2025-08-05

Ley pensante

“ Después del Fuego”: Bolivia 200 años ardiendo por la libertad

Hoy, el mito está desgastado. El trauma sigue abierto. Y la promesa, rota. Pero no todo está perdido.

“Todo aniversario es una oportunidad: o para repetir el pasado o para interrogarlo”
 —Michel Foucault


El Bicentenario no es solo una fecha: es un espejo. Uno roto, uno crudo. Uno que devuelve una imagen que a muchos incomoda mirar. Bolivia llega a sus doscientos años de independencia no como nación consolidada, sino como cuerpo fracturado, cansado, hermoso y aún inconcluso. Si algo nos enseña la antropología del tiempo es que los pueblos no celebran solo lo que tienen, sino lo que aún les falta. Y en este 2025, lo que nos falta es tanto que el himno suena más como plegaria que como victoria.


Desde una lectura epistemológica, el Bicentenario exige algo más que desfiles y proclamas. Exige una revisión de los saberes con los que hemos narrado nuestra historia. La escuela boliviana, durante generaciones, repitió la historia desde arriba: los próceres, los tratados, las guerras. Pero lo que aún no hemos aprendido es a contar la historia desde abajo: desde los pueblos indígenas negados en 1825, desde los obreros traicionados en 1952, desde las mujeres que parieron esta república sin que nadie las nombrara.

Como escribió Silvia Rivera Cusicanqui: "no hay descolonización sin despatriarcalización ni sin desobediencia epistémica". Bolivia aún arrastra los efectos de un relato monocultural, una narrativa hegemónica que, incluso en tiempos del Estado Plurinacional, muchas veces se tradujo en un nuevo centralismo simbólico. Cambiaron los sujetos del poder, pero no siempre cambiaron las lógicas del poder.


Históricamente, lo que llamamos “Bolivia” ha sido más un proyecto que una realidad. Como bien señala Herbert S. Klein, la fundación de la república fue una maniobra criolla que sustituyó al poder colonial sin desmontar sus estructuras de exclusión. La ciudadanía fue blanca, masculina y letrada por casi un siglo. Recién en 1952 se universalizó el voto, y no fue sino hasta 2006 que un indígena llegó a la presidencia. Y sin embargo, esa narrativa de ascenso histórico no puede esconder las contradicciones. Porque incluso en la era del “proceso de cambio”, se reproducieron jerarquías, se silenció la disidencia, y se usó la historia como dogma, no como herramienta crítica.


Desde una mirada antropológica, el Bicentenario es también un ritual de frontera: marca el umbral entre lo que hemos sido y lo que aún no somos. Las sociedades, en estos momentos liminares, enfrentan su verdad: ¿qué tipo de comunidad queremos ser?


¿Una nación que sigue rindiendo culto al caudillo?
¿Un país que depende de importar gasolina mientras exporta litio en bruto?
¿Un Estado donde se bloquean las rutas para pedir democracia y se niega el pan al vecino como método de presión?

La memoria no es neutra. La memoria es campo de disputa. Y hoy, en Bolivia, hay una batalla abierta por el sentido del pasado. El MAS, fracturado entre Evo Morales y Luis Arce, se disputa la herencia simbólica del “proceso”. La oposición, sin proyecto colectivo, invoca una república abstracta sin reparar en su historia de exclusión. En medio, el pueblo: hastiado, empobrecido, pero lúcido.


Los rituales fundacionales de toda nación descansan sobre tres pilares: mito, trauma y promesa.


●    El mito de la independencia como gesta heroica sin contradicciones.
●    El trauma de haber sido mutilados (el Litoral, la Chaco, el golpe del 2019, la masacre de Senkata, los cuerpos sin justicia).
●    Y la promesa de ser una nación plural, democrática, justa.

Hoy, el mito está desgastado. El trauma sigue abierto. Y la promesa, rota. Pero no todo está perdido. A veces, cuando la historia oficial se agota, emergen nuevas narrativas desde los márgenes. Nuevas voces. Nuevas generaciones. Nuevas luchas. Bolivia no está condenada a repetir su tragedia. Pero para romper el ciclo, debe hacer algo que no ha hecho en 200 años: escuchar con verdad, redistribuir con ética y gobernar con humildad.


¿Queremos un tercer siglo republicano basado en el cálculo o en el cuidado?
¿Queremos repetir la guerra civil del MAS o fundar un nuevo horizonte político sin mesías ni verdugos?
¿Queremos otro siglo de centralismo o un país verdaderamente autonómico y comunitario?
¿Queremos gobernar para las estadísticas o para los cuerpos concretos?

Estas preguntas no las responderán ni Evo ni Arce. Ni los empresarios ni los cocaleros. Las responderá la sociedad civil si logra recuperar la palabra. Lo más valiente que puede hacer Bolivia en su Bicentenario no es fingir felicidad. Es hacerse cargo de sus heridas. Reconocer sus fracasos. Y sobre todo, imaginar otra forma de poder, uno que no se base en el miedo, el culto o la prebenda.


Después del fuego, la ceniza. Pero después de la ceniza, si hay dignidad, hay siembra.

Feliz Bicentenario, Bolivia. Pero no olvides nunca que la historia no te debe nada.


Tú eres quien debe escribirla. De nuevo.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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