sábado 9 de mayo de 2026

Contra viento y marea

Paz Pereira: Un gobierno con cuerpo propio y cabeza prestada

La política boliviana es experta en fabricar ilusiones, pero el gobierno de Paz ha roto un récord de velocidad en el desgaste de su capital político.

Todavía rondan en mi memoria los encendidos discursos del hoy presidente del Estado durante su campaña electoral. Me refiero, más que a la exposición de un programa, a unos cuatro o cinco slogans: “El cambio tiene que ser desde el primer día, carajo”, “Vamos a nacionalizar los autos chutos” o “No hay necesidad de prestarse plata”. Palabras más o menos, fueron los clichés de una estrategia inteligentísima que, al final, poco tenía que perder, pero, si se producía un “milagro”, mucho que ganar. Y es que, para la administración Paz, entre la expectativa y la realidad se ha interpuesto un abismo, que es el precio de haber sido el candidato de un partido sin militancia y un perfil del propio aspirante a la primera magistratura sin ninguna chance, a no ser por el carisma que por entonces irradiaba su acompañante de fórmula. De hecho, el gobierno actual es un “Frankenstein” político. Ganó con un discurso propio, pero con un equipo (el de Doria Medina) ajeno, cuyas contradicciones, que resultan de la ininteligente combinación, dan como saldo que el país, salvo secundarias políticas, no haya cambiado.

El presidente Paz, en un primer anillo, está rodeado de un equipo que se colgó de él una vez que estuvo habilitado para la segunda vuelta, por demás bienvenido para quien no tenía programa económico, precedido además de los más elogiosos antecedentes técnicos de que, a estas alturas, la ciudadanía ya tiene sus serias dudas, en tanto que de lo que tiene certeza es de la nula capacidad administrativa de la cosa pública, vistas la persistencia de problemas como el contrabando, la corrupción, la inflación y, excepto la libertad de expresión, todas las fatalidades de los últimos veinte años. Los técnicos pueden ser brillantes en la teoría, pero al carecer de olfato político, lo que se está haciendo es tomar medidas estándar que no conectan con la urgencia social, lo que explica por qué no se logra frenar el descontento ni estabilizar el dólar. La realidad económica ha desnudado la demagogia de campaña. La "soberanía financiera" que prometió Paz Pereira se ha convertido en una desesperada peregrinación por créditos internacionales. ¿Ignorancia técnica o engaño deliberado?

El ciudadano de instrucción media para arriba, se siente estafado, no porque el crédito sea malo per se, sino porque le dijeron que no era necesario. De una ingenua autosuficiencia pregonada, pasamos a la ventanilla del FMI. Se ha roto el idilio inicial entre el gobierno de políticas importadas de otras opciones ideológicas y la gente que también con candidez cayó en las promesas huecas. A esa cadena de desaciertos, se añade una estructura de mandos medios heredada de los regímenes masistas, que los “calificados técnicos pero pésimos administradores” son incapaces de desarticular.

El cambio solo fue estético; la inercia de seis meses hizo que el cambio se quedara en el discurso. Bolivia no tiene tiempo para que sus ministros “estrellas” aprendan a ser burócratas mientras el dólar se escapa y la calle arde. La ecuación de una traición a la palabra empeñada y la falta de preparación, es igual a la imagen de un gobierno que no solo no sabe qué hacer, sino que está haciendo exactamente lo que juró no hacer.

La tecnocracia importada obliga al gobierno a gobernar sin plan, o más bien a que el parche sea su plan. Y para volver a lo dicho: un técnico no es necesariamente un político, pero hay áreas en la administración de Estado que obligan a ser desempeñadas por políticos y, mejor, si son técnicos. Estos ministros saben de planillas, pero no de la realidad de la calle. Están tratando de ejecutar un plan que no fue por el que el pueblo votó, lo que genera un cortocircuito entre el gabinete y la base social. Y el problema no es solo su procedencia, sino su naturaleza: son expertos académicos, pero malos administradores de la cosa pública. Han demostrado ser burócratas que desconocen de sagacidad política, tan necesaria para mover la pesada maquinaria del Estado.

La política boliviana es experta en fabricar ilusiones, pero el gobierno de Paz ha roto un récord de velocidad en el desgaste de su capital político. La promesa de campaña fue clara: un cambio estructural "desde el primer día". Sin embargo, tras los primeros días de show, lo que el ciudadano percibe no es una transformación, sino una parálisis adornada con excusas. El idilio se ha roto no por falta de tiempo, sino por una ausencia de identidad que hoy le pasa factura al país que votó por una salida propia. Si en seis meses no se ha logrado ni normalizar la moneda ni depurar la administración, el riesgo es que este gobierno pase a la historia no como el del cambio, sino como el de la oportunidad perdida.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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