2026-06-01

Puntos de fuga

Arquitectos y mecenas, capataces y mercenarios

Sin importar la escala del proyecto, por el bien de nuestras ciudades y sociedades, busquemos que fluya tinta espesa, no agua turbia ni lodo.

Sin asomo de reflexión, muchos padres afirman que su hijo tiene pasta de arquitecto solo porque lo vieron pintar un abstracto o armar con legos una casa que, ante sus indulgentes ojos, es una obra de arte. Con esa idea, cuando menos cuestionable, lo inducen a estudiar arquitectura y, tras insuficientes cinco años de estudio, el infeliz termina traduciendo su pobre formación en construcciones mediocres y atentatorias contra el paisaje urbano y la vida de los habitantes. Pero sus padres, con más años y menos luces, lo aplauden como focas de circo.

También la sociedad etiqueta sin criterio: afirma que un titulado con mención de excelencia —nada más engañoso—, que dibuja perspectivas correctas, hace maquetas pulcras o renders hiperrealistas, es un buen arquitecto. O aquel que trabaja bajo el sol, con casco y botas con punta metálica, y demuestra talento para carajear a los albañiles. Es un error. Quizás sea un buen capataz, pero no es necesariamente un buen arquitecto. Cometemos la misma confusión al creer que vomitar insultos en las redes o gritar opiniones en TikTok es señal inequívoca de que alguien tiene madera de político. No es así. Ese tipo es lo que los argentinos llamarían un gran puteador, pero nada más. Mejor mandarlo a una tribuna del estadio antes que al parlamento.

A pocos meses de cumplir cuarenta años, y tras diecisiete años de ejercicio profesional, me parece importante reflexionar sobre la arquitectura: su importancia real, sus riesgos, su impacto. Una conclusión de base es que la historia, la sociología, la política, la literatura e incluso el cine y la música son fundamentales en la formación de un arquitecto. Conocimientos que se funden con la tinta de su pluma y la hacen más densa e indeleble. La antítesis resulta desalentadora, por decir poco: un sujeto liviano, con aliento a chicle y alma de plástico, dominado por su laptop y con la idea de que la ciudad es un patio de juegos y la trascendencia una palabra aburrida, propia de viejos que aún creen en algo.  

Bajo amenaza de horca, ningún arquitecto debería construir sin antes definir el impacto de su proyecto en la sociedad, la ciudad y el medio ambiente. Antes de dibujar planos hay un enorme trabajo de investigación y planificación que en el primer mundo se realiza con rigor. Pero claro, en Cocha-York y en Bolivia no actuamos así. ¿Los culpables? Nuestro dudoso nivel profesional y ético, las normativas municipales genéricas —collages importados de internet— y la pobre planificación urbana de las alcaldías, donde funcionarios corruptos aprueban cualquier mamarracho a cambio de lo que los caribeños llaman, con ironía, mermelada. Además, con el aval de las honorables autoridades  —que acumulan cuantioso patrimonio mediante el negociado inmobiliario— arrasamos con los pocos edificios que deberían conservarse, urbanizamos áreas verdes y alentamos el chaqueo. Una pena. El urbicidio debería estar tipificado en el código penal, con castigos medievales.

En países desarrollados, los estudios de arquitectura buscan que un edificio tenga una vida útil de al menos cincuenta años. Que funcione para sus habitantes: superficies y alturas mínimas para el confort, iluminación y ventilación natural, instalaciones eficientes y acondicionamiento acústico. Que funcione para su barrio: consumo racional de agua y energía, gestión de residuos, incidencia en la temperatura e impacto en el paisaje —incluso, cuando el contexto es favorable, dejan libre la planta baja con mobiliario urbano dispuesto para el uso común—. Y que funcione para el medio ambiente: materiales de bajo impacto como madera de ingeniería, revestimientos que evitan el uso de pintura, vidrios con propiedades térmicas y acústicas, estructuras metálicas, terrazas ajardinadas, reciclaje de agua y paneles solares.

Por otro lado, el financiador de un proyecto arquitectónico es un personaje fundamental en el desarrollo de una ciudad. Sin saberlo, puede ser un mecenas o un mercenario. Está propiciando lo que puede ser una obra de arte o un bodrio. Es una inversión delicadísima, porque su obra no se exhibirá solo en su sala —junto al piano, el arpa y la cebra disecada—, sino en la ciudad, a la vista de todos, durante décadas. En países desarrollados, esto se asume con responsabilidad. Los inversores-mecenas tienen buena formación y valoran la trascendencia. Pero en Bolivia, salvo excepciones, sucede lo contrario: los inversores son mercenarios del urbanismo, la arquitectura y el interiorismo. Enemigos de la sobriedad, del buen gusto, de la naturaleza y hasta del ser humano. Cuanto más dinero tienen, más peligrosos son.  

Ahora, cubierta casi toda la tierra, llega la era de la remodelación, que consiste en dar nueva vida a lo construido. El reto puede ser emocionante: corregir los crasos errores y restaurar lo que estaba bien. Pero para lograrlo con calidad, es indispensable jerarquizar nuestra devaluada profesión. Los arquitectos debemos hacer un esfuerzo en formarnos de manera integral y cívica. Nutrirnos de cultura y pensamiento crítico. Si no, ¿qué contenido fluirá de nuestra pluma, que viene a ser la extensión de nuestro pensamiento? Sin importar la escala del proyecto, por el bien de nuestras ciudades y sociedades, busquemos que fluya tinta espesa, no agua turbia ni lodo.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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