País de encuentros
Decimos que Bolivia es país de encuentros porque su ubicación geográfica en el corazón de Sudamérica y su función geopolítica, geoeconómica y geoestratégica de articulación continental, es como el Taypi aymara/quechua, que significa espacio-tiempo de encuentros o zona de contacto, entrecruzamientos e integración sinérgica de relaciones en distintas direcciones, con alteridades que entretejen mundos complementarios.
Una historia que transita del aislamiento a la unidad
La aspiración por convertir a Bolivia en el centro de convergencia y de articulación del continente es tan antiguo como la razón que motiva a Bolívar a encaminar la creación de una nueva nación. Así lo expresa en nota del 7 de febrero de 1825 al Gobierno de Colombia: "Yo no pretendería marchar al Alto Perú, si los intereses que allí se ventilan no fuesen de una alta magnitud. El Potosí es en el día el eje de una inmensa esfera. Toda la América meridional tiene una parte de su suerte comprometida en aquel territorio...". En su origen, la idea de la nación articuladora de otras naciones, es claramente económica, la nueva República constituida por territorios congregados en la Audiencia de Charcas nace con la misión de convertirse en el eje sobre el que giran las convergencias del continente.
Otra razón, de orden histórico y político, y que es decisiva en la cultura diplomática de Bolivia, su política exterior y la institucionalización del rol articulador del país, es la que sostiene la “Doctrina Guachalla”, propuesta una vez concluida la Guerra del Chaco, el año 1936, por el Ministro de Relaciones Exteriores Luis Fernando Guachalla, postulando como un principio de la política exterior de Bolivia que el país debe ser "tierra de contactos y no de antagonismos". La propuesta, si bien es una respuesta pacifista a la conflagración del Chaco, proponiendo dejar de lado los conflictos históricos para promover la paz y el desarrollo, por la contundencia, la profundidad y la naturaleza prospectiva de su contenido: tierra de contactos, es asimismo una propuesta de integración americana con hermanamientos interfronterizos y consensos multilaterales.
En otro contexto, otra experiencia que legitima la razón política como una perspectiva de la función articuladora del país en el continente, es la noción de “país bisagra”, que se sugiere el año 2012, cuando Bolivia decide aceptar la invitación del MERCOSUR para iniciar su proceso de adhesión, pero sin abandonar la Comunidad Andina (CAN), con lo que inaugura un sui géneris sistema de doble pertenencia. Este proceso, que demanda la construcción de convergencias y complementariedades entre dos esquemas de integración distintos, asumiendo Bolivia el rol articulador o eje común a modo de país bisagra, conlleva en su propia constitución la representación de la unidad entre la región andina con las de las cuencas del Amazonas y del Plata, enlazando el Pacífico con el Atlántico.
Otra razón, estrechamente relacionada con las anteriores, es de origen geográfico, por la privilegiada ubicación que tiene Bolivia en el corazón del subcontinente suramericano, constituyéndose en un puente natural de unión y de integración entre las naciones vecinas. Por esta razón, se suele afirmar que es un “país de gravitaciones múltiples”, es decir que recibe y proyecta influencias a lo largo de sus extensas fronteras con todos sus vecinos. Así mismo, aplicando a nuestra realidad la teoría del heartland propuesta por John Mackinder (1904), se define a Bolivia como una región cardial o “pivote geográfico”, equivalente al corazón de Sudamérica que late como espacio de encuentros y convergencias.
En esa línea Jaime Mendoza, geógrafo y escritor, en su obra El Macizo boliviano (1935), concebía a Bolivia como “una unidad histórica, geográfica y económica, con gravitación natural hacia tres grandes vías internacionales, el Pacífico, el Plata y el Amazonas”. Mendoza aboga por la conexión vial como factor de articulación. De la misma manera, el ex Canciller Guachalla, que reconoce al país como una tierra de contactos y no de antagonismos, precisa que “Bolivia (...) es una tierra de tránsito de norte a sur, de sureste a oeste (...). Está formada por tres regiones claramente definidas: la cordillera andina -llanura elevada y extensa-, la cuenca del Beni o de Mojos y la cuenca del Chaco…” (1936).
Este pensamiento, que amplía la noción geográfica a la de la geopolítica, la geoeconomía y la geoestrategia, consolida una visión nacional que proyecta futuro como una alternativa de encuentro, de atracción, de articulación y de integración entre los países de la región. El diplomático Alberto Ostria Gutiérrez, en “Una obra y un destino” (1953), escribe que Bolivia como tierra de contactos “debe ser un equilibrio natural, consecuencia de la posición geográfica central del territorio boliviano, que convierte a éste en algo así como una plaque tournante (plato giratorio)”, abogando por el país como centro neurálgico o eje de la integración suramericana. Su legado es un principio innegociable de estructuración integracionista de la arquitectura nacional en el concierto continental: “Situada en el centro de la América meridional, cabecera de los tres principales sistemas hidrográficos, Amazonas, Plata y Pacífico, nexo entre dos océanos, limítrofe de cinco naciones, obligado paso de norte a sur y de este a oeste, la geografía impone a Bolivia, no una función aisladora y de aislamiento, sino de atracción, de articulación, de unión, de soldadura entre los países que la rodean”.
Coincidiendo con estos enfoques, en la actualidad, bajo la política de “Bolivia al mundo y el mundo a Bolivia”, se sugiere la idea de “país puente”, bajo el criterio de que Bolivia no solo debe integrarse, sino que también debe integrar. Sugiere en los “Lineamientos de Política Exterior”, que la vocación histórica del país es la articulación. Y con una visión de la integración regional soberana, complementaria y solidaria que genere oportunidades y desarrollo compartido, perfila a Bolivia desde su situación de Estado articulador y conector bioceánico del continente (Atlántico - Pacífico).
Como se puede apreciar, la configuración de Bolivia como el país de la articulación regional, se asienta en razones combinadas de distinto orden: geográfico por su privilegiada ubicación en el centro del sucontinente; geopolítico por su posibilidad -y necesidad- articuladora de esquemas de integración, del Atlántico con el Pacífico y del Norte con el Sur; económico por su propia potencialidad nacional y por vincular economías diversas; desarrollo compartido por las redes de hermanamientos interfronterizos; y geoestratégico por su sentido integral de dinamización coordinada de los distintos factores. El país de los contactos, el país bisagra, el país puente, el país de los encuentros se define desde su historia como garante de la democracia, del desarrollo, de la integración y de la paz.
País de atracción, articulación, unión, integración y proyección continental
El mundo cambiante que vivimos, con una reconfiguración multipolar que conlleva la diversificación de los centros de poder con renovadas polarizaciones; con un proceso de disrupción tecnológica que encamina una nueva realidad civilizatoria global-glocal desigual; con una realidad geoeconómica y de transición energética que reescribe la historia extractivista y transformadora en torno a los minerales críticos; con la valoración estratégica de la biodiversidad como factor de desarrollo sostenible; y con el arrastre de crisis globales irresueltas como la pobreza, la desigualdad, las migraciones, la seguridad y el cambio climático, le plantea al país la inevitable tarea de redefinir su papel en el concierto internacional.
Uno de los caminos para encarar este desafío histórico, es recuperar críticamente el legado histórico que define a Bolivia en su potencialidad de país articulador continental, considerando que en el contexto contemporáneo tiene la posibilidad de legitimarse en su vocación unitaria tejiendo redes de solidaridad, contribuyendo al fortalecimiento y encuentro de los sistemas de integración, y tendiendo puentes entre países, regiones, historias, economías, sociedades, aspiraciones y desafíos.
Entre otras tareas, para afrontar el desafío de convertir Bolivia en el país de los encuentros tendiendo puentes en un tiempo en el que se tiende a levantar muros y zanjas, anotamos de manera puntual algunos factores urgentes:
Potenciar la privilegiada ubicación geográfica, con el doble desafío de convertir el país en el espacio de la interconexión continental, así como superar nuestra condición mediterránea vinculándonos al mundo sin antagonismos, con puertas (y puertos) abiertas y facilidades de inversión, circulación y comercialización. En este cometido la integración es un desafío vital con una mirada de complementariedad entre la conectividad vial, área, fluvial, lacustre y ferroviaria, en redes de norte a sur y de este a oeste. Una tarea urgente es la participación del país en los corredores bioceánicos Atlántico - Pacífico, que por el norte van a unir el puerto de Santos en Brasil con el puerto de Chancay en Perú, y por el sur puertos del Brasil con otros de Chile, pasando por Paraguay y Argentina.
Convertir a Bolivia en el hub de interconexión regional y gestión estratégica de la circulación de ciudadanos y de mercancías, superando la noción de país de tránsito, mediante el establecimiento de sistemas de conversión del país por una parte en un núcleo logístico de inversión, comercio, industria y, por otra, en un espacio de desarrollo y cohesión social mediante la promoción del turismo, intercambios culturales, encuentros deportivos, así como eventos de reflexión y proyección continental. El desarrollo de las regiones es una finalidad al mismo tiempo que un requisito para el impulso de este factor desde las condiciones particulares de cada municipio y gobernación, que se suman a los beneficios de la integración alimentándola.
Los elementos anteriores muestran las posibilidades para que Bolivia se convierta en un polo de desarrollo continental, dando impulso a la transformación de su matriz productiva mediante la industrialización de sus recursos estratégicos (litio, tierras raras y minerales críticos), y su producción tradicional, para su comercialización competitiva en el mundo que interconecta participando activamente en los esquemas de integración regionales, particularmente la Comunidad Andina, MERCOSUR y ALADI. El país, en su función de articulación se convierte en un actor relevante en el equilibrio regional y sus dinámicas conjuntas de inserción en el orden internacional.
La función geoestratégica de país bisagra cobra relevancia para las convergencias y complementariedades entre los organismos de integración, así como en la posibilidad de la multipertenencia, armonizando legislaciones que favorezcan el desarrollo de los países con su pertenencia supracional a un sistema continental de cooperación y unión multidimensional: económica, comercial, política, social, cultural, ambiental y territorial. Esta dimensión activa la conexión entre las costas del Pacífico y del Atlántico, así como entre el Cono Sur, la Amazonía, el Chaco, los Valles Interandinos y los Andes. De la misma manera, el país sería escenario de experiencias de desarrollo interfronterizo en temas diversos, entre ellos la seguridad, la salud, la educación y el comercio.
Constituir el país de contactos, o país bisagra, o país puente, o país de encuentros, tiene como condición fundamental, de cimiento para sostener el edificio integracionista, la garantía de la articulación interna. Se irá forjando a la par de las redes de unidad entre los países, pero parte de la certeza de la seguridad jurídica y ciudadana, de la garantía de la libre circulación, de la facilitación del comercio, del reconocimiento de los derechos de los ciudadanos que recorren sus vías, de la voluntad expresada en políticas de construcción de un continente colaborativo y de un “país de contactos y no de antagonismos”.