCO: inglés / galés / escocés / norte irlandés / irlandés / gibraltareño / otro blanco. MIXTO: blanco y negro caribeño / blanco y negro africano / blanco y asiático / otro mixto, etc.

La lista de combinaciones es larga y aquí no la transcribimos completa. En todo caso, la mirada de los británicos a la realidad de su población es mucho más pragmática y realista. No solo reconocen la realidad de la mezcla y, por lo tanto, de una categoría de mestizo, sino que indagan en las variantes del mestizaje, lo que no les impide tener clara la visión de un “ser británico” fiel a su proyecto nacional. (Visitar la web de la “Office for National Statistics, ONS) si se desea más información).

Solo como ejemplo opuesto, veamos que en el caso de Francia, las preguntas sobre pertenencia étnica en sus censos no existen, pues fieles a su tradición republicana, el sujeto de derecho para los franceses es el ciudadano, el individuo, y no la comunidad. Francia promueve un modelo de ciudadanía basado en la integración y la igualdad ciudadana, en el que se fomenta la asimilación de la diversidad étnica dentro de un marco de ciudadanía universal.

Pensarse a sí mismo

Está claro que más allá de la experiencia misma de responder a preguntas en el censo, este clima censal en el país induce a cuestionarse, a “pensarse a sí mismo” y, quizás, a hacerse preguntas como estas: ¿cuál es mi grupo, mi clase, mi cultura? ¿Qué soy? ¿Un indígena, un q’ara, un mestizo? ¿Cómo me ven los demás? ¿Qué soy para ellos? ¿Cómo quiero que me vean? En fin, este pensarse a sí mismo induce también a problematizar y complejizar nuestra realidad: yo que no hablo aimara, pero que tengo un apellido aimara, ¿soy un aimara?, ¿debo autoidentificarme con algún “grupo originario” aún si me siento tan distante de ellos?

Puede que este clima censal provoque este tipo de cuestionamientos, y puede que explicite este tipo de preguntas en cada uno de los habitantes de este país, lo que es positivo: pensarnos nos humaniza. Sin embargo, sabemos que con censo o no, nuestra vivencia cotidiana está llena de situaciones que inducen al mismo tipo de interrogantes. Por ejemplo, el hecho mismo de confrontarnos con las fronteras sociales del mundo en que nos desenvolvemos es suficiente para detenernos y pensar los límites que suponen nuestra propia realidad, es decir, para tomar conciencia del lugar que ocupamos en este mundo (social), y, por tanto, para tomar conciencia de “nuestra identidad” de clase, de género, de etnia o lo que fuere.

Y así, cuando somos inducidos a definirnos a nosotros mismos, o a definir a los otros, lo hacemos sirviéndonos de las palabras de nuestra lengua que ya tiene las cosas nombradas, pues las cosas de este mundo no tienen significaciones inmanentes. Somos nosotros (es decir, la cultura) los que damos significaciones a “las cosas” al nombrarlas. Por ejemplo, si mis maneras de hablar, mi historia personal y familiar, mi memoria me acercan a un pueblo (y a una identidad) al que nombramos, por ejemplo, como ayoreo, pues yo sé que soy un ayoreo. Y sé que ser ayoreo puede suponer ser de tal o cual modo, hablar tal o cual lengua, hacer tales o cuales cosas, en fin.

Otra persona en esa introspección podría reconocer más bien en su biografía toda una variedad de experiencias sociales que le hablan de “mezclas” culturales o de otro tipo. Mezclas que definen su especificidad como individuo, como ser social. Estamos entonces ante una persona confrontada a una realidad que exige ser nombrada de algún modo. Y en nuestro mundo, esa realidad, esas mezclas reales o subjetivas, se nombran con una palabra, y sus declinaciones: mestizaje.  

La categoría de mestizo

Esta categoría de mestizo, entonces, tan discutida, está ahí, viva en nuestro medio, presta a ser usada por quien necesite usarla cuando es llamado a definirse. Póngase lo que se le ponga en su contenido, cuestiónese lo que se le cuestione en su historia, esta categoría es real, pese a que cierta visión dogmática de la plurinacionalidad en Bolivia hace una lectura histórica tendenciosa de la misma, y se niega a aceptarla y reconocerla como lo que es: una categoría identitaria más. Y, sin embargo, el ciudadano de a pie que se define mestizo, no lo hace razonando como ese imaginado personaje de la primera mitad del siglo XX que supuestamente tenía a la identidad de mestizo como una velada manera de prolongar su racismo contra grupos autóctonos, etc., etc. El ciudadano de a pie no está imbuido de todo ese prejuicio teórico.

La gente se define mestiza porque se orienta por el sentido común, ese que le da su primer sentido a tal definición: el de la mezcla (cultural, “racial”, o lo que la gente quiera significar de tal vocablo. Nada más). El problema se hacen los políticos e ideólogos que, ofuscados por la tendenciosa lectura de la historia, ven en la realista identidad del mestizo la amenaza a las bases de su ideario. Y bajo esa lógica, desde el Estado se ha forzado demasiado el poder factual de instituir categorías tratando de producir un orden social plurinacional (reificando identidades imaginadas, se diría desde la ciencia social). El resultado es que buena parte de la población se resiste a aceptar las categorizaciones y clasificaciones que se hace desde el poder, y, sin embargo, no por ello este país dejará de ser plurinacional (aunque no formalmente), o mejor, multicultural, porque no puede ser de otro modo. Todos los países son multiculturales. El problema está en que en este país se ha exacerbado, y a veces distorsionado, la política de la plurinacionalidad.

Forzar la realidad tratando de construir artificialmente un inequívoco mundo plurinacional, sin categorías intermedias realistas como las de mestizo, genera previsibles resistencias porque se va en contra de la dinámica misma de lo social. No somos una sociedad estática, o estancada. La gente se mezcla, y las migraciones internas suponen cambios socioculturales en cada individuo. Muchos de quienes plegándose a las exigencias del poder se autoidentifiquen como quechuas, aimaras, por ejemplo, escarbando alguna filiación lejana (afectiva o sanguínea) con tales grupos, pueda que “culturalmente” (y en su práctica) no lo sean en absoluto. Tales autoidentificaciones nos llevarán a un falseamiento de la realidad plurinacional del país, producto de una muy discutible mirada esencialista (o “racial”) de las identidades que parece subyacer en los ideólogos del actual Estado.

 

Las identidades pueden ser dinámicas

Que en un ejercicio de introspección uno reconozca alguna conexión afectiva con algún “grupo identitario”, estando en el presente, sin embargo, compenetrado con otro, ¿es suficiente para desplazarse en el tiempo y declararse identificado con esa “nación primera”? Podríamos imaginar el razonamiento espontáneo de un censado: “cuando recuerdo mi niñez en ese altiplano donde se sitúan los pueblos aimaras, y me veo a mí mismo ataviado de ch’ullu y poncho bajo el frío invernal del altiplano, me emociona, me produce estremecimiento; pero si ahora que hago parte de este mundo urbano debo declarar mi pertenencia a un grupo, yo, personalmente, no digo que pertenezco al grupo aimara sino, más bien, al mestizo o incluso q’ara, depende de dónde me encuentre…”.

Ya sabemos que algunos (prestos a anclar de una vez y para siempre en una identidad fija a los individuos) verán en esto al ladino, al “traidor de su sangre”. Y, sin embargo, esto no es sino una cualidad fundamental y básica de las identidades en este mundo moderno: la contingencia.

Habría, pues, como lo propone R. Brubaker, tomarse en serio los hallazgos del constructivismo que tanto ha producido sobre temas identitarios: las identidades en sociedades modernas y urbanas, no son sustanciales, puras e invariables. En la biografía de un individuo, sus “primeras socializaciones” no siempre son las que definen de una vez y para siempre la identidad de su presente porque esta se construye, y reconstruye, en el mundo en el que se desenvuelve (en mundo laboral, escolar, corporativo…), y con los grupos que se compenetra. En suma, la identidad de un individuo, antes que anclada, es susceptible de modificarse en su dialéctica con el mundo.  La política multicultural en Bolivia a veces choca con esta comprensión dinámica de la identidad. Al imaginar categorías estáticas y esencialistas, se niega la complejidad de la experiencia humana y su dinamismo en este mundo inmerso en la posmodernidad.

El individuo como sujeto de derecho

La visión de la plurinacionalidad, así como se la entiende en la actualidad, choca con una conquista fundamental de la modernidad: la de reconocer al individuo como sujeto de derecho y actor central de todo proyecto de sociedad. En una sociedad que abraza los valores de la modernidad (societal), un individuo no es primero quechua, guaraní o aimara porque es, primero, individuo... Este es un debate que en este país está lejos de cerrarse: la fuerza de la realidad, del dinamismo de nuestro mundo que avanza a lo urbano, desprendiéndose de la manera tradicional de organizar la vida social, lo mantiene vivo.

En suma, en una sociedad que abraza los valores de la modernidad que rigen lo social, nadie debería sentirse obligado a encarnar, o definirse, como perteneciente a un grupo social siguiendo los dictámenes de esa discutible mirada esencialista que asocia cuna con identidad social, como si las personas no tuviesen la posibilidad de ser otra cosa que aquello que (prejuiciosamente) se espera de ellas a partir de su origen, nombre, color de piel o lengua... A pesar del fenotipo o lo que fuere, un individuo no tendría por qué reivindicar fidelidades con “naciones determinadas”. En la vida cotidiana de este mundo mayoritariamente urbano, las personas se guían por aspiraciones propias, encontrando en el espacio en el que se desenvuelven sus propias fidelidades a grupos y lugares.

La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.
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