Consociativismo en situaciones de crisis
El consociativismo es un proceso opuesto al de la confrontación porque se refiere a la capacidad democrática de la deliberación para la reconciliación, la superación de la fragmentación social, la priorización de formas de acuerdo y entendimiento por sobre el conflicto y la inauguración de bases para emprendimientos conjuntos que se construyen paso a paso, en función de horizontes compartidos velando el bien común.
De la confrontación al encuentro
En sociedades polarizadas como la nuestra, los sistemas políticos tienden a la confrontación, asumiendo cada movimiento como el definitivo, jugando a estrategias de opciones finales, con planteamientos maximalistas, totalitaristas, desgastantes, irreconciliables, del todo o nada, donde el otro no es visto sólo como distinto, o como contrincante, sino como el enemigo al que hay que combatir, derrotar, anular y, si fuera necesario, destruir.
La realidad social en situaciones de crisis abunda en argumentos para la confrontación con resultados que pueden ser catastróficos. Pero los mismos latidos de la crisis contienen también atisbos de alternativas que se avizoran y se amasan vía el diálogo. Cuando el conflicto tiende a resolverse por la vía del encuentro, estamos en el camino del consociativismo, que se entiende como el emprendimiento de acciones de reconciliación desde la fragmentación social, en un proceso construido a través de un sistema de alteridades y reciprocidades, como encuentro entre distintos, donde el orden político está fundado en una cultura deliberativa.
Es una visión subvertora-conspirativa de las polarizaciones confrontativas, lo que le concede una naturaleza deliberativa basada en el encuentro, los intercambios, el diálogo argumentado y la búsqueda de pactos éticos, organizacionales y legales, en complejos procesos de incertidumbre que tienen rondando en el ambiente el fantasma de la división, la ruptura y la confrontación con o sin violencia.
Es un esquema o espacio de reconstrucción de los proyectos, de los sujetos y de las disputas por el poder, combinando el clivaje dominación/resistencia con el de (des)encuentro/consensos. Se estructura bajo la forma de un sistema político compuesto por un conjunto de elementos relacionados, como la interacción Estado – Sociedad en acciones comunes. Es un espacio donde además de las relaciones de fuerza entre los polos distintos, ocurren dinámicas de intercomunicación fluida y compleja, con la política operando como un sistema de expectativas y de reconocimientos, donde los procedimientos son formas comunicativas que establecen normas de reciprocidad, porque el diálogo no está determinado por mensajes predeterminados, sino que se guía por lo (im)posible, por la utopía que le da sentido a los horizontes y a la acción política posible y progresiva, socialmente incluyente, donde la deliberación es la vía del mutuo reconocimiento.
El camino es el diálogo
El consociativismo va a permitir el tránsito del ruido al mensaje, o la superación de los desórdenes que se producen en el proceso de circulación de un mensaje por las interferencias que impiden llegar con fidelidad hasta el receptor, esto ocurre por ejemplo en eventos en los que los gritos y las silbatinas desencajan los ambientes, provocando como reacción otras entonaciones que buscan acallarlas, y con las que al conjugarse hacen una sinfonía de ruido estridente que deja al mensaje encapsulado en segundo plano, provocando que las interferencias bochornosas y caóticas se convierten en el mensaje que los medios recogen en sus informaciones, los analistas en sus interpretaciones y la población en sus percepciones.
Consociativismo es rehacer el sentido del mensaje a partir de los intercambios que produce el diálogo y que equilibran las lecturas y posiciones en situaciones complejas, ganándose nueva energía. Se trata de superar ambientes donde a título de tolerancia, en lugar de reflexionar sobre los acumulados históricos que separan, se los calla y se los deja crecer negando el ejercicio de la reconciliación a cambio de naturalizar la diferencia. Se trata de reconocer que en los ejercicios de diálogo, más allá de la superficie de las palabras iniciales que sobredimensionan el valor del encuentro y de los acuerdos, en sus interiores laten los polos que exhuman conflicto. Hay que pasar de la palabra bonita a la visibilización de las diferencias, dejando que emerjan, porque de su identificación va a nacer la nueva energía que implica otro modelo de encuentro, más relacional, con debates argumentados a contracorriente de ideas desestabilizadoras, o autoritarias. Cambia la dirección del conflicto porque no se dirige a profundizarlo, sino a generar encuentros sin negar las tensiones diferenciadoras que son reflejos de ideologías encontradas.
A veces los resultados son, parecen ser, modestos. A propósito de esto, un experto en negociación de conflictos nos contó que en un encuentro con fuertes tensiones, a lo máximo que se pudo llegar es a que los participantes intercambien sus números telefónicos. Mientras que, en otra ocasión, en un ambiente grato, se concluyó en la necesidad de transformar el país, sus leyes, sus costumbres, sus (in)gobernanzas. Remarcando que los alcances del diálogo son cada uno útiles a sus condiciones históricas, porque su máxima ganancia es su capacidad de generar procesos de encuentro y de comunicación con voluntades compartidas, para el experto resultó más útil el intercambio de números telefónicos porque posibilitó fluidos intercambios, mientras que el documento con grandes postulados altruistas, al no tener caminos definidos, quedó nadando en el mundo de las buenas intenciones.
Consociativismo, aunque parezca contradictorio con lo anterior, en situaciones de extrema polaridad e intolerancia que tienen una sociedad al borde de la violencia, es también priorizar concertadamente los acuerdos y postergar el tratamiento de las diferencias, sin negarlos. Esto es explicable en el hecho que se trata de virar no sólo el discurso, sino principalmente la acción política dando pausas para acordar nuevas acciones conciliatorias. En estas situaciones la cultura del diálogo prioriza la resolución pacífica de conflictos, activando la capacidad de escuchar y la voluntad de respeto al otro, para dinamizar encuentros con alteridades, o si se quiere, sociedades con causas compartidas tejidas desde las diferencias con el compromiso de superarlas.
Consociativismo es diálogo para reducir la dimensión emocional que algunos medios de comunicación y, especialmente redes sociodigitales, le dan a la información convirtiendo la noticia en espectáculo con estilos comunicacionales que junto con el abuso de los fake news, el sensacionalismo, la primicia informativa, la tiranía del rating, los haters, y la banalización y espectacularización de la vida, estructuran una pandemia informativa. En esta, y cualquier situación, es vital recuperar los fundamentos periodísticos de la ética y la responsabilidad, provocando un acercamiento más racional a la realidad con un paradigma de la responsabilidad para generar respuestas constructivas.
El consociativismo implica el tránsito de la retórica generalista o del sermón sobre la unidad, al abordaje del hecho concreto, el que divide, para que en su superación se transite de la promesa verbal altruista a la acción que la refrenda. La comunicación y el diálogo no consisten sólo en el intercambio de la palabra, sino y especialmente, en las interacciones o la construcción de prácticas sociales. En este sentido, es menester superar el “duálogo” o la exposición de mensajes uno tras otro, por turno, e implementar procesos de diálogo que empiezan siempre escuchando, para continuar con el intercambio de propuestas argumentadas, mediante procesos de puesta en común de sentidos de sociedad, para seguir construyendo, conjuntamente, nuevos y renovadores sentidos de sociedad.
Consociativismo es pacto por la democracia
Consociativismo es la construcción de pactos valorando los intercambios de propuestas, la ampliación de los espacios de participación, el reconocimiento de las otredades, el rechazo a toda forma de autoritarismo y de violencia, así como la definición de metas básicas comunes, siguiendo un camino de superación de la lógica de la fragmentación y de la imposición, para legitimar el acuerdo y el consenso, recuperando una comprensión de la política como un sistema de expectativas y de reconocimientos recíprocos donde los procedimientos aparecen como formas comunicativas que establecen normas de reciprocidad. El pacto, dice Fernando Calderón, “implica interacción y reconocimiento del otro, pero un reconocimiento que conlleva reconocer la libertad del otro”. Es así que el diálogo podrá ser entendido como el arte de lo mejor posible, haciéndose cargo de la pluralidad con horizontes y recorridos comunes.
Con el consociativismo las demandas y exigibilidades ciudadanas incursionan en el campo político, enriqueciéndolo desde el espacio de la micropolítica con sus reivindicaciones locales, sectoriales e inmediatas que se conjugan con las propuestas estructurales. Estas incorporaciones definen que la política en la clarificación de sus horizontes, convierte el futuro en las luchas del presente y en la sistematización actuante de la memoria con proyección histórica. Así, el tiempo político se convierte en un laberinto que se complejiza con caminos posibles en el contexto de un mundo globalizado, hiperconectado, supra-acelerado, multipolar y multidimensional.
El consociativismo es el espacio de encuentro entre disposiciones subjetivas construidas a partir de la historia de vida de los sujetos, al mismo tiempo que es el encuentro con disputas de las ideologías. Desde las individualidades y desde las colectividades, es la opción concertada por decisiones político-ideológicas en un contexto dado, es la apropiación discursiva de sentidos y proyectos de sociedad, y es, en definitiva, la construcción conjunta de proyectos de sociedad en el marco ineludible de pugnas por el poder.
Consociativismo es saber procesar las tensiones, porque en la sociedad de la incomunicación el desorden es su forma de conducta, la confusión su escenario, el caos su cotidianeidad política, la división su herramienta, el ensimismamiento su identidad, la imposición su narrativa y la entropía su forma de vida. Esto en los términos tradicionales de la entropía equivaldría a la parte de la energía que se derrocha porque no sirve para producir, sino para diseñar un círculo vicioso de confrontaciones. En la vida política las provocaciones generan más provocaciones, las protestas sin propuestas parapetan posiciones, y las propuestas sin consensos generan desconfianzas, haciendo irreconciliables a dos polos que se quitan energía entre ellos y, lo que es más preocupante, le restan vitalidad a la democracia y a las causas comunes.
Consociativismo es también el tejido de relacionalidades para superar la entropía comunicacional donde las narrativas se llenan de elementos perturbadores que degradan el valor y los sentidos del discurso. Cuando esto ocurre, se producen aislamientos que se materializan en soledades de cada sujeto fortaleciendo sus propios territorios discursivos y sus zonas de confort, mientras contribuyen así a debilitar el tejido social porque en lugar de tender lazos que aporten a hilvanar las partes, las polarizan.
Esta forma de incomunicación se engrosa con la publicidad que pretende hacer creer que las propuestas se posicionan saturando el ambiente de mensajes que circulan en un solo sentido por redes y/o medios. Son fórmulas que crean una ilusión de comunicación, porque se vacilan en autoengaños que refuerzan la autoestima triunfalista del emisor y sus iguales, pretendiendo generar empatías mirando el mundo desde el ombligo. La unidireccionalidad y la quietud de flujos discursivos son incomunicación que no dialoga, no provoca posicionamientos que encandilan, por el contrario, alimentan desconocimientos, fatigas, fobias, distorsiones y rechazos que amplían las brechas que separan y amamantan las divergencias y el propio conflicto. Esto vale tanto para los oficialismos como para las oposiciones. La comunicación es siempre cuestión de dos o más en diálogo constituyendo sentidos de sociedad y la comunicación política son siempre batallas simbólicas por formas de poder.
Resumiendo lo escrito, digamos que diálogo, pacto y convivencialidad son sinónimo de convivencia con alteridad y no de homogeneidad. Consociativismo es la capacidad de procesar, simbólicamente y en las prácticas sociales, las exigibilidades de derechos, las reivindicaciones de demandas, las propuestas de leyes y de políticas, y los grandes desafíos estructurales en el marco de la deliberación, por más distintas y encontradas que sean las posiciones. La protesta es un derecho y una forma de comunicación, así como la propuesta es un deber y un dinamizador de intercambios discursivos. Hay que saber canalizarlos en otro sistema de relaciones, donde la intolerancia dé paso a la puesta en común de ideas, ideologías, imaginarios, realidades, logros, demandas, propuestas, prácticas sociales, frustraciones y esperanzas, porque la incomunicación es a la sociedad lo que la depredación es a la naturaleza.