2025-10-20

Ley pensante

Cuando el racismo vota: la memoria que Bolivia guarda y no quiere mirar

El verdadero enemigo no es ideológico, sino moral. Es la intolerancia, ese virus que nos impide reconocer en el otro a un igual, incluso cuando no piensa como nosotros.

Las elecciones recientes no solo eligieron a un ganador. Eligieron, también, el tipo de país que queremos seguir siendo.

Bajo el ruido de los discursos, las estrategias y las encuestas, algo mucho más hondo se reveló: Bolivia no ha resuelto su conflicto con la diferencia. Y cada proceso electoral, más que un ejercicio democrático, termina siendo una radiografía de esa herida que jamás cicatrizó del todo.

Los estados, los comentarios y las tertulias que hoy rechazan la victoria de Paz no lo hacen únicamente desde un desacuerdo político. Lo hacen desde una incomodidad histórica: la de no soportar que el poder vuelva a tener un rostro moreno, una voz popular, una raíz que no proviene del privilegio.

El racismo, en Bolivia, no desapareció: se sofisticó. Cambió el látigo por el lenguaje, la hacienda por el micrófono, la servidumbre por el sarcasmo.

Hoy se le llama “opinión política” al desprecio. Se le llama “análisis técnico” al clasismo. Y cuando alguien se atreve a decir que el pueblo eligió mal, en el fondo está repitiendo lo que por siglos se pensó en silencio: que los de abajo no saben pensar.

Los que se autoproclaman “la gente ilustrada” celebran sus credenciales académicas como escudos morales, pero ignoran que la educación sin empatía solo produce soberbia. Se sienten superiores porque su candidato usa extranjerismos y cita universidades europeas, como si hablar inglés fuera sinónimo de comprensión social.

Pero Bolivia no se entiende desde Harvard: se entiende desde El Alto, desde el altiplano, desde los barrios que madrugan para existir.

En su rechazo a Paz, muchos repiten el viejo error de Banzer y de Goni: creer que el país puede administrarse como una empresa y no como una historia. Creer que las emociones colectivas son manipulables, que la identidad puede borrarse con campañas de marketing o asesorías extranjeras. Ese fue el error que condenó a Tuto: confundir la técnica con el alma.

Decir “zurdos de mierda” se ha vuelto la consigna del odio contemporáneo, tan vacía como peligrosa. Porque en ese insulto se esconde la incapacidad de aceptar la diferencia, la fragilidad de quien necesita despreciar para reafirmarse.

Ni la izquierda ni la derecha son el problema cuando dialogan; lo son cuando se ciegan. Una sin la otra se vuelve mutilación: la izquierda sin autocrítica termina adorando su reflejo, la derecha sin humanidad termina defendiendo su privilegio.

El verdadero enemigo no es ideológico, sino moral. Es la intolerancia, ese virus que nos impide reconocer en el otro a un igual, incluso cuando no piensa como nosotros.

Rechazar la victoria de Paz no es un acto de análisis: es un acto de miedo. Miedo a la pérdida de control, a la idea de que el país —ese país real, mestizo, diverso, imperfecto— ya no necesita permiso para decidir por sí mismo.

Por eso, esta elección no es una simple victoria política. Es una respuesta cultural, una afirmación identitaria, un grito silencioso de quienes durante siglos fueron convertidos en nota al pie de la historia. Hoy esa nota se volvió texto principal.

Bolivia habló con el tono áspero de su historia, y muchos no soportaron escucharlo.
 Porque escuchar al país real implica aceptar que el racismo sigue ahí, disfrazado de análisis, de civismo, de decencia.

No hay democracia plena donde la diferencia se humilla. No hay república viva mientras la piel siga siendo un argumento.

Bolivia no necesita vencedores ni mártires. Necesita reconciliarse consigo misma. Y entender, de una vez por todas, que ningún proyecto político será legítimo si no nace del respeto a su diversidad, esa que duele, pero que también nos da nombre.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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