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Día Internacional de la Mujer: tres lideresas indígenas rompen el molde en las guardias indígenas dominadas por hombres
Ana Cristina Alvarado
(Este es un contenido original de Mongabay Latam)
Las mujeres indígenas en Latinoamérica han liderado la protección de sus territorios desde hace décadas y han logrado la conservación de bosques, como la peruana Olivia Bisa, y el retiro de concesiones mineras, como la ecuatoriana Alexandra Narváez. Sin embargo, todavía hay desigualdad para acceder a los espacios de participación. Por el Día Internacional de la Mujer, Mongabay Latam habló con tres lideresas que se unieron a las guardias indígenas de sus pueblos y están abriendo el camino para más mujeres.
“No tengan miedo, no necesitamos ser hombres para ocupar estos puestos”, dice Dalia Aragón, quien, a sus 36 años, se cansó de que esos espacios fueran solo para hombres. Se atrevió a postularse para ser parte de los Sacha Runa, Personas de la Selva, un grupo de defensores kichwa de la Amazonía de Ecuador. Ahora es la única warmi de esta agrupación, pero invita a que más mujeres se unan para que conozcan la biodiversidad de su territorio y puedan defenderlo de los intereses extractivistas que lo acechan.
María de Jesús no experimentó estas barreras. Las lideresas que vinieron antes que ella rompieron los techos de cristal e incentivaron la formación en derechos, especialmente de las mujeres. El mayor reto para la joven lideresa murui bue, de la Amazonía peruana, es que los y las jóvenes no abandonen la comunidad y se involucren en la protección de algo que es suyo. “Con tantos conflictos que tenemos, son las personas mayores las que salen a defender, los jóvenes muy poco, es una problemática social que tenemos”, asegura.
La guardia indígena del pueblo Zio Bain de Colombia tampoco se cierra a la participación de las mujeres. Sin embargo, esto no es suficiente para que haya representación equitativa. Brigitte Escobar Piaguaje es parte de este grupo desde hace cinco años y tras este periodo ha observado que no solo quienes patrullan el territorio lo protegen, sino también quienes cuidan de los defensores. El rol que tienen las mujeres como cuidadoras del hogar limita su participación y esto es algo en lo que la lideresa quiere trabajar para encontrar soluciones. “Hay que reconocer que esos mensajes son los más difíciles de tomar en cuenta”, señala.
A pesar de las barreras, estas tres mujeres hacen escuchar su voz en sus comunidades y llaman a que más mujeres se les unan. Las lideresas conversaron sobre los retos de ser parte de estas agrupaciones, pero también de las victorias que les animan a seguir adelante.
Ecuador: Dalia Aragón se convirtió en la primera mujer Sacha Runa
Cuando Dalia Aragón dijo en una asamblea comunitaria que quería ser parte de los Sacha Runa, inicialmente hubo rechazo. Este es el grupo de defensores del Pueblo Kichwa del Curaray (PAKIC), en el centro de la Amazonía ecuatoriana. Las mujeres de su comunidad la alentaron y otros miembros también apoyaron su postulación. “Me conocen y saben que soy una mujer fuerte y activa que está dispuesta a cualquier trabajo en territorio”, dice.
Así se convirtió en la primera mujer de este grupo de 15 personas. “Mi papel más importante es demostrar que las mujeres también somos aptas para eso”, asegura Aragón, quien además tiene cuatro hijos.
Los recorridos para vigilar el territorio y reportar amenazas de deforestación, caza y minería ilegal son demandantes. Caminan por varios días bajo sol o lluvia y conducen el peke peke –como es conocido un motor bastante ruidoso usado en las canoas– durante horas por el serpenteante río Curaray. Lo más duro llega cuando hay desperfectos en el motor. En esos casos, reman y palanquean la canoa a través de las constantes palizadas que arrastra el río y en ocasiones con el nivel del agua dificultosamente bajo.
Aragón ha demostrado ser capaz de esos desafíos físicos, pero al preparar el campamento para pasar la noche, tras las extenuantes jornadas, descubrió que los roles de género no se habían roto. En su primera salida, ella llegó, sirvió chicha a sus compañeros y cocinó la cena. Al segundo día, les tocaba a ellos, pero no supieron qué hacer. Así descubrió que antes de que ella se uniera al grupo, comían poco y regresaban con gran parte de los víveres a la comunidad.
“Los hombres no tienen la misma capacidad, se sienten raros, no saben lo que hace una mujer”, asegura. “Atender la casa, al marido y a los hijos es lo más duro”, añade sobre las responsabilidades que exclusivamente tienen las mujeres en algunas comunidades indígenas. La diferencia es que ellas también saben caminar el bosque y navegar los ríos que ahora Aragón protege junto a los Sacha Runa.
La defensora confirmó que las mujeres son capaces de todo, como le decía su padre desde que era una niña. “A mis 36 años reaccioné para decir que cortemos con todo esto, porque los hombres de hoy en día son machistas”, asegura. Su objetivo ahora es que más mujeres se unan a los Sacha Runa y descubran que pueden desempeñar roles fuera del hogar y asumir posiciones de liderazgo.
La defensora también se unió al grupo para asegurarse de que las siguientes generaciones reciban la herencia que sus ancestros dejaron: cerca de 200 000 hectáreas en una zona rica en biodiversidad que limita al norte con el Parque Nacional Yasuní. Los Sacha Runa ya han detenido dos intentos de minería ilegal y ahora se están capacitando para también documentar su biodiversidad y tener argumentos fuertes para detener el anuncio gubernamental de licitar sus tierras a empresas petroleras. “El territorio es la vida, para mí, para mis hijos y es nuestro futuro”, dice como reflexión final.
Perú: María de Jesús vigila el bosque que otros quieren fragmentar
María de Jesús tenía 12 años cuando comenzó a caminar por las trochas del Centro Arenal, una comunidad nativa murui bue en la Amazonía peruana. Cargaba su taper de comida hasta los puntos de monitoreo y escuchaba las historias que los líderes contaban sobre el territorio. Hoy, con 20 años, forma parte del equipo de monitores ambientales que se conformó para proteger su comunidad de invasiones, deforestación y un proyecto de carretera binacional que busca atravesar su territorio y llegar a Colombia.
“Con todo el proceso de búsqueda de consulta previa [para el proyecto vial], queríamos reivindicarnos en nuestro territorio”, dice la joven lideresa. Su comunidad conoció sobre el proyecto Bellavista-El Estrecho en 2015, tras un recorrido territorial. Hasta ahora no han conseguido que se realice una consulta plena.
Unas 40 personas conforman el equipo de monitores ambientales. Participan hombres, mujeres, jóvenes y niños. “No hay discriminación por edad ni género, somos un colectivo para defender”, asegura. Pero los espacios de participación no siempre estuvieron abiertos para las mujeres.
De Jesús era una bebé cuando el Centro Arenal eligió por primera vez a una mujer como jefa comunal. “Fue asombroso en sus tiempos porque todo lo hacían los hombres”, relata. A partir de este precedente, los miembros de la comunidad se han ido formando en derechos.
El camino de María hacia el liderazgo también fue abierto por su madre, quien llevaba a sus hijos a las asambleas. “Nosotros vivimos en territorio y debemos saber de eso”, dice hoy la joven lideresa, quien ha representado a su comunidad en encuentros nacionales e internacionales de pueblos indígenas.
El equipo hace monitoreos territoriales cada mes. A través del Sistema de Alerta Temprana, implementado por la Asociación Interétnica de Desarrollo de la Selva Peruana (AIDESEP), emiten informes sobre invasiones, deforestación y otras amenazas. AIDESEP hace denuncias ante las autoridades competentes, pero la comunidad no ha visto acciones concretas. “Los fiscales entran al territorio, ven la deforestación a gran escala y al final no hacen nada por supuesta falta de pruebas”, reclama De Jesús.
Esta comunidad asegura que la mayor amenaza es el proyecto vial, pues traerá pérdida de bosques y biodiversidad, además del tránsito diario de miles de vehículos que también generarán un impacto. “Estamos preocupados, no dormimos bien, nos trae problemas con las otras comunidades que quieren la carretera”, cuenta.
En el avance más reciente de su exigencia por ser consultados, conocieron que la consulta se hará, pero será relativa a aspectos de la ingeniería de la obra y no del impacto ambiental, que es lo que le interesa a la comunidad. Les preocupa la destrucción y contaminación de la selva y sus aguas, pero también la afectación a los sitios que consideran sagrados.
A pesar de ese escenario, asegura que la memoria de sus ancestros y la vida que hay en el territorio los mantiene firmes. De Jesús seguirá caminando por el bosque para protegerlo y llevando la historia de su comunidad a diferentes espacios para que se visibilice la gran presión que enfrentan. “Sin territorio, los pueblos originarios no existimos”, dice. Y concluye: “No quiero ni pensar que se ejecute el proyecto, nosotros decimos no a la carretera”.
Colombia: Brigitte Escobar busca que se reconozca la doble carga de las mujeres
Brigitte Escobar Piaguaje fue secretaria del pueblo Zio Bain, en el sur de la Amazonía colombiana, cuando tenía 17 años. Desde ese cargo empezó a participar de los encuentros que organizaba la guardia indígena Zio Bain Bos´ëcua Cuiracuayija, que significa Jóvenes Cuidadores del Territorio. “Hay un mensaje claro de defensa del territorio y cómo eso protege la vida misma y la identidad cultural”, dice sobre qué le motivó a unirse a la agrupación.
La guardia se conformó en 2013, cuando la empresa petrolera Amerisur de Colombia intentó entrar a las comunidades. Además, este pueblo indígena enfrenta uno de los contextos más difíciles de Colombia: deforestación para la ganadería extensiva y cultivos de coca, invasiones campesinas, presencia y contaminación de petroleras en los límites del pueblo y restricciones de movilidad impuestas por actores armados.
Los recorridos por la selva, que llegan a extenderse hasta por ocho días, han tenido resultados concretos. Uno de los mayores logros vino en 2018, cuando la Comisión Interamericana de Derechos Humanos otorgó medidas cautelares a favor de dos resguardos del pueblo Zio Bain por la violencia y el desplazamiento ocasionado por los actores armados, según denuncian, tanto regulares como irregulares.
“Cuando recorremos el territorio, se impulsan los procesos jurídicos”, dice Escobar Piaguaje. Explica que ante el intento de Amerisur Colombia obtuvieron también en 2018 una decisión judicial para que se restituyan las tierras ancestrales y se notifique a la empresa la negativa para operar en comunidades Zio Bain. Como parte de la restitución, cada tanto llegan autoridades del Juzgado, Procuraduría, Contraloría o Defensoría. “Recorremos el territorio en su compañía y mostramos cuáles han sido las afectaciones”, agrega.
Las mujeres sí pueden ser parte de este grupo, pero Escobar Piaguaje reconoce que todavía hay pocas. El mayor obstáculo es que todavía no se toma conciencia de que las mujeres indígenas cumplen con una responsabilidad comunitaria y familiar muy grande. “Quienes participamos de la guardia somos cuidadores visibles, pero las mujeres en casa nos cuidan y permiten que participemos”, señala.
Cuando los hombres que asisten a los recorridos por el territorio regresan, sus madres, abuelas, esposas o hermanas les preparan comida y lavan la ropa. Durante su ausencia, no se tienen que preocupar por el cuidado del hogar. No obstante, cuando las mujeres defensoras regresan a su casa, nadie las espera con comida lista ni ropa limpia. “La mujer hace un doble trabajo. Hay algunas que sí pueden asumir esa doble responsabilidad, pero para otras eso es un limitante”, reflexiona la joven lideresa de 22 años.
Pero no todo está dicho. Así como Aragón, uno de sus retos es que más mujeres se vinculen a la guardia indígena. Para eso sabe que hay que incentivar la participación directa, reducir las brechas de género y fortalecer los semilleros de guardias con niños y niñas. Para Escobar Piaguaje, este es un proceso colectivo en el que se debe seguir discutiendo sobre las dos formas de liderazgo. En sus palabras, “la mujer logra posicionarse desde la palabra dulce”.