Shhh
A una semana del inicio de clases en el hemisferio sur y a medio año escolar en el hemisferio norte, escribo este artículo y paso a explicar el porqué. Quienes trabajamos en el área de educación, tenemos un ángulo adicional para observar a los niños, como profesores desde luego, pero también como padres cuando lo somos. Y aunque pareciera que nunca podremos enterarnos exactamente de lo que viven nuestros alumnos, sí que vale la pena tomar tiempo para agudizar los oídos y abrir más los ojos. Una mirada, un gesto pueden decir mucho.
Hace una semana, una adolescente estaba inquieta en su silla e interrumpió la clase. Segundos antes, yo había escuchado a alguien murmurar. (Los adolescentes al susurrar en clase están firmemente convencidos de que sus decibelios son bajitos.) Su compañero había criticado su exposición diciéndole: “¡qué pésima tu presentación!, así bajito para que nadie escuche.
Recuerdo con fuertes dosis de tristeza, rabia e impotencia cuando en un colegio donde trabajé hace años, me convocaron para dar mi testimonio sobre un caso de acoso. Se explicó que el adolescente recibía palabras hirientes y burlas de parte de un grupo de cuatro compañeros quienes semanas después habían decidido acorralarlo en un pasillo durante el recreo. Incluso, habían aparecido por su casa. Seguramente, si los padres de los acosadores me leyeran dirían que la ciudad es de todos, ¡pero qué coincidencia!, ¿no? Seguramente, esos mismos padres proseguirían con su bla-bla-bla de que era un chiste o que la víctima era muy sensible. Por más que lo justo sea escuchar las dos versiones, estoy cada vez más convencida de que puede llegar a ser convincente la mentira cuando el agresor es un gran orador.
En clase trato de recordar a todos mis alumnos que hay que reír “con” el compañero, pero no “del” compañero. Ahí va la importancia de las preposiciones. Asimismo, les digo que si no es gracioso para uno, deja de ser gracioso y hay que parar.
Y así, con muchas ganas de aprender, con las tareas siempre hechas, con una libreta ejemplar, el acosado, que recuerdo llevaba lentes, tuvo que irse del colegio. Me quedé con mis clases y con esos cuatro, obligada a respirar un ambiente oloroso a acoso. Como todo tabú al que la sociedad le da la espalda, nunca se habló abierta y francamente. Parece que las jerarquías de las instituciones prefieren la tranquilidad que silencia y esconde los problemas.
La vida me llevó a trabajar en otro colegio y entendí que el acoso no se trata solo de adjetivos calificativos hacia el físico: la corpulencia, la estatura, el cabello, la voz, la ropa, los lentes, sino también la salud, la soltura o la timidez, por nombrar algunos ejemplos. En ese listado también estarían las notas. Tengo la impresión que al acosador le molesta tanto las buenas notas como las malas notas de su víctima. Si la víctima participa en clase le molesta, si no participa igual y si se equivoca está listo para burlarse y criticar. Desconozco el perfil de un acosador por falta de competencia en psicología, sociología y antropología, sin embargo, está claro que el acoso acaba lastimando tanto el cuerpo como la mente y el alma.
Me puse a pensar que aunque las palabras hieren, el silencio también. ¿A quién no le ha pasado ser ignorado por alguien? Pues, la indiferencia es un arma también, para grandes y para chicos. Supe de una alumna cuya supuesta amiga, había decidido dejar de hablarle de sopetón. Con adultos alrededor, sí le hablaba. Pedía perdón en papelitos y luego volvía a su planificada y desgarradora indiferencia. Puede ser banal para nosotros los adultos, pero definitivamente no lo es para nuestros alumnos. Otra adolescente me contó que en su colegio había un taller facultativo, pero la alumna encargada de transmitir la información a su curso decidió no avisarle. Más tarde una compañera le confesó lo que pasó. Por todo eso, considero que el acoso se expande en todas sus formas, la verbal y la no verbal a través de una gama de silencios cómplices tornándose un acoso sutil: “Shh, no le digan.” “Shh, no le hablen.”