2026-01-09

El fuego en la palabra

Que nada nos limite

Que nada nos limite, sí. Pero que tampoco nada nos excuse. Ni el poder, ni la protesta, ni las buenas intenciones. Porque la libertad no se proclama mientras se inmoviliza al otro.

“Que nada nos limite. Que nada nos defi na. Que nada nos sujete. Que la libertad sea nuestra propia sustancia.”
— Simone de Beauvoir


Escribo desde La Paz, pero también desde el cansancio. Desde ese agotamiento silencioso que no sale en conferencias de prensa ni en discursos sindicales. El cansancio del ciudadano común que despierta y no sabe si podrá llegar a su trabajo, del estudiante que camina kilómetros, del enfermo que ruega que el bloqueo se abra “solo un momento”. En nombre de causas mayores, la ciudad vuelve a ser inmovilizada por los bloqueos impulsados por la Central Obrera Boliviana. Y una vez más, quienes no deciden, pagan.


No escribo contra el derecho a la protesta. Sería deshonesto hacerlo en un país cuya historia se ha escrito, muchas veces, desde la calle. Pero sí escribo contra la naturalización del daño. El bloqueo ya no es una advertencia; es un castigo colectivo. No dialoga: presiona. No convence: paraliza. Y cuando la política se ejerce a costa del tiempo, la salud y la subsistencia de otros, algo se ha torcido profundamente.


Hay, por supuesto, mucho en juego. El debate sobre la exploración y explotación de reservas naturales no es menor. El Estado insiste en el discurso del desarrollo, de la necesidad económica, de la urgencia fi scal. Del otro lado, se levantan alertas legítimas: territorios vulnerables, ecosistemas frágiles, promesas de protección que se diluyen cuando aparecen los recursos. Allí, el confl icto es real y no admite simplifi caciones morales. Defender la naturaleza no es una pose; es una responsabilidad histórica. Pero tampoco puede convertirse en coartada para destruir la vida cotidiana de millones.


Lo que me incomoda —y me preocupa— es esta lógica perversa en la que la presión siempre cae sobre los mismos: el ciudadano de a pie. Ese que no explota reservas, no fi rma contratos, no defi ne políticas públicas. Ese que solo quiere circular, trabajar, vivir. El bloqueo no distingue culpables; reparte daño. Y cuando se convierte en práctica recurrente, deja de ser herramienta política para transformarse en rutina de violencia simbólica y material.


Hay algo más grave aún: estamos aceptando que la fuerza sustituya al debate. Que cerrar una ciudad sea más efi caz que argumentar. Que tensar cables y levantar barricadas sea más rápido que construir consensos. En ese camino, la democracia se vacía y la libertad se vuelve un eslogan hueco. Beauvoir hablaba de una libertad que es sustancia, no concesión. Hoy, en La Paz, la libertad parece depender de si un punto de bloqueo decide abrirse o no.


No se protege el futuro ambiental sacrifi cando el presente social. No se defi enden derechos laborales negando otros derechos fundamentales. No se construye justicia desde la inmovilidad forzada. Un país no puede avanzar si vive secuestrado por pulsos de presión que nadie regula y todos padecen.


Esta ciudad no necesita más épica del bloqueo. Necesita política en serio: diálogo, información transparente, decisiones responsables y protestas que no crucen la línea ética del daño indiscriminado. Porque cuando todo se justifi ca “por la causa”, terminamos olvidando a las personas concretas, de carne y hueso, que quedan atrapadas en medio.


Que nada nos limite, sí. Pero que tampoco nada nos excuse. Ni el poder, ni la protesta, ni las buenas intenciones. Porque la libertad no se proclama mientras se inmoviliza al otro. Se practica. Y hoy, en las calles bloqueadas de La Paz, esa es la libertad que más falta nos hace.

*La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360
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