La mirada del escritor
La ciudad sitiada
La Paz lleva más de cuarenta días intentando sobrevivir a una crisis que parece no encontrar salida. Los alimentos escasean, el transporte se paraliza, las rutas permanecen bloqueadas y abandonar el departamento se convierte en una dificultad diaria. Mientras tanto, las autoridades vuelven a hablar de diálogo, como si esa palabra todavía conservara la fuerza que perdió después de tantas mesas quebradas, fotografías oficiales y acuerdos que nunca llegaron a cumplirse.
Cuarenta días no son una cifra menor. Son familias calculando cuánto alimento queda en la cocina, comerciantes viendo cómo se deterioran sus productos, trabajadores imposibilitados de llegar a sus fuentes laborales y estudiantes obligados a reorganizar su vida alrededor del conflicto. Una sociedad no puede acostumbrarse a vivir de esta manera. Cuando la incertidumbre se vuelve parte de la rutina, la crisis deja de ser temporal y comienza a convertirse en una forma de existencia.
El derecho a la protesta es legítimo y forma parte de toda democracia. Sin embargo, no puede transformarse en el derecho de cercar a una población entera. También existen el derecho a circular, trabajar, estudiar, alimentarse y regresar a casa. Ninguna causa puede proclamarse justa cuando utiliza el hambre, el encierro y el miedo como mecanismos de presión.
También sería irresponsable presentar este conflicto como una lucha entre el mundo urbano y los sectores aymaras. El problema no es la identidad cultural de quienes protestan. El verdadero problema es la utilización política de organizaciones indígenas, campesinas y sindicales para defender intereses que muchas veces pertenecen más a sus dirigentes que a sus bases.
Bolivia vuelve a contemplarse frente a un cristal político que durante años pareció resistente. Soportó crisis, renuncias, enfrentamientos y divisiones, pero hoy sus grietas son cada vez más visibles. Las promesas electorales de paz, estabilidad y reconciliación terminaron convirtiéndose en bloqueos, escasez e incertidumbre.
Entre la urna y el gabinete algo siempre cambia. Las ideas se debilitan, los discursos se contradicen y las promesas desaparecen cuando comienza el ejercicio real del poder. Tal vez por eso muchos ciudadanos se preguntan si eligieron verdaderamente a quienes podían conducir el país o si simplemente escogieron entre discursos preparados para ganar una elección.
La pregunta es inevitable: ¿estamos pagando el precio de haber elegido mal o el de vivir dentro de un sistema político incapaz de ofrecernos mejores opciones?
No es una pregunta exclusiva de quien escribe. Está en los ojos de la comerciante que teme perderlo todo, del padre que busca alimentos, del estudiante que no puede llegar a clases y del trabajador que no sabe si mañana podrá regresar a casa.
La ciudad continúa sitiada. No solamente por las piedras y los bloqueos, sino también por las promesas que alguna vez creyó. Y cuando el cristal político termine de romperse, quizá ya no quede confianza suficiente para sentarse alrededor de otra mesa de diálogo.