2026-05-02

Contra viento y marea

Kory paití, Kory paitá: El Ayacucho está acá

El Ayacucho está acá y las calles paceñas, desde hace dos siglos, son testigos del civismo que hoy, con un alumnado mixto, exponen en cada fecha conmemorativa.

Resultan no siempre convincentes las traducciones del aimara al español y, a no ser que provengan de eximios lingüistas, ciertas expresiones convertidas a nuestro principal idioma oficial no gozan de absoluto consenso. Pero “oro por aquí, oro por allá, el Ayacucho está acá”, parece justificarse no solamente por la rima entre la lengua nativa y la importada para resaltar el valor de una de las instituciones más notables del país, sino para destacar el prestigio que, con el paso de los siglos, ha alcanzado el icónico colegio “Ayacucho”.

Fundado mediante Decreto Supremo el 11 de diciembre de 1825, apenas cuatro meses después de la creación de la República Bolívar, el Colegio Nacional San Simón de Ayacucho —que debe su nombre al Libertador y, por supuesto, a la batalla de Ayacucho, uno de los hechos más sobresalientes que antecedieron a la nueva república— inició sus actividades el 27 de abril de 1826.

Son 200 años de existencia de uno de los pilares de la identidad paceña y un reflejo vivo de la historia de Bolivia. Se estableció en lo que fue el claustro de los sacerdotes dominicos, en la emblemática calle Yanacocha de esta ciudad, habiendo compartido sus aulas en sus inicios con la Universidad Mayor de San Andrés por casi un siglo.

¡Quién no conoce o sabe de la característica combativa de los estudiantes del Ayacucho! Solo por lograr su ingreso, todo alumno se contagia del espíritu aguerrido y, en ocasiones, beligerante; cuando desde su formación rígida asumen conciencia —de acuerdo al tiempo que les toca vivir— de que los intereses nacionales están en peligro. Es entonces hora de poner de relieve el valor áureo de quienes han bebido de la savia embriagadora del alma que hace del más antiguo colegio de La Paz la institución educativa más emblemática del país.

Aquella tradición contenciosa del ayacuchense permitió que, en el evento más sangriento de la historia latinoamericana, se conformara el Batallón Illimani para la defensa de nuestro territorio en la Guerra del Chaco. Así fue: partieron desde los patios del establecimiento, y sin mayores solemnidades, hasta las arenas del conflicto. Pero mucho antes, en 1879, fueron parte del Batallón “Colorados de Bolivia”, cuyo desempeño heroico en la Guerra del Pacífico los inmortalizó por su valentía y compromiso con la heredad nacional.

Pero el Colegio Nacional San Simón de Ayacucho no fue solo un semillero de héroes, sino que, como ninguna otra institución educativa en cualquiera de sus niveles, fue cuna de expresidentes como José Ballivián, vencedor de la batalla de Ingavi; José Manuel Pando, héroe de la guerra del Acre; Bautista Saavedra, el revolucionario; del presidente educador Ismael Montes; de Gualberto Villarroel y de varios otros hombres que dirigieron el país.

Por sus aulas también pasaron genios de la estatura de Franz Tamayo, máximo referente de la literatura boliviana, o la inmarcesible figura de Arturo Borda, aquel pintor y escritor vanguardista que dio lustre a la plástica de nuestro país. Y tenían que ser ayacuchenses los que fundaron la institución deportiva con más historia de Bolivia: The Strongest. Mentes frescas, en 1908, la pensaron para derribar campeones. No fueron otros: fueron del Ayacucho.

Esos son algunos de los laureles —y no infructuosos oropeles— que han conservado incontables generaciones; las mismas que, con base en la formación sólida del glorioso colegio, alcanzaron el privilegio de continuar estudios superiores, como mi padre. Generaciones que, como en la Guerra del Gas en la alborada del siglo, contribuyeron decisivamente (con excesos de por medio) a la caída de un gobierno que ya no respondía a las expectativas del pueblo. Esa rebeldía de cada ayacuchense se prolonga por el resto de su vida, manteniendo un talante de forjadores de la resistencia contra gobiernos autoritarios.

El Ayacucho está acá y las calles paceñas, desde hace dos siglos, son testigos del civismo que hoy, con un alumnado mixto, exponen en cada fecha conmemorativa. Nunca olvidan el símbolo de fuerza y desafío, como aquel 1871 en que se levantaron contra la tiranía de Mariano Melgarejo.

En sus aulas no solo se aprende historia: la historia se genera en sus educandos. El colgamiento de uno de sus exalumnos, Gualberto Villarroel —de quien tuvieron la capacidad de ver la otra cara de su figura—, fue una de sus mayores participaciones en la vida política del siglo XX, marcando un antes y un después en la política de masas en la ciudad de La Paz.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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