Ley pensante
Acta, non verba: Bolivia y el vicio interminable del poder
Acta, non verba. “Hechos, no palabras.” La antigua sentencia latina que los romanos usaban para exigir coherencia entre el decir y el hacer debería grabarse, en letras grandes y de mármol, en los muros del Palacio Quemado. Y no como ornamento vacío, sino como un recordatorio feroz de lo que Bolivia ha perdido: la dignidad de la acción honesta. En este país atrapado entre cordilleras y cicatrices, la política se ha convertido en un teatro decadente, donde las promesas se multiplican con la misma facilidad con la que se traicionan. Las palabras ya no significan, solo sirven para encubrir.
Michel Foucault —ese pensador lúcido y peligroso para los cómodos— decía que el poder no es simplemente una estructura vertical, sino una red de relaciones, un deseo que se filtra por los poros del cuerpo social. En Bolivia, ese deseo se ha transformado en adicción. El poder aquí no es solo ejercicio institucional, sino un vicio profundamente incrustado en el alma nacional. Lo queremos, lo codiciamos, lo odiamos, pero nunca dejamos de buscarlo.
Hablar del poder boliviano actual es, entonces, hablar del hambre. Pero no de ese hambre biológica que el Estado olvida y que obliga a miles a migrar, a mendigar o a robar. Hablo del hambre simbólica, la del reconocimiento, la del mando, la del privilegio que se hereda en la silla y se corrompe con saliva. En nuestro país, el poder no se ejerce para transformar, sino para permanecer. No se lo busca por el bien común, sino por la acumulación de intereses, por el blindaje ante la justicia, por el ego de figurar en la historia —aunque sea como traidor.
Miremos alrededor: el oficialismo y la oposición son, más que adversarios, reflejos invertidos de la misma patología. No hay ideas, hay posiciones. No hay visiones de país, hay estrategias para el siguiente cargo. Las juventudes políticas ya no leen a Simón Bolívar ni a Franz Tamayo, pero saben cómo maquillar una traición con un tuit. La política se ha estetizado, se ha reducido al simulacro. Lo que vemos cada día en los medios no es gobernabilidad, sino performance.
Y aquí es donde la historia se vuelve ironía. Porque Bolivia ha vivido revoluciones, dictaduras, caudillismos, populismos y pactos de élite, pero no ha logrado emanciparse del patrón colonial que organiza el poder: la lógica del amo y el súbdito. Cambiamos de apellidos en los escritorios, pero no de lógica en los actos. Seguimos concibiendo el poder como dominación, no como servicio. Como botín, no como responsabilidad.
¿Qué es lo que hace tan irresistible al poder boliviano? Tal vez su capacidad de prometer impunidad. Aquí, el que manda no rinde cuentas. La justicia es selectiva, la prensa está asediada, la sociedad civil fragmentada. La memoria histórica se manipula según la conveniencia del discurso. Y los verdaderos actos —esos que deberían levantar hospitales, defender a las mujeres, garantizar la educación, proteger el medioambiente— quedan sepultados bajo la montaña de retórica.
En este contexto, la ética ha sido reemplazada por la estrategia. La coherencia por el cálculo. Y el ciudadano por el fanático. Porque sí, el poder no solo corrompe a quienes lo ostentan, sino también a quienes lo aplauden sin cuestionarlo. Nos hemos vuelto un país adicto a la polarización, incapaz de sostener un debate maduro sin caer en el insulto. Hemos confundido ideología con dogma, crítica con traición, verdad con conveniencia.
No obstante, aún hay tiempo para una política distinta. No idealista, sino decente. No perfecta, sino humana. Y para ello, necesitamos reconstruir una ciudadanía activa, lúcida y profundamente incómoda con el espectáculo actual. Una ciudadanía que no se conforme con votar cada cinco años, sino que exija resultados todos los días. Que no se arrodille ante ningún caudillo, de izquierda o de derecha. Que entienda que la democracia no es un evento, sino una práctica cotidiana.
Como escribió Albert Camus, “el hombre rebelde es aquel que dice no, pero también dice sí a algo más grande”. Bolivia necesita rebeldía, pero no la rabia ciega que destruye sin pensar, sino la rebeldía lúcida que construye con conciencia. Porque si el poder es ese vicio que tanto hemos admirado, como decía Foucault, tal vez la verdadera revolución consista en dejar de desearlo como fin último.
Acta, non verba. Que el próximo líder —si es que debe haber uno— llegue no con discursos brillantes, sino con manos sucias de trabajo real. Que hable poco y haga mucho. Que no quiera gobernar para sentirse inmortal, sino para que el país lo sea. Y que sepa, por fin, que el poder no se posee: se comparte o se pudre.