2025-04-18

Ley Pensante

Cuando la ley se vuelve instrumento de persecución, el Estado pierde su alma democrática

La justicia en Bolivia está herida. Herida no solo por los corruptos que la usan, sino por los cobardes que la miran sin defenderla.

En los sótanos del poder boliviano no hay silencio, hay eco. Un eco sordo de grilletes que no suenan por justicia, sino por miedo. En Bolivia, el poder penal no siempre persigue delitos: muchas veces persigue disidencias. En un sistema que ha convertido a la Fiscalía en un brazo inquisidor y a los jueces en administradores de castigo político, los procesos judiciales no son herramientas de verdad, sino estrategias de dominación.

El caso del abogado Jorge Valda es uno de los tantos que revela la sombra del Leviatán boliviano. Perseguido, acusado y expuesto, no por sus actos, sino por sus ideas, por su voz, por no callar cuando el guion del Estado exige silencio. Su detención, llena de irregularidades y con tintes claramente políticos, se suma a una lista negra de ciudadanos que han osado incomodar al poder de turno. Aquí, la figura del enemigo no se construye con pruebas, sino con discursos, y la sentencia se dicta muchas veces antes del juicio.

Cuando la ley se vuelve instrumento de persecución, el Estado pierde su alma democrática. La prisión ya no es para el culpable, sino para el incómodo; el castigo no corrige, silencia. En este teatro, los fiscales acusan con premura, los jueces encarcelan con agilidad, pero nadie responde por los errores judiciales ni por las vidas arruinadas por una causa infundada. Nadie repara el tiempo robado a la libertad.

Y, sin embargo, muchos celebran. Porque en la Bolivia de hoy, hay sectores que aplauden el encierro ajeno como si fuera victoria ideológica. Confunden justicia con revancha, proceso con linchamiento, legalidad con obediencia. Pero no hay Estado de derecho donde el poder penal se usa como martillo contra el que piensa diferente. No hay democracia donde la crítica se castiga con barrotes.

Lo más peligroso de esta deriva autoritaria no es solo el presente, sino el precedente. Si hoy se encarcela a un abogado por pensar distinto, mañana será un periodista, un activista, un profesor, o simplemente un ciudadano con una opinión. El mensaje es claro: cuestionar es peligroso, disentir es un riesgo. Y ese mensaje, repetido lo suficiente, anestesia a la sociedad, la acostumbra al abuso, la vuelve cómplice por omisión.

La justicia en Bolivia está herida. Herida no solo por los corruptos que la usan, sino por los cobardes que la miran sin defenderla. Hay que decirlo sin miedo: vivimos una judicialización de la política y una politización de la justicia. Y ambos procesos nos alejan de la libertad.

Jorge Valda es un símbolo, no solo de lo que está mal, sino de lo que podría cambiar. Porque cada vez que se levanta la voz frente a la injusticia, se rompe un eslabón de esa cadena invisible que aprieta más que las de hierro. El país no necesita más cárceles; necesita memoria, conciencia y valor. Valor para decir que un Estado que encierra inocentes no es fuerte: es cobarde. Y que un sistema que teme a la crítica no es justo: es tiránico.

Hay que arrancar las vendas que disfrazan al verdugo de juez. Hay que volver a hablar de garantías, de presunción de inocencia, de libertades reales. Porque si no lo hacemos, la justicia boliviana dejará de ser una dama ciega y se convertirá en un cuervo: uno que no mira, que no escucha, que solo picotea los restos de la democracia que alguna vez soñamos.

*La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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