55 años
Dos héroes anónimos en la búsqueda de la nave siniestrada
A una altura de 6.800 metros sobre el nivel del mar, colmada de nieves eternas, la búsqueda de los restos de un avión semejaba a ese lugar común de encontrar una aguja en un pajar. E iba a serlo, pero no lo fue. Aquí, desde la soledad de este cuarto, 55 años después del pánico, vayan unas palabras de reconocimiento hacia dos héroes anónimos, los andinistas Alfredo Martínez y Ronnie Ibata, de los primeros en llegar al escenario de la tragedia, una especie de planicie conocida por los lugareños como La Cancha, donde a 4.600 metros de altitud yacían los restos del cuatrimotor del LAB y de sus 74 ocupantes.
La medianoche en que desde Viloco se informaba de un supuesto avistamiento de la nave siniestrada, Martínez e Ibata decidieron remontar decenas de kilómetros a pie, en medio de la oscuridad y venciendo montañas empinadas al borde de precipicios vertiginosos hasta llegar al lugar del suceso en la madrugada, mientras el resto de comisionados dormía su fatiga antes de emprender la marcha por carretera hacia el centro minero de Viloco. Los detalles de esa hazaña del andinismo boliviano serán referidos más adelante.
Con las primeras luces del día, partimos de Mina Argentina. Era tal el apuro que a pocos kilómetros de recorrido el conductor de la vagoneta perdió el control y el vehículo dio un vuelco de campana al filo del abismo. Milagrosamente, los ocupantes habíamos salvado la vida y, vaya suerte la nuestra, por el vuelco brutal y rápido casi ninguno zafó de su asiento ni resultó herido, pero lo más asombroso fue que el chofer no paró y reemprendió la marcha en el acto. Arribamos a Viloco en el tiempo previsto y con la ansiedad metida en alma, corazón y vida.
Pasado el mediodía ya nos aprestábamos a escalar la montaña.
Antes de continuar con el relato, conviene anotar que dos ideas fijas se sobreponían a muchas otras: establecer el qué había producido la caída de la nave –algo que nunca iba a saberse, aún hoy, a más de medio siglo del desastre aéreo– y el cómo del avistamiento y posterior hallazgo de la nave y de sus infortunados ocupantes.
Mientras los comisionados del Lloyd y los directivos de la mina Viloco se ponían de acuerdo en el qué hacer inmediato, decidiendo, entre otras medidas, procurar que al menos en las próximas horas se tratara de evitar la subida –que ya se mostraba masiva– de personas que nada tenían que hacer con el rescate, el padre Ferrari y yo fuimos abordados por dos mineros que nos pidieron hacer un aparte, “pues”, dijeron con cierto sigilo, “queremos decirles algo que les puede interesar”. Tanto el sacerdote, como este cronista, tomamos el relato con cargo de inventario, pero al correr de los años viene a ser la única referencia cercana de cómo se habría encontrado lo que quedaba del avión y de los pasajeros en desgracia.
Lo que sigue es la narración del par de mineros, que pidieron guardar sus nombres en reserva y no aceptaron ser fotografiados:
“Los dos estábamos tomando unas cervezas en una tiendita, al frente de la parte baja de la montaña. En eso vimos a un arriero con sus dos mulas, como a doscientos metros, caminando hacia la ladera de este cerro (señalaron la base de la primera loma). No nos llamó la atención, pero una hora y media después el hombre volvió a pasar con sus mulas cargadas de bultos, bien amarrados, y se fue por el lado que había venido. Esto nos llamó la atención a los dos y a otros compañeros que se nos juntaron a servirse unos tragos y a los que les contamos lo que habíamos visto. Entre todos nos acercamos a la montaña y, hacia el lado de La Cancha, vimos que algo brillaba. Eso ha debido divisar el arriero, nos dijimos. Eran los fierros del avión que tanto decían se había perdido, pero sentimos miedo de trepar, pues, temíamos que nos culpen de lo que había saqueado ese hombre, y nos las arreglamos para dar aviso a los jefes de la mina: un llok’alla, al que le dimos su propina, corrió a avisarles”.
Como es de imaginar, la subida hasta La Cancha delató nuestra impreparación, pero venciendo todos los obstáculos logramos llegar al lugar del siniestro cuando, por la montaña, ya lo habían hecho los dos miembros de la Brigada Andina, Ronnie Ibata y Alfredo Martínez. Comisionados y andinistas encontramos los motores de la nave, el fuselaje, las llantas, el tren de aterrizaje, en fin, todo desparramado. Sin lugar a dudas hubo una fuerte explosión -lo reflejan las fotografías-, seguida de un incendio, pues todo estaba quemado, los restos calcinados. “Ha debido ser un incendio bastante fuerte porque en algunos lugares hasta estaba derretido el metal”, recuerda aún el rescatista Ronnie Ibata. La mayor parte de los restos humanos estaban dispersos, algunos reconocibles, bien conservados por la nieve, por el frío; la mayoría no, y no era perceptible el hedor propio de la descomposición de cadáveres; era fuerte el olor a gasolina.
El Tigre cayó en La Cancha
Mientras los osados montañistas del Club Andino Boliviano ya habían dado, por su cuenta y riesgo, con el avión siniestrado y los cadáveres de las víctimas del accidente, el resto se esforzaba, a duras penas, por llegar al escenario de la catástrofe, excepción hecha del padre Ferrari, un religioso italiano de contextura atlética, alpinista experimentado que hacía de guía.
En la Comisión no hubo una división formal de las tareas a realizar, pero el sacerdote salesiano dirigía las operaciones, siendo como era el más experimentado rescatista. Portaba un maletín donde sus atuendos eclesiásticos alternaban con elementos de primeros auxilios, vendas, gasas, galletitas de supervivencia (conservadas en cajitas made in USA desde la guerra de Corea, ideales para paliar el hambre), y una daga árabe, curveada y filosa.
A esas horas ya era general la asociación de los hechos con la muerte del equipo de The Strongest (Los más fuertes). Ese era el sentir del imaginario colectivo, sobre todo en el poblado de Viloco, en cuya placita flameaba a media asta el pabellón aurinegro, con un conmovedor crespón de duelo.
Una vez llegados hasta una cierta explanada entre dos farallones cordilleranos, que la imaginería popular bautizó como La Cancha, el espectáculo que tuvimos ante nuestros ojos era dantesco. Restos metálicos retorcidos y cadáveres mutilados esparcidos, casi todos calcinados, en un área de más o menos 200 metros, daban la certeza de que el DC-6 B del LAB chocó violentamente en una ladera, explotó y se incendió.
Los restos de los jugadores de The Strongest fueron, relativamente, de los más identificables, por ser los más conocidos y, de alguna manera, porque Tuco Martinet, empleado del LAB y miembro de la Comisión, tuvo la previsión de meter en el bolsillo de su chamarra unos recortes con fotos del equipo y los nombres de los once titulares y del Director Técnico Eustaquio Ortuño en el epígrafe.
El padre José Ferrari era un hombre un tanto grueso y musculoso, más alto que bajo, presto a hablar, reír o conmoverse por una desgracia. Se movía rápida y nerviosamente, pero con una serenidad pasmosa; tratándolo, se reconocía en él a un hombre puro, bondadoso y reflexivo. De hecho, mostró estas cualidades en las inquietantes horas del rescate. Quizá por eso todavía lo recordamos sereno y aplomado cuando ante nuestros ojos apareció un cuadro tétrico, tremendamente conmovedor: los dos jugadores atigrados afrodescendientes, Juan Iriondo y Germán Alcázar, yacían abrazados con sus cuerpos totalmente calcinados formando una sola masa quemada, una pira negra en cuya parte superior apenas se notaban sus cabellos chiris, enrulados. Los reconocimos, además, porque tirados a unos metros estaban sus camisetas y sus botines de fútbol…, intactos.
“Que nos perdone Dios”. Tres veces repitió esta frase el salesiano José Ferrari pasado el mediodía del 27 de septiembre. Minutos antes, en la misa y con los brazos abiertos extendidos hacia el cielo, le había pedido a su Dios descanso en paz para las 74 víctimas de la tragedia aérea. Ahora le pedía perdón por anticipado, “porque algo había que hacer para empezar a identificar los cuerpos, casi todos calcinados”.
El sacerdote extrajo del maletín su daga árabe y como se trozan las vértebras de cordero, hendió el filo entre la falange y la falangina del dedo anular izquierdo de una dama de rostro irreconocible; desprendió el aro, leyó la parte interior y pronunció un nombre, el nombre del esposo de la víctima grabado en el anillo de bodas. Era uno de los pocos recursos certeros para identificarlo que quedaba de un cadáver mutilado.
El retorno a La Paz y la primicia
Llegamos a La Paz ya avanzada la noche. El padre Ferrari me deja en la puerta de HOY. De entrada entrego los rollos a Lucio Flores para que revele las más de cien placas fotográficas. En la redacción hay expectativa. Los colegas se arraciman sobre mi mesa de trabajo. Todos preguntan, al mismo tiempo. En su andar ligero, taconeando, don Alfredo Alexander, el Director, irrumpe en la sala, camina hacia el grupo arracimado y dictamina: “Ya está bueno, déjenlo descansar, y usted”, me dice, “tiene ocho páginas para relatar su experiencia”.
“¿Hay fotos de las llantas?”, pregunta Cucho. “Hay de todo, ya lo va a ver”, respondo. Los colegas del HOY DEPORTIVO piden datos. Les doy los datos anotados líneas arriba. Dicho esto empiezo a redactar el relato central. En eso, Cucho Vargas vuelve a preguntar: “¿Tiene fotos de las llantas, no?”.
¿Por qué insistía el Co-director de HOY con la foto de las llantas?
Tras la trunca conversación originada en Mina Argentina, equipo radioaficionado mediante, Cucho malentendió que estábamos tras la pista de los restos. Dio la noticia, adjudicándomela, y publicó en primera la foto de un avión siniestrado, con una llanta quemada en primer plano. En la prisa, olvidó aclarar que se trataba de un registro de archivo meramente ilustrativo. El LAB desmintió el extremo el mismo día de su publicación. Cuando Lucio Flores entregó las fotos reveladas, Cucho eligió una con la llanta calcinada del avión caído en primer plano. “Confirmado…”, comenzaba el recuadro “hábilmente justificatorio” del desliz de la víspera.
La gafe pudo haber afectado la credibilidad del matutino y echar por los suelos el prestigio de su co-director. “¿Qué pasaba si no encontrábamos la aeronave siniestrada?”, me pregunto todavía hoy: ¿qué pasaba si el hallazgo no iba a dejar atrás los rumores pretéritos? Pero de lo que no quepa duda alguna, tampoco, es del talento de Cucho en esas horas de luto para la familia boliviana. Desechó las imágenes trágicas y macabras, se inclinó por una diferente para reproducirla en toda la primera plana: la del padre Ferrari celebrando misa, con los brazos en alto y mirando hacia el cielo. “Resignación ante lo inevitable”, tituló Cucho mi foto. Tal fue la emoción colectiva que, por poco, un periódico estaba a punto de salir a las calles sin logotipo en la portada, sin nada que lo identifique, apenas el fotón con el nombre de este cronista, que por averiguar la suerte de un colega se encontró en el epicentro mismo de una catástrofe, caminando entre cadáveres, contando muertos, reconociendo algunos, fotografiando el rostro de la tragedia.