Viloco
Cuando la gloria del poder terrenal es eclipsada por una tragedia aérea
El viernes 26 de septiembre de 1969 Bolivia amaneció con nuevo Gobierno por el golpe de Estado del general Alfredo Ovando Candia en contra de Luis Adolfo Siles Salinas; ese mismo día se declaraba en emergencia a la nave que transportaba desde Santa Cruz a 74 personas, entre ellas la delegación del club The Strongest.
Eduardo “Pachi” Ascarrunz fue el único periodista que llegó hasta el lugar del desastre. Hace cinco años Ascarrunz escribió su experiencia en el libro “Viloco, 50 años de la tragedia aérea de The Strongest”, que publicó la Biblioteca Stronguista, que está a cargo de Oswaldo Calatayud.
Hace algunos días contactamos a Calatayud y Ascarrunz para recibir el permiso de utilizar la nota y recibimos el visto bueno para hacerlo en las siguientes cuatro páginas que son un testimonio único de lo que pasó en aquellas jornadas de luto y quién mejor que “Pachi” Ascarrunz para que cuente en su peculiar estilo lo que pasó.
Testimonio personal
Cuando Oswaldo Calatayud me pidió escribiera unos relatos sobre los sucesos del 26 de septiembre de 1969 lo hizo, según señaló, por dos razones: 1) En ese tiempo yo era redactor del matutino HOY y estaba en el hipocentro de la política nacional y 2) Porque fui el único periodista que acompañó, cámara en mano, a la Comisión de Rescate de los restos de las víctimas de la tragedia más relevante en la historia de la aeronavegación boliviana. De manera que esta crónica no puede sino empaparse de subjetivismo, expresado en primera persona. Se entiende, también por las razones anotadas que, en lo personal, primaron nexos entre los avatares políticos y la tragedia de Viloco.
Días antes del golpe del 26 de septiembre, durante una visita que le hice en el penal de San Pedro, Marcelo Quiroga –con quien estrechábamos lazos de amistad, colmada de admiración de parte mía y de confidencialidad de parte suya– me dijo que Ovando Candia lo había invitado a formar parte del gabinete ministerial del gobierno que se aprestaba a tomar vía golpe de Estado. “Acepté”, refirió, “solo a condición que desde el Ministerio de Minas y Petróleo –que era la cartera ofertada– nacionalizáramos la Gulf”. Sin embargo, Marcelo desconfiaba de Ovando, no tanto por la intención de este de hacerlo ministro, sino porque en el Ejército era manifiesta la hegemonía conservadora.
“¿Podría usted intentar una entrevista e indagar sutilmente qué se propone?”, insinuó. Lo hice. Horas después visitaba al general en su domicilio de la Plaza Isabel la Católica. La entrevista fue publicada en HOY, con un titular en primera página: “Ovando: No soy golpista ni derechista”. Al leerla –detrás de las rejas de la puerta principal, pues no era día de visitas–, Marcelo coligió, inteligentemente: “Entonces, es cierto…, el golpe es un hecho”.
Entrada la tarde de ese convulsionado viernes primaveral, el nuevo gabinete ya estaba juramentado. A las tres cundían los rumores de la presunta desaparición de un vuelo del Lloyd Aéreo Boliviano (LAB), en la ruta Santa Cruz-La Paz. En la nave venía, presumiblemente, el Subjefe de Información de HOY, Víctor Hugo Pajarito Sandoval, que tras asistir a los actos de la efeméride cruceña confirmaba su retorno en dicho vuelo.
Los primeros rumores
Un primer guiño del azar o del destino en aquella jornada, permitió hacerme de información de primera mano: Rosario Machicado (+), secretaria del Gerente del LAB, general Federico Casanovas, era una buena amiga mía. La llamé por teléfono y ella prometió tenerme al tanto de lo ocurrido con la aeronave y si, como soplaba el murmullo popular, en la nómina de pasajeros figuraba el equipo de The Strongest, además del nombre del colega y amigo.
En el tabloide a color de la avenida 6 de Agosto y Guachalla, los nervios se atirantaban. Mientras en la redacción –ubicada en la parte posterior de la vieja casona–, Andrés Soliz Rada (Jefe de Redacción) y Gilberto Villarroel (Jefe de Información), con el pleno del staff redactaban el quién es quién en el nuevo gabinete y por teléfono indagaban datos sobre la partida, desde Santa Cruz, de la aeronave del LAB, en la parte delantera, en cuya planta baja funcionaba la recepción y las oficinas de publicidad y en los altos el despacho del Director, don Alfredo Alexander y del Co-director Mario Cucho Vargas (+) (con quien compartía la oficina en mi condición de editor político), las cosas apuntaban a obtener información en esferas militares o a través de algunas amistades “generalmente bien informadas”.
A eso de las 15:00, nervioso y visiblemente emocionado ingresaba a la planta baja Ernesto Pajarín Clavijo, ejecutivo de cuentas. “¡Viene Marcelo Quiroga Santa Cruz!”, dijo a los gritos. En ese momento subíamos a la planta alta con Cucho Vargas. Desde el taxi, Pajarín Clavijo había visto al flamante ministro caminando –como era su costumbre al dirigirse a su domicilio de San Jorge– junto a su familia, a unos metros de HOY y supuso se acercaba al periódico.
Suponiendo, también, que Marcelo venía al periódico en visita de cortesía, Cucho se aprestó a recibirlo, ignorando qué se traía en mente el visitante. En efecto, Quiroga Santa Cruz ingresó a las dependencias del matutino, pero no en visita protocolar. “Pachi, el ministro Quiroga Santa Cruz pregunta por ti”, decía en el intercomunicador la recepcionista Ximena Palenque. “Hazlo pasar a Publicidad”, le dije, “ya bajo”.
Una vez en la oficina de publicidad, Marcelo Quiroga, al lado de su esposa Cristina y de sus pequeños hijos Marisol y Rodrigo, después de un cordial saludo y ante la curiosidad atenta de Ximena Palenque, Anita Salas, Ernesto Clavijo y Jorge Mondaca (funcionarios administrativos y publicitarios), me estrechó la mano y dijo: “Vengo como amigo a devolverle las visitas que usted me hizo en la cárcel, como amigo, y vengo como ministro a invitarle que sea mi Secretario General en el Ministerio de Minas y Petróleo”. Le agradecí ese gesto inesperado, generoso, y todos lo despedimos deseándole éxito en sus nuevas funciones. El suyo fue, ni duda cabe, un gesto de grandeza. Siendo como era en esas circunstancias el dignatario más relevante del nuevo gobierno, Marcelo Quiroga Santa Cruz se había acordado de ese joven periodista que deslumbrado por su coraje –fue, junto al también diputado independiente José Ortiz Mercado, quien entabló una demanda de Juicio de Responsabilidades al presidente René Barrientos Ortuño, por la injerencia de la CIA en asuntos internos bolivianos: la única, histórica, a un mandatario en ejercicio de sus funciones-; por su obra literaria –en 1962 la Fundación William Faulkner había premiado a su novela Los Deshabitados como la mejor escrita en Bolivia en los últimos 20 años- y por la lucidez de su pensamiento en torno a la problemática político-económica del país.
Declaratoria de emergencia
Ni bien salía del periódico nuestro ilustre visitante, Ximena me pasaba una llamada telefónica. Al otro lado de la línea, Rosario Machicado cumplía lo prometido: “Confirmado, hermano, el avión del Lloyd ha sido declarado en emergencia. Entre sus 74 ocupantes está todo el equipo de Strongest y el nombre de tu amigo figura entre los pasajeros. En minutos más sale una Comisión de Rescate, con gente de la empresa y miembros del Club Andino… Si puedes te vienes, Pachi, pero rápido”.
Dicho y hecho. Le dije a Cucho que “volaba” a las oficinas del Lloyd, en la Camacho, y enrumbé hacia allí en el primer taxi. Al ingresar a las oficinas de la Gerencia, Charito Machicado me recibió con su habitual amabilidad y una gratificante sorpresa, en medio de la angustia general: “¿Así vas a ir?”, se extrañó al verme de traje y corbata, “el gerente ha aceptado que acompañes a la Comisión de Rescate…, ya están por salir”. La buena amiga había conseguido incorporarme al equipo rescatista. Como rayo cogí el teléfono de la secretaría y marqué el de HOY. Me atendió el redactor deportivo Miguel Velarde. Le pregunté por el fotógrafo del periódico.
-Estoy partiendo con la comisión del Lloyd, hermano, ¿puedes decirle a Lucio Flores que me traiga una máquina fotográfica?
-Lucio no está, pero voy a pedirle una a Pola, su esposa.
En cuestión de minutos Miguel Velarde llegó a las oficinas del LAB, cuando el chofer ya encendía el motor de la vagoneta que transportaba a los comisionados y me entregaba una Nikon F y cuatro rollos de película. Solo alcanzó a decirme que en el aeropuerto de Santa Cruz nadie sabía nada de nadie, menos del Pajarito Sandoval.
Desde que la declaratoria en emergencia del avión del LAB cobró estado público, las 74 familias (cinco de los tripulantes y 69 de los pasajeros) comenzaban a vivir las horas más angustiosas de sus vidas. El país se consternaba con la mala nueva, sobre todo por la suerte incierta del equipo atigrado, cuya hinchada era de las más numerosas del fútbol boliviano. La desaparición de la aeronave comercial había puesto al cambio de gobierno en el banquillo de suplentes.
A las siete de la noche el vehículo que llevaba a dos ejecutivos del LAB, a los empleados Antonio Portanet, Franklin Herbas y N. Rodríguez, al sacerdote salesiano José Ferrari, a los montañistas Alfredo Martínez y Ronnie Ibata, y a mi persona, se dirigía hacia Mina Argentina, por cuyo espacio aéreo acostumbraban pasar los aviones con dirección al aeropuerto internacional de El Alto. Llegamos al centro minero alrededor de las 22:30.
Si en el trayecto las especulaciones ocupaban el grueso de la charla, en Mina Argentina estas devinieron incertidumbre. En la primera reunión de trabajo, comisionados y mineros examinaban los mapas de la zona y una que otra foto de aerofotogrametría, de las captadas desde aviones Hércules a comienzos de los 60, que aparecieron no se sabe cómo. Luego se procedió a recopilar opiniones de los trabajadores mineros. Unos y otros intercambiaban criterios y miradas de impotencia.
En esas alturas cordilleranas hubo dos momentos de alivio. Para satisfacción de los mandos de la Comisión, en el puesto minero había un radioaficionado. Los comisionados se comunicaron de inmediato con los ejecutivos de la empresa, en La Paz, en procura de algunas luces. Solo les dijeron que al alba partirían aviones de reconocimiento y que ya se tenía la ayuda comprometida de COMIBOL, YPFB y de las empresas mineras enclavadas en la cordillera Quimsa Cruz (Tres Cruces). Yo aproveché la buena disposición del radioaficionado para reportar mi posición y hablar brevemente con Cucho Vargas.
-¿Alguna novedad, Pachi? - preguntó el co-director de HOY.
-Ninguna por ahora, Cucho. Estamos en Mina Argentina procurando alguna pista. Mañana se realizará un primer recorrido. Según informaron desde La Paz, saldrán vuelos de reconocimiento. Le mantendré informado por esta misma vía…
En ese instante se cortó la comunicación, pero había logrado un primer contacto, que iba a ser el único antes de retornar a La Paz. Otro momento grato fue encontrar en aquellas alturas al dirigente universitario y amigo Juan José Saavedra; “en plena acción proselitista”, presumí. Viéndome vestido de terno y mocasines, camisa y corbata, me prestó un jean, una chompa, una chamarra y botas. Él fue el único que en esas horas de zozobra indagaba por la nueva situación política, insinuando que esta “no iba a alterar los planes de la insurgencia revolucionaria”. Juan José Saavedra iba a ser uno de los primeros combatientes del Ejército de Liberación Nacional (ELN) fusilados por el ejército regular en la guerrilla de Teoponte (Julio, 1970).