Ley pensante
Prestado: el poder jamás fue un trono eterno
En un país donde el poder parece ser considerado eterno por algunos, es necesario recordar que la política se ejerce sobre seres humanos, no sobre objetos. Los líderes que se aferran al pasado olvidan que el poder, como el amor, es efímero y siempre es prestado. Este es el tiempo de comprender que el poder no se hereda ni se prolonga indefinidamente; su naturaleza es transitoria, y el país necesita un futuro donde los políticos comprendan sus límites.
“El rey debe tener presentes tres cosas: que gobierna seres humanos, que debe gobernarlos según la ley y que no gobernará siempre”.
— Eurípides
Hay frases que atraviesan el tiempo como advertencias. La de Eurípides es una de ellas: recuerda que el poder es humano, legal y efímero. Sin embargo, nuestros políticos actúan como si fueran inmortales. Se creen indispensables, ajenos al juicio de la historia, y ciegos ante la idea de que todo mandato termina.
En Bolivia, esta ilusión es especialmente dañina. Muchos líderes confunden representación con propiedad, y creen que el poder les pertenece por derecho divino o popular. Uno de los casos más evidentes es el de Evo Morales Ayma. Alguna vez símbolo de cambio, hoy parece atrapado en el espejismo de un carisma que ya no arrastra multitudes como antes. Insiste en volver, como si nada hubiera pasado, como si el tiempo y el país no hubieran cambiado.
Morales cree, tal vez, que el pueblo sigue esperando su regreso. Pero gobernar no es conquistar ni repetir. Gobernar es servir, escuchar y entender que se trata de personas, no de fichas. Es aceptar que la confianza rota no siempre se recupera. El poder, cuando se fuerza más allá de su tiempo, pierde dignidad.
Es tentador para algunos pensar que el pueblo olvida. Pero el pueblo también aprende. Aprende a dudar, a desconfiar, a mirar con ojos críticos. La política no es un ciclo infinito de retornos, es una responsabilidad que se ejerce con límites. Y el límite más sagrado es el del tiempo.
Como toda relación dañada por la mentira, el vínculo entre un líder y su gente no vuelve a ser el mismo después del desencanto. Se puede intentar reconstruir, pero la grieta está ahí. Por eso, aferrarse al pasado es inútil. Pretender que nada ha cambiado es negar la evidencia. No se puede gobernar mirando el espejo retrovisor.
Eurípides nos lo dijo con crudeza: no se gobierna para siempre. El poder es prestado, no heredado. Es un encargo, no una corona. No entender esto es el primer paso hacia el autoritarismo y la decadencia. Por eso, más que prometer retornos gloriosos, nuestros líderes deberían aprender a retirarse con dignidad. Saber decir adiós también es un acto político.
Bolivia necesita un nuevo horizonte. Uno donde se gobierne con conciencia, donde la ley prevalezca sobre el ego, y donde el futuro no dependa de fantasmas del pasado. Porque el poder —como todo lo valioso en la vida— es frágil, fugaz y profundamente humano. Porque el poder, en verdad, jamás fue un trono eterno. Fue, es y será siempre prestado.