2026-06-07

Mientras Bolivia arde, otros calculan

La verdadera batalla no se libra en las carreteras ni en los discursos. Se desarrolla en un tablero más complejo, donde cada jugador evalúa riesgos y espera errores ajenos.

Bolivia lleva semanas atrapada en una espiral de bloqueos, confrontación y desgaste económico. Las pérdidas ya superan los 2.100 millones de dólares y doce personas han perdido la vida en un conflicto que parece no encontrar salida. Sin embargo, el error más común es creer que la crisis se limita a las carreteras cortadas, al desabastecimiento o a las interminables filas por combustible. Lo que hoy ocurre en el país es mucho más profundo. Detrás del ruido visible se desarrolla una silenciosa disputa por el poder y por el control del próximo ciclo político.

La Bolivia que aparece en los titulares es apenas una parte de la historia. Existe otra que se mueve lejos de las cámaras, en reuniones reservadas, cálculos electorales y negociaciones discretas. Allí se define quién administrará la etapa más difícil que enfrentará el país desde el agotamiento del modelo económico construido durante las últimas dos décadas.

Los conflictos actuales son el síntoma de una enfermedad más profunda. Durante años, la economía boliviana se sostuvo gracias a los ingresos extraordinarios generados por el gas natural. Esa renta permitió financiar subsidios, expandir el gasto público y sostener un aparato estatal cada vez más grande. Pero la realidad cambió. La producción de hidrocarburos cayó, las reservas internacionales disminuyeron y la escasez de divisas comenzó a golpear todos los rincones de la economía.

Los números tienen una característica incómoda: no responden a discursos ni a consignas políticas. Más temprano que tarde, Bolivia deberá enfrentar ajustes que ningún gobierno ha querido explicar con claridad. Reducir déficits, atraer inversiones (privatizaciones o capitalizaciones), generar nuevas fuentes de ingresos y recuperar la productividad ya no son opciones ideológicas; son necesidades económicas. La discusión de fondo no gira alrededor de si habrá reformas, sino sobre quién asumirá el costo político de ejecutarlas.

Por esa razón, la crisis actual tiene una dimensión mucho más estratégica de lo que aparenta. Cada actor político entiende que el próximo gobierno heredará una situación extremadamente compleja. Quien llegue al poder deberá administrar inflación, escasez de dólares, dependencia energética, déficit fiscal y una sociedad cada vez más impaciente. En consecuencia, muchos prefieren posicionarse para el futuro antes que comprometerse con soluciones inmediatas.

El gobierno enfrenta la contradicción más difícil. Necesita corregir desequilibrios económicos que amenazan la estabilidad nacional, pero cualquier medida sería genera resistencia social. Reducir subsidios, contener el gasto público o abrir más espacios a la inversión privada son decisiones técnicamente razonables, pero políticamente costosas. Por ello, la prioridad inmediata del Ejecutivo parece ser sobrevivir. Antes que transformar la economía, busca preservar gobernabilidad suficiente para evitar un colapso prematuro.

El Parlamento también ha modificado sus cálculos. Cuando la posibilidad de una ruptura institucional empezó a tomar forma, muchos comprendieron que una caída abrupta del gobierno podría arrastrar también sus propias cuotas de poder. En tiempos de crisis, la defensa de los principios suele ceder ante la supervivencia política.

La oposición tampoco está libre de contradicciones. Samuel Doria Medina y Jorge Quiroga intentan aparecer como alternativas sin asumir los costos de la crisis actual. El desgaste del oficialismo abre oportunidades, aunque no garantiza victorias para quienes esperan heredar el poder.

Los movimientos sociales juegan una partida distinta. La movilización continúa siendo una herramienta de negociación y acumulación de poder. Cada bloqueo exitoso fortalece liderazgos internos y aumenta la capacidad de presión frente al Estado. En un país donde la calle conserva un enorme peso político, la capacidad de movilización sigue siendo una moneda de intercambio tan valiosa como cualquier cargo público.

Los sectores productivos ven la situación con temor. Industriales, Transportistas, comerciantes, agricultores, y micro empresarios son quienes absorben los costos más inmediatos del conflicto. Su interés no pasa por disputas ideológicas ni por cálculos electorales. Necesitan carreteras abiertas y estabilidad suficiente para trabajar. Sin embargo, son precisamente ellos quienes terminan pagando la factura de decisiones tomadas lejos de los mercados y los centros de producción.

A esta compleja ecuación se suma un factor externo. Un aumento sostenido del precio internacional del petróleo agravaría las presiones fiscales y obligaría al país a elegir entre mayores subsidios o nuevos ajustes. Ambas alternativas generarían costos económicos y políticos en un momento especialmente delicado para las finanzas públicas. Las perspectivas para 2027 y 2028 tampoco ofrecen demasiados motivos para el optimismo. Diversos analistas anticipan crecimiento débil o negativo, inflación persistente, escasez de divisas y mayores dificultades para atraer inversión.

Sin reformas estructurales profundas, Bolivia corre el riesgo de ingresar en un período prolongado de estancamiento económico y vulnerabilidad energética. Por eso resulta equivocado interpretar la coyuntura únicamente como una disputa por bloqueos o reivindicaciones sectoriales. Lo que realmente está en juego es quién administrará la Bolivia posterior a la bonanza, quién tendrá que explicar que los recursos ya no alcanzan y quién asumirá el desgaste de las decisiones impopulares.

La paradoja es evidente. Todos los actores afirman querer estabilidad, crecimiento y soluciones. Sin embargo, muchos encuentran ventajas temporales en la continuidad de la crisis. La incertidumbre beneficia a quienes esperan que el desgaste recaiga sobre otros antes de actuar, retrasando decisiones que tarde o temprano deberán asumirse.

La verdadera batalla no se libra en las carreteras ni en los discursos. Se desarrolla en un tablero más complejo, donde cada jugador evalúa riesgos y espera errores ajenos. La historia demuestra que las grandes crisis no siempre favorecen a los más fuertes; con frecuencia benefician a quienes comprenden mejor el momento histórico. Bolivia ha entrado precisamente en una de esas etapas, donde el ruido domina la superficie, pero el futuro del país se está definiendo en silencio.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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