2025-12-07

Ley pensante

La justicia tarda, pero no olvida

Por eso, este país necesita dejar de creer en la justicia como espectáculo y comenzar a verla como estructura.

La justicia tiene formas que incomodan. A veces parece dormida, anestesiada por el poder político, distraída por el ruido de los discursos oficiales. Pero cuando abre los ojos, lo hace con la frialdad de quien jamás olvida. Y ese despertar, siempre incómodo para quienes alguna vez creyeron manejar sus hilos, se manifiesta hoy en un ejemplo tan elocuente como inquietante: la exdiputada Lidia Paty. La misma que hace meses —o un par de años apenas— se encargaba de perseguir opositores, de abrir procesos como quien reparte castigos, de actuar como brazo político de un aparato que confundió justicia con venganza. Hoy ella misma se aferra al sistema que utilizó, presentando denuncias contra aquellos a quienes antes empujó al abismo.

Ese es el problema de jugar a ser dueño de la justicia: tarde o temprano, la justicia te recuerda que no es tuya. Que su esencia, desde la tradición aristotélica hasta el derecho positivo contemporáneo, es restaurar un equilibrio roto, devolver a cada quien lo suyo, ius suum cuique tribuere. Por más que el poder pretenda manipular la venda de Temis, siempre llega un punto en el que la balanza se inclina sola, con una precisión que ningún discurso oficial puede detener.

El fenómeno jurídico-político que vivimos no es nuevo: es el eterno retorno de la instrumentalización del derecho. Ayer, figuras como Jeanine Áñez eran etiquetadas como criminales bajo sentencias aún no dictadas; hoy, los mismos que vociferaban castigos reconocen —aunque sea en susurros— que fueron víctimas de un sistema que confundió legalidad con obediencia partidaria. El derecho penal del enemigo sustituyó a la presunción de inocencia, y la narrativa política ocupó el lugar del debido proceso. No se necesitaban jueces: bastaba la voluntad del poder para decidir quién merecía libertad y quién debía ser sacrificado.

Pero el tiempo, ese juez que no se vende, corrige. Lo que ayer se defendía como justicia, hoy se resignifica como persecución. Lo que ayer era presentado como victoria moral, hoy aparece como abuso. Y en ese vaivén, la justicia —esa justicia que no perdona, que no negocia, que no se arrodilla eternamente ante el poder— empieza a cobrar sus cuentas pendientes.

Hay una verdad filosófica que se niega a morir: el poder siempre intenta domesticar la justicia, pero la justicia nunca termina de ser domesticable. La política puede ponerle nuevas vendas, torcer su brazo, manipular sus tiempos. Pero cuando la justicia retorna desde su silencio estructural, no busca complacer a nadie; busca restablecer el orden que le fue arrebatado. Y cuando dicta sentencia —aunque sea simbólica— nadie queda indemne. Ni los perseguidos, ni los perseguidores.

Por eso, este país necesita dejar de creer en la justicia como espectáculo y comenzar a verla como estructura. Necesitamos un sistema que no funcione como arma, sino como límite. Que no responda a coyunturas, sino a principios. Que no sea reactivo al poder, sino resistente al poder.

Porque la justicia puede tardar. Sí. Puede demorarse hasta el cansancio, puede parecer cómplice o ausente. Pero cuando llega, cuando realmente llega, no perdona ni olvida. Y ese día —como hoy— más de uno descubre que no existen manos suficientemente fuertes para seguir sosteniendo una venda que ya cayó por su propio peso.

*La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.

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