La Tribuna
El fusible más fácil de reemplazar
Apenas cuatro meses. Y el fútbol boliviano ya consumió trece técnicos. Trece. Una cifra que no solamente retrata la impaciencia de nuestra dirigencia, sino también una vieja costumbre nacional: creer que cambiando al entrenador se solucionan problemas mucho más profundos.
El director técnico termina siendo el fusible más fácil de reemplazar.
Pierde dos partidos y empiezan las dudas. Pierde tres y aparecen las reuniones “de emergencia”. Pierde cuatro y la sentencia ya está escrita antes del pitazo final. En Bolivia, muchos procesos duran menos que una pretemporada. Y así es imposible construir identidad, funcionamiento o estabilidad.
Porque el problema no siempre está en el banco.
A veces está en la estructura de un club que improvisa más de lo que planifica. En dirigencias que arman planteles sin coherencia, contratando nombres por presión externa o por entusiasmo momentáneo, sin pensar si encajan en una idea futbolística. Equipos que cambian de proyecto cada seis meses y después se sorprenden cuando no encuentran resultados.
Otras veces el problema está más arriba todavía: economías débiles, instituciones endeudadas, divisiones inferiores abandonadas, falta de infraestructura, poca paciencia y demasiada ansiedad. Se exige rendimiento europeo con realidades profundamente precarias.
Y también hay momentos en los que la responsabilidad está dentro de la cancha.
Porque sería injusto cargar todo sobre el entrenador cuando algunos futbolistas entran a la cancha sin rebeldía, sin compromiso o sin la capacidad de sostener mentalmente los malos momentos. Hay equipos que cambian técnico, sistema y discurso… pero mantienen la misma apatía. Y entonces el problema claramente no era la pizarra.
El fútbol boliviano vive atrapado en la cultura de la reacción inmediata. Todo debe resolverse ya. El dirigente necesita calmar al hincha, el hincha exige culpables y el entrenador termina pagando una factura colectiva.
Claro que existen técnicos que fracasan. Claro que hay errores tácticos, malas lecturas y decisiones equivocadas. Nadie pretende absolver a todos. Pero trece cambios en cuatro meses no hablan solamente de malos entrenadores. Hablan de un sistema inestable.
Los clubes más sólidos del mundo entendieron hace tiempo que los proyectos necesitan tiempo, respaldo y coherencia. Que un estilo de juego no aparece de un día para otro. Que un joven no madura en tres partidos. Que un equipo necesita atravesar tormentas para crecer.
Aquí, en cambio, seguimos creyendo en soluciones mágicas.
Y mientras el fútbol boliviano continúe cambiando técnicos como quien cambia de camisa, seguiremos girando en círculos. Porque despedir al entrenador puede modificar el ánimo durante una semana, pero no corrige una mala estructura, no ordena una dirigencia y tampoco transforma automáticamente la actitud de un plantel.
El verdadero desafío no es encontrar al próximo técnico.
El verdadero desafío es construir clubes que no dependan exclusivamente de él.