Nueve meses de gestión: El espejismo de Paz y el agujero negro del MAS
La aritmética electoral, muchas veces, es un espejismo, y en ciencias políticas, la llamamos volatilidad electoral. Rodrigo Paz Pereira ganó la segunda vuelta en 2025 con un holgado 55% de los votos, pero esa cifra contundente oculta una paradoja letal: su liderazgo es inversamente proporcional a la fuerza numérica que recibió en las urnas.
La implosión del MAS-IPSP dejó un agujero negro en el sistema de representación boliviano, y ni Paz ni su alianza Patria han logrado llenarlo, sumiendo al tablero político en una crisis de legitimidad que se agrava mes a mes.
El primer gran error de lectura fue geográfico. Rodrigo Paz y Edmand Lara no son producto de los grandes centros urbanos, sino del voto rural y ciudades intermedias. Mientras en las capitales y El Alto apenas arañó un 45%, en el área rural logró un aplastante 67%. Sin embargo, su gobierno nació dando la espalda a esos mismos territorios.
El caso de La Paz es elocuente: en las 20 provincias, Paz y Lara barrieron con el 85% de los sufragios, pero al asumir, aisló a Lara —el verdadero nexo con esas bases— y aplicó políticas que los perjudicaron.
El "decretazo" 5503 fue la gota que rebalsó el vaso; en apenas enero, esas mismas provincias que lo llevaron al poder ya le exigían su dimisión. Fue el acuerdo con Mario Argollo y la COB lo que desactivó temporalmente la movilización, pero el daño político ya estaba hecho.
Por si fuera poco, la desconexión de Paz con su electorado natural y su desgaste precoz se hizo evidente en las elecciones subnacionales del 22 de marzo de 2026. De obtener el 32% en primera vuelta y el 55% en segunda en las generales de 2025, la alianza Patria pasó a un deprimente acumulado de 19% para gobernadores y aún más mísero 10% para alcaldes.
Por ejemplo, en La Paz, el candidato oficialista Luis Revilla apenas logró un flaco 20% de votos válidos, porcentaje que cae al 15% si se contabiliza el voto en blanco y nulo, reflejo de la ira popular.
Pero el colmo de la sordera política llegó cuando el partido Nueva Generación Patriótica (NGP), manejado desde Estados Unidos por Edgar Uriona, inhabilitó unilateralmente al candidato René Yahuasi. La ciudadanía paceña respondió con un bloqueo de 53 días, una rebelión civil que evidenció que la paciencia de las bases tiene un límite.
Mientras tanto, en Tarija, lo que en La Paz no ocurrió en las urnas sí sucedió con crudeza. Adrián Oliva, el abanderado oficialista, ganó la primera vuelta, pero en el balotaje sufrió una humillación histórica al perder frente a María René Soruco (CDC) por un abismal 71% contra 29%. Peor aún, perdió más de 12.000 votos en el tránsito de una vuelta a otra, un fenómeno inédito en la historia electoral boliviana que retrata un rechazo activo y militante contra la gestión de Paz.
¿Los resultados? Patria solo logró dos de nueve gobernaciones (La Paz, con enorme cuestionamiento, y Beni, en segunda vuelta), perdió en los balotajes de Tarija, Oruro y Chuquisaca, y ni siquiera llegó a esa instancia en Santa Cruz. A nivel municipal, apenas controla 39 de los 335 municipios.
Pero el dato más revelador de esta crisis sistémica es que, por primera vez en la historia reciente, ningún partido político ha logrado presentar candidatos en el 100% de los municipios. El MAS-IPSP, otrora hegemónico, ha desaparecido prácticamente del mapa electoral, y la alianza Patria —con base en el resucitado MIR— solo alcanzó a cubrir 262 de 335 municipios (apenas el 78%).
Este vacío no lo están llenando estructuras sólidas, sino "taxi partidos" como NGP (controla 23 municipios) y alianzas camaleónicas como el MNR (logró 20 municipios, la mayoría en Cochabamba bajo la alianza Soluciones con Todos), además de agrupaciones locales sin arraigo nacional.
El derrumbe de la aprobación presidencial en la encuesta continua del Monitor de Opinión Pública de Ipsos-Ciesmori confirma este diagnóstico. Entre noviembre de 2025 y marzo de 2026, Paz gozó de una popularidad superior al 60% en las ciudades de La Paz, El Alto, Cochabamba y Santa Cruz.
Sin embargo, en apenas cuatro meses se desplomó 28 puntos porcentuales, hasta el 32% en julio. Para ponerlo en perspectiva: a Luis Arce le tomó seis meses en 2024 perder la misma magnitud de respaldo, lo que le costó sus aspiraciones reeleccionistas. La diferencia es que Arce “aguantó” 3 años de gestión con una aprobación estable antes de la catástrofe masista.
Los principales motivos, señala la encuesta, son la falta de firmeza en decisiones (12%), corrupción (12%), mal manejo económico (10%), gasolina basura (10%), entre otros.
Paralelamente, Libertad y República (LIBRE), liderada por Tuto Quiroga, consolidó su presencia en el oriente del país (ganó las gobernaciones de Santa Cruz y Pando y es el quinto partido con más municipios, 19 en total), mientras que el Movimiento Tercer Sistema (MTS), de Félix Patzi, fortaleció su influencia en el occidente (segundo partido con más municipios, sumando un total de 36 alcaldías), pero ninguno logra articular un proyecto de país que remplace al MAS.
En ese contexto, el principal desafío político de Rodrigo Paz nunca fue derrotar al MAS-IPSP, sino convertirse en el nuevo eje articulador del sistema de partidos. Los resultados sugieren que fracasó estrepitosamente.
Paz ganó las elecciones generales, pero ya perdió la autoridad para gobernar. El MAS se desvaneció, y quien debía heredar su maquinaria electoral no entendió que el poder no se ejerce desde los despachos urbanos, sino desde el barro de las provincias. Bolivia ha entrado en una era de representación líquida, que hoy se expresa en gobernantes frágiles y una mayor fragmentación territorial, partidaria y electoral.