El gobierno que perdió el control del relato
En política, el poder no solo se ejerce: se narra. Y cuando un gobierno pierde la capacidad de contar su propia historia, otros la cuentan por él, casi siempre en su contra. A seis meses de gestión, el gobierno de Rodrigo Paz enfrenta ese dilema: no solo pierde apoyo político, pierde algo más profundo y peligroso, el control del relato público.
Los hechos son conocidos, pero lo relevante no es su existencia, sino su interpretación pública. Las 31 maletas en Viru Viru, las cajas fuertes vacías vinculadas a Marset, los billetes de la serie B y la persistente crisis de la gasolina de mala calidad no han sido solo problemas de gestión. Han sido derrotas comunicacionales. Cada evento, ante la ausencia de una narrativa oficial sólida, fue apropiado por la oposición, amplificado en redes sociales y fijado en la opinión pública como evidencia de improvisación, descontrol o incompetencia.
Aquí aparece el primer consenso. El gobierno no controla la narrativa pública. Reacciona, no anticipa. Responde tarde, cuando el daño ya está hecho. Y en política, llegar tarde es perder. La comunicación gubernamental no puede ser un ejercicio defensivo. Debe ser un instrumento estratégico de construcción de sentido. Gobernar no es solo ejecutar políticas, es explicar por qué existen, para quién y hacia dónde conducen. Hoy, ese puente entre acción y significado está roto y debilitado.
Pero el problema es más profundo. La debilidad del relato refleja la inexistencia de una vocería coherente. El gobierno habla con muchas voces, pero no con un solo mensaje. Ministros que explican a medias, legisladores que se contradicen, voceros incapaces de instalar agenda. El resultado es ruido constante. Y el ruido, en política, se traduce en desconfianza ciudadana.
La comparación con el pasado es inevitable. Durante años, el Movimiento Al Socialismo construyó una maquinaria comunicacional disciplinada. Diputados, senadores, dirigentes sociales y medios afines repetían una línea discursiva clara, sin fisuras. No importaba si el mensaje era cuestionable; lo central era su coherencia. Esa capacidad no ha desaparecido. Se ha reconfigurado y hoy opera en contra del gobierno.
Rodrigo Paz, en cambio, gobierna en soledad comunicacional. No tiene un partido sólido que respalde su narrativa ni una estructura territorial que la reproduzca. Su coalición es débil, fragmentada, más electoral que política. Esa fragilidad institucional se traduce en fragilidad discursiva. No hay quien defienda, explique o sostenga. Y cuando alguien lo intenta, suele hacerlo con torpeza, generando más confusión que claridad adicional.
Esta orfandad política tiene consecuencias concretas. En ausencia de una voz oficial fuerte, emergen voces paralelas que ocupan el vacío. Líderes opositores, analistas, influencers e incluso actores internos del propio gobierno interpretan y construyen relato. El gobierno, mientras tanto, observa cómo su historia se escribe sin su participación activa.
Las crisis recientes han evidenciado este patrón. El problema de la gasolina no solo afectó a vehículos; golpeó la credibilidad del Estado. Primero se negó, luego se relativizó y finalmente se admitió parcialmente. Esa secuencia no es técnica, es comunicacional. Y transmite un mensaje devastador: el gobierno no sabe, o no quiere decir, la verdad completa.
Lo mismo ocurre con los subsidios. Se habla de sostenibilidad fiscal, pero no se explica el costo político ni el impacto social. Se anuncian ajustes sin construir legitimidad. En un país donde el Estado ha sido presentado durante décadas como garante del bienestar, cualquier reforma sin narrativa es percibida como traición, no como necesidad.
Aquí aparece la batalla por el sentido. Durante años se consolidó la idea de un Estado protector y omnipresente. Desmontarla no es solo un desafío económico, sino comunicacional: exige pedagogía, coherencia y tiempo, tres elementos hoy escasos. La debilidad política lo agrava. Sin partido sólido, bancada disciplinada ni articulación territorial, el gobierno carece de canales para amplificar su mensaje. Sin ese soporte, la comunicación deja de ser estratégica y se vuelve un esfuerzo aislado, frágil y con escasa capacidad de impacto real.
Mientras tanto, la oposición, fragmentada pero activa, ha encontrado en esta debilidad una oportunidad. No necesariamente para proponer una alternativa, sino para erosionar al gobierno. La crítica constante, la amplificación de errores y la instalación de sospechas forman parte de una dinámica que busca acortar el ciclo político del actual mandato. En ese escenario, la comunicación deja de ser un complemento y se convierte en el principal campo de batalla político.
El problema es que el gobierno parece no haber asumido esa lógica. Sigue comunicando como si estuviera en campaña, con espontaneidad digital y mensajes fragmentados, cuando lo que necesita es una arquitectura estratégica, profesional y coherente. La creación de una unidad de comunicación estratégica apunta en esa dirección, pero llega tarde y con limitaciones evidentes. Sin recursos, sin liderazgo claro y sin integración política, corre el riesgo de convertirse en una estructura más, no en una solución.
Al final, la pregunta es simple pero incómoda. ¿Puede un gobierno sostenerse sin relato? La respuesta, en la historia política reciente, es negativa. Los gobiernos no caen solo por errores de gestión. Caen cuando pierden la capacidad de explicar lo que hacen y por qué lo hacen. Cuando la ciudadanía deja de entender, deja de confiar. Y cuando deja de confiar, deja de sostener.
Rodrigo Paz aún está a tiempo de corregir. Pero el margen se reduce. Necesita reconstruir su narrativa, ordenar su vocería, articular su coalición y, sobre todo, entender que gobernar es, en esencia, construir sentido. Porque en política, quien no cuenta su historia, termina siendo personaje secundario en la historia que otros escriben. Y ese, casi siempre, es el principio del final.
* La opinión expresada en este artículo es de responsabilidad exclusiva del autor y no representa una posición oficial de Visión 360