2026-07-14

El ajayo del congreso anfictiónico

Nuestro tiempo es el de la integración, para seguir articulando voluntades, superando barreras, hermanando pueblos, transitando fronteras y tejiendo destinos comunes.

“Una sola debe ser la Patria de los americanos”, sentenció Simón Bolívar cuando emprendió la organización de los ejércitos, universidades y parlamentos para la tarea combinada de ruptura del orden colonial, búsqueda de un pacto libertario y unificación del continente. En su pensamiento, independencia y unidad hacen un todo integracionista en sucesivas realizaciones para un “pacto americano” con la gestación de una ciudadanía latino o hispanoamericana. En efecto, a la organización de las nacientes repúblicas, Bolívar suma la tarea del establecimiento de un orden internacional hispanoamericano, profundiza la tarea integradora y da impulso al Congreso Anfictiónico, realizado en Panamá entre el 22 de junio y 15 de julio de 1826, buscando soberanía continental frente a las amenazas externas.

Precisamente, el pasado 22 de junio se celebraron 200 años de este acontecimiento. Un bicentenario que nos recuerda que la tarea de la integración continental sigue siendo una realización pendiente, en base al encuentro de los organismos subregionales y de las democracias nacionales. Ciertamente que las condiciones de vulnerabilidad han cambiado, se han profundizado. Y por eso mismo, a pesar del contexto adverso de polarizaciones, de descomposiciones institucionales y de segmentaciones, es necesario recuperar la memoria histórica para reemprender la tarea de reconstrucción de la arquitectura del orden mundial, así como de la construcción de Nuestra América.

La visión geopolítica unitaria de Bolívar se resume en la “Carta de Jamaica” (6 de septiembre de 1815), escrita en un contexto de reorganización de las guerras libertarias, y tras un balance crítico sobre las sublevaciones paralelas, simultáneas, coincidentes, pero inconexas entre las colonias rebeldes, a las que considera siguen un pacto implícito y virtual que debe convertirse en otro explícito y concreto, basado en voluntades y acuerdos comunes. Bolívar describe nuestra región como “un país tan variado y desconocido como el Nuevo Mundo”, para el que propone construir un futuro común basado en un “Pacto Americano, que formando de todas nuestras repúblicas un cuerpo político, presente la América al mundo con un aspecto de majestad y grandeza”. Y esto es posible con integración, como reza la Carta de Jamaica: “Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Nuevo Mundo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería por consiguiente tener un solo gobierno que confederase los diferentes Estados”. Este es el sueño americano inconcluso.

En enero de 1822 Bolívar le escribe a O´Higgins que “hemos expulsado a nuestros opresores, roto las tablas de sus leyes tiránicas y fundado instituciones legítimas: más todavía nos falta poner el fundamento del pacto social que debe formar de este mundo una Nación de Repúblicas”. El momento culminante para encaminar estas propuestas es la convocatoria al Congreso de Panamá en 1826, que quiere otorgarle cuerpo político al pacto social, mediante la constitución de un cuerpo anfictiónico o Asamblea de Plenipotenciarios. La propuesta contempla un espíritu unionista en tres niveles: “la defensa de la libertad ganada contra las agresiones del poder extranjero; el impulso conjunto de los intereses o causa comunes; y la superación de discordias entre Estados separados en soberanías”.

La preparación de la Asamblea Anfictiónica de Panamá ocurre en un contexto en el que América vivía su hora americana. Las coincidencias eran notorias a favor de la Patria Continental, el proyecto continental era apreciado como posible siguiendo la experiencia de los ejércitos libertarios que cruzaban fronteras como si no existieran, gozando de la solidaridad de los distintos pueblos sumados a la causa independentista; y de la misma manera, ciudadanos nacidos en un país americano podían ejercer cargos de autoridad política, diplomática o militar en otros, como los bolivianos Jaime Zudáñez en Uruguay, Cornelio Saavedra en Argentina, y otros. América se había convertido en una utopía posible.

Pero, como es conocido, el Congreso Anfictiónico no derivó en la Federación esperada por Bolívar, sino en “una alianza, en la paz y en la guerra, un compromiso de ayuda mutua y el establecimiento de un ejército y una marina comunes”. Predominó el criterio de soberanía de las naciones sobre la posibilidad de una supranacionalidad. Se ratificó la alianza implícita, pero no se pudo crear el edificio político para una Nación de Repúblicas. No se logra un mecanismo de integración, sino otro de cooperación, sujeto a las prioridades nacionales, dejando como tareas la consolidación de una asociación supranacional con carácter perpetuo, la elaboración de las bases legales de la ciudadanía hispanoamericana y el establecimiento de un régimen de comercio preferencial.

El documento Nuestra América de José Martí (1891) subraya que: “Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea (…) Lo que quede de aldea en América ha de despertar (…) Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse (...) Es la hora del recuento y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de Los Andes”. En la historia reciente, la herencia republicana nos deja Estados-Nación soberanos, que desde esta constitución pugnan por acercamientos integracionistas en distintas dimensiones y profundidades. La primera experiencia, entre los años sesenta y ochenta del Siglo XX fueron los esquemas subregionales, entre ellos la Comunidad Andina (CAN), el Sistema de Integración Centroamericano (SICA), MERCOSUR y la Comunidad de Estados del Caribe (CARICOM). Sobre la base de éstas y otras experiencias, el sueño anfictiónico por la Nación de Repúblicas recobra cuerpo con la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), experiencias inconclusas que dejan abierto el desafío de “nuestra América como la más grande nación del mundo”.

Hoy vivimos tiempos de muros y de zanjas que desgarran el sueño de la integración latinomericana y caribeña, pero no lo destierran. Recogiendo el espíritu del Congreso Anfictiónico, es el tiempo de tender puentes. Solos, como países soberanos en nuestras soledades, somos partes del aislamiento que reproduce inequidades. Nuestro tiempo es el de la integración, para seguir articulando voluntades, superando barreras, hermanando pueblos, transitando fronteras y tejiendo destinos comunes.

*Ajayo significa alma, espíritu o fuerza vital

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.
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