2025-03-19

Herencia

El desafío de forjar un camino y mantener vivo el legado de papá

A propósito o por accidente, Claribel Arandia, Marcelo Ortubé, Jorge Luis Palenque y Guery Pozo siguen los pasos de sus, ya, legendarios padres, cargando el peso de su legado.

La línea entre figura mitológica y persona es muy tenue cuando el individuo impactó positivamente en la sociedad. Eso deja una sombra muy larga, que puede convertirse en un peso grande, pero edificante, para los hijos que planean continuar con el legado.

“Es una mochila muy pesada.  Las comparaciones son inevitables, incluso cuando tú haces lo posible por evitarlas. Pero también es un gran honor y una gran alegría, mantener vivo lo que mi padre comenzó”, manifiesta Guery Pozo, hijo del actor y dramaturgo Hugo Pozo.  

Marcelo Ortubé, hijo del árbitro Ortubé, destaca que trabajar en el oficio de los padres no significa seguir, de la misma forma, el camino marcado. “Tienes que aportar algo nuevo, no ser un simple seguidor”, dice.

Por su parte, Jorge Luis Palenque explica que “no se pretende competir, eso es algo imposible. Lo que se quiere es mantener viva su memoria y garantizar que lo que construyeron en su vida no desaparezca”.

Pero los padres  no solo dejan legados, también relaciones. Claribel Arandia reconoció que  “heredó” tanto amigos como rivales. “Hay personas que se oponen a mí, solo por ser una Arandia, porque tenían un problema con el Edgar”, cuenta.
Pese a eso, todos se enorgullecen de quienes iniciaron el camino por el que transitan.

“Si el Edgar se describía como un cholo peleador, pues yo soy una birlocha”

Claribel Arandia muestra una pequeña imagen de su padre, que le fue regalada. Foto: Jorge Soruco / Visión 360

Un mes antes de la muerte del artista y gestor cultural Egar Arandia, hubo un festejo en su casa. Su hija, Claribel Arandia, asumió la dirección del Museo Nacional de Arte, cargo que el mismo Edgar ocupó una década antes.  

“Nunca lo vi llorar hasta ese día. Me abrazó y me dijo: ‘Ahora me puedo ir tranquilo, porque sé que el arte está en buenas manos’”, recuerda.

Todo un elogio, teniendo en cuenta que Edgar no quería que Claribel, cuando era adolescente, entrara al mundo artístico. Temía por su seguridad financiera y por los retos que enfrentaría.

“Con el Edgar siempre hemos sido, más que padre e hija, amigos, porque teníamos ese lenguaje oculto de complicidad”.

“Me decía: ‘Este es un mundo de machos, te va a costar mucho, porque a veces a las mujeres solo las ven como un motivo de inspiración, no como un colega’. Tuve que probar que podía superar los retos que encontraría en el camino”, cuenta.

Esta rebeldía de Claribel no surge de la nada. Viene por angas o por mangas, puesto que sus dos ascendientes familiares no dudaron en luchar por lo que les interesaba, contra las injusticias, con la familia llegando al exilio.  

“El Edgar se describía como un cholo peleador. En ese sentido, puedo decir que yo soy una birlocha peleadora”, asegura.

Eso se ve reflejado en el arte de ambos, pese a las diferencias aparentes. Mientras que Edgar enfocó su pintura en la denuncia social contra la dictadura y la explotación, Claribel esculpió y grabó sobre las problemáticas de la mujer, desde la violencia hasta la salud reproductiva.

Ambos terminaron dirigiendo uno de los principales repositorios del país. Y con ello, la hija heredó los amores y desamores de su padre.  

“Hay personas que se oponen a mí solo por ser una Arandia, porque tenían un problema con Edgar. Otros esperan que siga su estilo de trabajo. Tengo que luchar para demostrar que soy mi propia persona, aunque presumiendo la ética y honradez que él me enseñó”.

“El apellido siempre pesó, porque todos esperan que sea igual a mi papá”

Los tres árbitros Ortubé, en una foto de la prensa en la década de los años 90. Foto: Marcelo Ortubé

Una de las dinastías del fútbol boliviano es la de los Ortubé, aunque ocupan el puesto que suele ser más vilipendiado por los amantes del deporte: el arbitraje. El padre, Arturo; el tío, Juan; y el  hijo, Marcelo, han marcado historia y han sido testigos de cómo fueron cambiando las reglas a lo largo de más de medio siglo.

“Hemos pasado por  tiempos muy diferentes, en los que el fútbol experimentó una serie de evoluciones, en todos los aspectos. Cuando mi papi empezó a dirigir los partidos,  no tenía las herramientas que tenemos ahora, como las  tarjetas roja y amarilla”, explica Marcelo.

Esto hizo que cada árbitro Ortubé tuviera la posibilidad de marcar su época. Arturo fue una figura muy influyente en las décadas de 1960 y 1970. Su hermano menor, Juan, en los 70 y 80 y, por último, Marcelo en las décadas siguientes.

“Mi papi gozaba de mucho respeto, de parte de los jugadores; tenía un carácter muy fuerte y eso le ayudaba a controlar”.

No es de extrañar que la pasión por el deporte rey mande en los genes. Marcelo reconoce que siempre estuvo envuelto en esta actividad, aunque no como terminó siendo. “Como muchos otros de mis compañeros, al principio me interesaba ser más un jugador que un árbitro”, recuerda.

Fue Arturo quien le incentivó a seguir la carrera de juez. Le informó acerca de un curso sobre esta profesión y, desde entonces, quedó enganchado.

Ellos son los primeros en reconocer que no es una carrera fácil. No solo hay que estar atentos a los cambios de reglas que impone la FIFA, sino que también son blanco del descontento de los hinchas.

“Todos quienes estamos en una carrera arbitral sabemos que nuestras decisiones no son siempre bien aceptadas. No es una carrera donde uno recibe muchos halagos, sino todo lo contrario. Pero el saber que uno está trabajando de manera decente y correcta le da esa tranquilidad y esa paz que uno busca cuando hace una actividad”.   

“La relación con mi padre se forja con su ausencia, a través de los medios”

Carlos Palenque cuando juega con Jorge Luis, en una foto familiar. Foto: Jorge Luis Palenque

Jorge Luis Palenque enfrenta un problema al cargar el legado familiar: a estas alturas su padre, el folklorista, comunicador y político Carlos Palenque, es más una leyenda que una persona real, al menos en su memoria. Es que cuando el “Compadre” murió, el 8 de marzo de 1997, Jorge Luis tenía menos de 10 años.

“Mi relación se empieza a forjar más adelante, con su ausencia, mediante  los medios, a través de lo que me cuentan mi madre y mis hermanos. Es con eso que yo ya empiezo a hacerme una idea de qué clase de persona era”, explica.

Sin embargo, esta forma de conocer a su legendario padre llega con un  problema: “Todo el mundo habla cosas buenas de él, como un ícono, más que como una persona de carne y hueso”.

Eso hizo que, durante mucho tiempo,  Jorge no quisiera seguir los caminos de su padre. Pese a que todo apuntaba a una carrera en los medios, el muchacho trataba, con todas sus fuerzas, de alejarse de ellos.

Buscó diferentes caminos. “Estaba perdido, tratando de encontrarme a mí mismo”, confiesa. Así intentó dedicarse a  la música, sin mucho éxito.

Uno no puede compararse con el ‘Compadre’; ningún hijo se puede comparar, o pocas personalidades pueden hacerlo.

Posteriormente, consiguió un trabajo en la radio, como pasante. Esa fue la clave, ya que ahí, creando un programa para jóvenes, descubrió su camino.

Tras un periodo de varios años en el medio auditivo, entró a la empresa familiar, RTP, entonces dirigida por Fernando “Perico” Pérez. Comenzó en programas de entretenimiento, pasó a los noticieros y de ahí a la dirección.

“Se puede decir que seguí el mismo camino que mi padre, aunque en chiquito. Obviamente no puedo competir con él, ya que el ‘Compadre’ fue un músico exitoso y con la Tribuna Libre del Pueblo creó un gran servicio para la sociedad”. En ese sentido, no busca competir con la memoria, solo asegurarse que esta se mantenga. 

“Haré un homenaje a los personajes de mi padre, con las obras que él escribió”

Guery (izquierda), junto a su padre en una puesta en escena de Zambo Salvito. Foto: Guery Pozo

Después de cuatro meses de la partida del actor, director y docente Hugo Pozo, su legado continúa vivo y prosperando, gracias al trabajo de su hijo, Guery Pozo. El también comunicador social dirige la escuela que fundó su padre y  ya se encuentra alistando nuevas funciones.

Si bien la muerte de Hugo Pozo tomó por sorpresa a la familia y al país,  el 4 de noviembre de 2024,  eso no significa que el proceso de transición no estuviese preparado. “Mucha gente piensa que yo estoy asumiendo la dirección de la compañía de forma súbita, después del fallecimiento de mi padre, pero la verdad es que no es así. Hace más de 15 años que estoy manejando la dirección, dicto clases y me encargo de toda la parte de producción”, asegura.

Una herencia algo curiosa, porque Hugo no quería que sus hijos siguieran sus pasos. Consideraba que era una profesión insegura y les alentó a seguir una carrera académica.

“Luego de la primera función del Zambo me dijo: Hijo, el día que yo no esté, el único que podrá representar la obra eres tú”.

Así, Guery estudió Comunicación Social. Pero también aprovechó para experimentar con el teatro estudiantil. Empezó en obras contemporáneas y, ya con el título y trabajo en mano, se sumó a la compañía de su padre.

Pero no es sencillo. No solo pesa el legado y la obra, sino que la ausencia se combina con la fuerza de la personalidad del legendario actor. A lo largo de 52 años de carrera creó personajes que marcaron los escenarios nacionales, como El Warjata, el Padre Zoylo Vergara del Toro o el Zambo Salvito.

Ninguno de los cuales están en el futuro de Guery. “No voy a tomar ninguno de los personajes de mi padre. No los voy a representar, porque los creó con su personalidad. Sí voy a hacer homenaje a todos ellos, con las obras que él ha escrito. Voy a meter a Warjata, al Padre y otros personajes, pero solo de nombre o de alguna otra forma para que la gente los recuerde”, asegura.

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