2026-03-01

2 Veces por Siempre

Hay un momento en que la tristeza se transforma en exigencia. No se trata de politizar la muerte, sino de dignificarla.

Hay tragedias que no terminan cuando el humo se disipa. Permanecen en la historia por siempre. Se adhieren a la memoria colectiva como una cicatriz que no cierra. Bolivia vuelve a mirar el cielo con miedo, y el cielo —otra vez— le responde con dolor y sangre..

Más de veinte vidas apagadas no son un dato. Son historias truncadas, familias desmembradas, promesas que quedaron suspendidas en el aire. Cada accidente aéreo no solo destruye una aeronave: fractura la confianza pública, hiere la estabilidad institucional y desnuda las debilidades de un sistema que muchas veces funciona al límite.

La vida tiene esa forma cruel de cobrarnos el pasado. Nos recuerda de dónde venimos y nos obliga a enfrentar aquello que creíamos superado. Y en medio de esta nueva tragedia, inevitablemente aparece un apellido que ya había sido marcado por el dolor del cielo.

Rodrigo Paz Pereira

La historia parece repetir símbolos. Su padre, Jaime Paz Zamora, gobernó un país atravesado por tragedias y crisis profundas. Hoy, el hijo enfrenta otra Bolivia, distinta en contexto, pero igualmente frágil en sus estructuras. No se trata de responsabilizar nombres por el azar, sino de reconocer cómo el poder siempre queda expuesto cuando el dolor colectivo irrumpe.

Porque cuando un país pierde más de veinte ciudadanos en un accidente, el debate deja de ser anecdótico. Se convierte en una cuestión de Estado. ¿Hubo controles suficientes? ¿Se fiscalizó adecuadamente? ¿Existen protocolos de seguridad actualizados? ¿Quién asume la responsabilidad política?

El gobierno debe responder. No con discursos, sino con acciones concretas: investigación transparente, determinación técnica de causas, reparación económica a las víctimas y, sobre todo, reformas estructurales que impidan que el cielo boliviano vuelva a convertirse en escenario de duelo.

La tragedia no puede archivarse como un hecho aislado. Cada accidente revela fisuras institucionales. Y cada fisura ignorada prepara el terreno para una repetición. Eso es lo verdaderamente inquietante: la sensación de que el país aprende poco de su dolor.

Hay un momento en que la tristeza se transforma en exigencia. No se trata de politizar la muerte, sino de dignificarla. Un Estado que no protege a sus ciudadanos en lo más elemental —su vida— pierde legitimidad moral.

“2 veces por siempre” no es una metáfora casual. Es la sensación de que la historia golpea dos veces, que el pasado regresa con otro rostro, que el cielo repite su advertencia. Pero también puede ser una oportunidad: dos veces para aprender, dos veces para corregir, dos veces para demostrar que el dolor no fue inútil.

Bolivia no puede acostumbrarse a llorar. No puede normalizar el duelo. El país debe convertir esta tragedia en un punto de inflexión y no en una estadística más dentro de una gestión ya cargada de incertidumbre.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

Porque cuando la historia se repite, no siempre es destino. A veces es una omisión más.

Y la omisión también tiene responsables.

 

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