2026-06-26

Una historia de juguetes

El juego simbólico, es decir, la recreación de escenarios reales o imaginarios, apela a las fabulosas y necesarias conexiones neuronales que se van creando en sus cerebros cuando están jugando con juguetes que no hacen nada.

Toy Story en su versión número cinco, ha abrazado la realidad de padres e hijos frente a las pantallas. Los que somos de las generación X y crecimos sin celulares inteligentes, con sus ene aplicaciones, hemos recibido más de una vez un sacudón con las nuevas tecnologías. La realidad nos presenta un camino bifurcado donde, por un lado, hay padres que están de acuerdo en que los niños tengan tabletas u otro dispositivo electrónico y, por otro lado, hay padres que rechazan cualquiera de ellos. Están a su vez los defensores de que no todo es negro o no todo es blanco. Luchan por encontrar un término medio, el justo equilibrio del uso de las nuevas tecnologías, dejándose orientar por diferentes criterios, como el tiempo limitado según la edad de los hijos, los horarios convenientes en una jornada, considerarlo como premio o castigo, si todos tienen por qué nuestro hijo no, la presión de los demás, ser una alternativa de tranquilidad en ciertos momentos para los adultos o ser un medio de socialización como en el caso de la película. Todas esas variables revolotean en la mente de los padres y sin duda agotan. 

La anterior semana, la pantalla grande nos ha mostrado tiernamente el punto de vista de los juguetes clásicos, esos de toda la vida, respecto de los juguetes electrónicos y tecnológicos. Muñecas, animalitos, peluches cobran vida para narrarnos la tristeza que sienten al quedar desplazados, pero no porque sus dulces dueños hayan crecido y se encuentren en la antesala de la adolescencia sino que quedan rezagados por la tecnología. Estos dispositivos vienen a competir con los juguetes que al fin de cuentas y a simple vista son juguetes que prácticamente no hacen nada a no ser por Buzz o por los otros nuevos personajes, ancestros de los dispositivos performantes. 

La película, entonces, busca abrir los ojos y la mente de los adultos porque somos nosotros los responsables de generar un ambiente sano para los niños. Los juguetes clásicos, los de nuestros abuelos y los nuestros, esos de toda la vida, permiten que nuestros niños, al jugar, busquen en sus cabecitas la creatividad para crear historias con sus juguetes inanimados. Y esa animación en medio de diálogos inventados y voces que nuestros niños confieren a sus juguetes y peluches les hacen crecer, les hacen vivir. Practican su vocabulario y siendo tan pequeños crean guiones o reproducen historias. Además, los niños crean historias completas como una obra teatral porque hasta se encargan de la utilería, tal como se ve en la película. Cualquier retazo de tela, cinta, lana, flores, papel o vajilla sirven para su juego, su historia y sin querer queriendo, los niños van palpando la resolución de problemas; si necesitan dos sillas y una mesa, con tres piedras les basta.

El juego simbólico, es decir, la recreación de escenarios reales o imaginarios, apela a las fabulosas y necesarias conexiones neuronales que se van creando en sus cerebros cuando están jugando con juguetes que no hacen nada. Los niños se convierten en actores activos y no pasivos frente a una pantalla.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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