2025-11-07

Lo que fuera la ancestralidad del MAS y sus críticos, criticados

No hay identidad fuera de ese sistema. Y si ese sistema está estructurado por siglos de oposiciones en esta sociedad colonial y poscolonial, es esperable que los signos del “indio” y del “q’ara” sigan operando, cambiando de forma, pero no de función.

En este tiempo de cambios y balances, mirar con distancia crítica los casi veinte años del Movimiento al Socialismo (MAS) en el poder es casi una obligación. Con la caída de su hegemonía no solo se reconfigura el campo político, sino también la simbología y las nociones mismas de identidad nacional/plurinacional que los sustentaron: el reloj del Palacio Legislativo vuelve a girar en sentido convencional, el Escudo Nacional reaparece como imagen institucional de la Presidencia, desplazando a la Chacana. Ausencia de Ceremonia Ancestral para la toma de mando, en fin. Ya veremos qué ocurre, y qué hacen, con la Wiphala.

Uno de los intelectuales que más ha alimentado los debates sobre la simbología del MAS es Carlos Macusaya, agudo crítico de “las derivas” identitarias del llamado “Proceso de Cambio”. Recientemente, en su muro de Facebook, publicó un texto titulado “Ancestralidad y racismo amable”, donde retoma una de sus ideas más persistentes: la instrumentalización de la ancestralidad como dispositivo de visibilidad y poder durante el ciclo del MAS. Fiel a su estilo, vuelve a cuestionar lo que él mismo ha llamado, con provocación y sarcasmo, el “pachamamismo” o las “pachamamadas” del discurso oficialista, denunciando en ello una forma de “racismo amable” que, al tiempo que exalta lo indígena, lo fija en un molde arcaizante.

Aquí les propongo una respuesta a esa mirada: no para contradecirla, sino para complejizarla. Pensando que toda identidad, incluso la que se afirma contra el poder, se produce siempre en el diálogo, en el sentido filosófico de lo dialógico, y, por tanto, en el espejo del otro.

Estimado Carlos Macusaya, si aceptaras que “la identidad” es dialógica, que es bajo una lógica de diferenciación que se hace evidente, objetiva para el sujeto mismo, aceptarías quizás que no hay una esencia en lo que se mire como indianidad (o que no hay falsedad o veracidad en las formas de ser indio). Desde el momento en el que un sujeto, o un colectivo, bajo una lógica de oposición (o sistema de diferenciación) da forma a su singularidad, a su especificidad, el contenido de esa singularidad importa poco. Puede tomar la forma de una “ancestralidad”, como dices, o la forma de una “x singularidad que evoque modernidad, contemporaneidad india”, si quieres, por decirlo de algún modo. No importa. El caso es que en ese proceso de diferenciación, quienes se definen distintos, y opuestos, a un otro (todos, en algún momento de la vida o del día), lo hacen haciendo operar los recursos para su diferenciación que tienen a la mano, a su alcance. Y resulta que una parte de la población tiene a la mano, a su alcance, la ancestralidad (como otros tendrán el abolengo). Otros, quizás más sofisticados, como tú, tendrán otros recursos (menos prosaicos) de diferenciación que hacer operar, pero que igual sirven para imaginar, u objetivar, una singularidad que se imagina distinta y opuesta al otro, y que si quieres podemos hacerla palpable con el término q‘ara o indio para resumir en estos vocablos (sin olvidar los matices) toda esa nebulosa de los polos opuestos.

 

En suma, cuestionar (o más bien invalidar) el contenido de la “identidad” india (por ancestralizada o pachamamista) es cuestionar lo que toda identidad tiene de relacional y simbolista, es decir, su dependencia de un sistema de diferencias que la produce. No hay identidad fuera de ese sistema. Y si ese sistema está estructurado por siglos de oposiciones en esta sociedad colonial y poscolonial, es esperable que los signos del “indio” y del “q’ara” sigan operando, cambiando de forma, pero no de función.

Lo que se mueve en el curso de la historia, en sus diferentes momentos, son precisamente los signos que se hacen funcionar para la diferenciación (lo han mostrado ampliamente los historiadores), pero no la lógica misma de esa diferenciación. Por eso, lo criticable no es que ciertos sectores se reconozcan en lo “ancestral”, ni en creer que solo ahí radica su autenticidad. Lo pertinente de la crítica está en señalar que la creencia en la emancipación de lo ancestral es condición de lucidez o de modernidad. Todas son hijas del mismo sistema de diferencias (sistema simbólico) que opone lo “indio” a lo “q’ara”.

Tal vez lo verdaderamente interesante (para los debates bolivianos), no sea desmontar los signos de la ancestralidad, sino comprender que todos ellos (los antiguos y los recientemente inventados), son instrumentos con los que las personas producen sentido en este mundo que no cesa de clasificarlas, de llamarlas a definirse. Porque, al final, y una vez más, la identidad es dialógica, y ese diálogo se produce en un mundo como el boliviano con polos “identitarios” objetivados con bastante claridad (en la calle, en los medios, en la política…).

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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