2025-06-24

La pesadilla

Parece que nadie se daba cuenta que poco a poco nos fuimos convirtiendo en un país jugando a la oferta y cargando a la demanda a cuestas, de la basura que se trae y se lleva.

A duras penas, a tientas mi mano alcanzó el despertador. Con la derecha lo apagué y con la izquierda me sequé el sudor. La alarma de las seis fue mi salvación. Con sus benditos tañidos a la realidad pude volver. ¡Qué alivio saber que la pesadilla llegó a su fin! ¡Qué experiencia con Morfeo, la recuerdo y no lo creo! 

Éramos unos cuantos vagando por terrenos baldíos cuya tierra no se podía distinguir. Todos ya se habían ido. Quedamos sólo unos diez. ¿Los demás? Imagino que la tierra los devoró o quizá un remolino se los tragó. 

Se divisaban construcciones. Más bien, cercanas destrucciones, parecidas a grises y vacíos galpones. Nuestros pies no rozaban el suelo. Al final sí, pero no era un piso de cemento, ni de ripio, ni de pavimento. Caminábamos sobre algo punzocortante, de extraña textura, muy desteñido y de colores indefinidos. Desde las entrañas de la tierra saltaban a la vista inscripciones en idiomas diversos; como si la torre de Babel súbitamente a nuestros pies se hubiese derrumbado.

Con dificultad para respirar, trataba de reconocer a esos diez que, por cierto, iban muy afanados llenando costales voluminosos pero livianos. Iba yo lento, ellos volando como si estuviesen el piso escarbando, como gallinas extrayendo gusanos. Iban sacando amorfas losetas para acabar en sus bolsas revueltas.  Por su pericia, supuse los años que llevaban en esa tarea. Limpieza no había y ese suelo era la mismísima Hidra de Lerna. 

Al ver la cara de mis compañeros, flashes iban, flashes venían para transportarme a recónditos recuerdos, tan recónditos como el suelo que les comento.  Mis compañeros, familiares eran. Los recordaba con un poco de esfuerzo, pero yo no existía en sus recuerdos. Se habían quedado sin memoria y con pensamientos a medias, deambulaban perdidos, asfixiados entre humo, hollín y desconcierto. Surgió en mí un profundo miedo a olvidar y perder la cabeza y resultar como uno de ellos. Seguro me deparaba eso el futuro; un destino gris, triste y de color cemento. Esos terrenos eran un vasto pantanal, así como un espantoso desierto. En sus años mozos seguro habría albergado abanicos de colores y una naturaleza diversa, pero ahora estaba solo repleto de cochambrosos y oscuros rastros de cielo. 

Tomé valor y me acerqué a los conocidos desmemoriados. Solté algunas palabras que, en otros tiempos, algo parecido a un saludo fuera. Me quedé cerca, con la espera en vano porque no obtuve respuesta, solo la mirada ciega de sus ojos rojos e interrogantes eternas.  

Pensé entonces en la importancia del sueño que irónicamente estaba yo en uno de ellos. Mi fe esperaba que el habla apareciera para esfumar el miedo de que esa tierra un día desapareciera. 

De pronto, en ese piso quebradizo de objetos plastificados encontré tirado mi reflejo en un viejo espejo, mostrando una imagen muy similar a la de mis compañeros. Aterrada, iba descubriendo cómo me iba convirtiendo en uno de ellos. El blanco de mis ojos se cubriría pronto de un rojo sangre con la mirada vacía y la contaminación plena. Sería pronto un ser sin habla, un ser sin defensas y un ser sin poder defender a su tierra. Lo natural no existía, solo el plástico persistía. Mi tierra se había convertido en un infinito vertedero cuyo piso era un verdadero entierro de botellas, envases y polímeros perversos.

Parece que nadie se daba cuenta que poco a poco nos fuimos convirtiendo en un país jugando a la oferta y cargando a la demanda a cuestas, de la basura que se trae y se lleva. Había nacido un país en cuyos aeropuertos sus pasajeros residuos eran y la basura que iba a ser incinerada, su producto estrella.

Riiing, riiing.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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