2025-07-24

Ley pensante

El país de los que vuelven cuando huelen poder

Estamos a tiempo. Pero el tiempo no es eterno. Que esta vez no volvamos a elegir a quien solo aparece cuando hay micrófonos y se va cuando hay cenizas. Porque Bolivia no necesita más candidatos: necesita más conciencia.

Bolivia se acerca, una vez más, a un nuevo ciclo electoral, y con él, como cada cinco años, se desnudan los rostros que durante años se maquillaron con silencio. La política vuelve a parecerse a un teatro gastado donde los actores no se retiran nunca, solo se cambian de traje. Y el pueblo, sentado en la gradería, aplaude por costumbre o se retira sin decir nada. Pero esta vez, algo duele más: ya no es solo la repetición, es la burla de la repetición.

Vuelven todos. Vuelven los que fracasaron, los que traicionaron, los que callaron y los que huyeron. Vuelve Manfred, con su bigote inmune al tiempo y su nostalgia de cuartel, como si la historia no le debiera cuentas. Vuelve Tuto Quiroga, vocero de sí mismo, reciclado de cada escenario donde ya no lo invitan. Y aparece, en medio de esa vieja procesión de ambiciones, Marcelo Claure, el magnate global que hoy “cree en Bolivia”, aunque durante años su vínculo fue remoto, calculado, sintético. Un hombre que habla desde lo alto, como si Bolivia fuera una idea, no una herida.

Y sí, Claure dice que cree. Pero ¿en qué Bolivia cree? ¿En la que se tuerce cada cinco años o en la que sobrevive cada día? ¿Cree en el niño que no puede leer porque el aula se le cae encima? ¿En la madre que cocina con leña mientras espera un bono que no llega? ¿O solo cree en la Bolivia de cifras, la Bolivia de inversiones y promesas infladas por humo digital?

Creer en Bolivia es más que hablar de ella. Es entender su historia, no borrarla. Es poner los pies en la tierra que arde cuando arde el hambre, no solo cuando se busca voto. Es quedarse a sufrir con ella en silencio, no aparecer cuando las encuestas suenan dulces.

Lo que Bolivia necesita no es otro mesías con buena conexión a internet. Necesita maestros, memoria, conciencia y educación. No es la economía la que nos va a salvar si no va acompañada de una pedagogía del deber, de una ética pública que se enseñe en casa, en escuela, en medios y en política. La pobreza no es solo material: también es intelectual, espiritual, simbólica. La verdadera batalla no es por los votos: es por la verdad.

A estas alturas de la historia, los jóvenes ya no creen en discursos, y no por rebeldía, sino porque aprendieron a leer entre líneas. La política ya no convence porque no propone: administra el desencanto. Se recicla. Se rehúsa a morir. Y en ese bucle interminable, la esperanza empieza a parecer ingenuidad. Y eso es lo más peligroso que puede pasarle a una democracia: que el pueblo deje de esperar algo nuevo, y empiece a votar para que al menos no empeore.

Bolivia no necesita a los que vuelven cuando huelen poder. Necesita a los que nunca se fueron. A los que han resistido desde abajo, con poco, con casi nada, pero con dignidad. A los que creen que el país no se salva desde arriba, sino desde adentro. Desde la escuela. Desde la ética. Desde una juventud que estudia no para marchar, sino para gobernar con principios.

Si la historia tiene memoria, sabrá reconocer a los que hoy intentan disfrazarse de futuro. Y si no la tiene, nuestro deber es enseñársela a cada generación que viene, para que no repitan el error de confiar en las apariencias. Porque la democracia no muere solo con dictaduras: muere con sonrisas falsas, con slogans vacíos, con empresarios iluminados que confunden patria con marca.

Estamos a tiempo. Pero el tiempo no es eterno. Que esta vez no volvamos a elegir a quien solo aparece cuando hay micrófonos y se va cuando hay cenizas. Porque Bolivia no necesita más candidatos: necesita más conciencia.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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