La Tribuna
Se terminó el silencio: El arbitraje boliviano frena el racismo
El 8 de agosto de 2026 va ser inolvidable para quienes estuvieron en el Félix Capriles viendo Bolívar vs Aurora ya que no será un partido cualquiera, este fue distinto. En el minuto 34 del segundo tiempo el partido se detuvo, no hubo falta, no hubo gol, no hubo lesión. Lo que hubo fue una "X". Dos manos cruzadas sobre la cabeza. Y después, el sonido más importante de la noche: el silbato largo de Dilio Rodríguez que paró todo.
Desde la cabina y desde la cancha se entendió al instante. Había insultos racistas dirigidos a Dairon Asprilla y por segunda vez en la historia del fútbol boliviano, el arbitraje decidió no mirar para otro lado y ese día se frenó el racismo. Y con eso, creo, empezamos a escribir otra historia.
El 9 de noviembre de 2025, Bruno Vera fue el primero en aplicar el protocolo contra el racismo de FIFA, pero ese incidente paso desapercibido por un grave error arbitral desde la sala VAR, tuvo que pasar 9 meses para que se vuelva a dar un incidente de este tipo para activar lo que se aprobó por FIFA, en mayo de 2024, cuando en Bangkok se aprobó un protocolo que muchos vimos como "otro documento más".
Se llama el Procedimiento de Tres Pasos y tiene un símbolo muy simple: la "X". Cruzar las manos a la altura de las muñecas. Ese gesto es la alarma. Significa "aquí hay discriminación" y obliga a actuar. No sugiere. Obliga.
- El Paso 1 es inmediato: se detiene el partido y por altavoces se le pide a la tribuna que cese.
- El Paso 2 es más serio: los equipos se van a camarines y el partido se suspende – en Bolivia – por siete minutos.
- El Paso 3 es el final: se suspende el partido y vienen las sanciones deportivas y económicas que duelen de verdad.
El arbitraje boliviano fue capacitado al respecto, se hizo la instrucción a los clubes, jugadores y dirigentes, se mostraron videos, se hicieron talleres; pero en el fondo todos pensábamos: "ojalá no nos toque aplicarlo". Porque aplicarlo significa enfrentar a toda una hinchada, significa bancarte la presión, los gritos, los dirigentes enojados.
En Cochabamba nos tocó y se hizo lo que se tenía que hacer. No fue un caso aislado. Fue una deuda histórica y para entender lo que pasó en el Capriles hay que mirar atrás. Mucho atrás.
Durante años, el racismo en nuestras canchas se disfrazó porque le pusimos nombres bonitos: "folclore", "calor del partido", "la tribuna es así" y muchos árbitros escuchan lo que pasa y seguimos el partido porque "no era para tanto", porque "si paro el partido me matan", porque en la planilla aprendimos a poner "conducta inadecuada del público" y listo. Archívese.
El caso de Serginho en marzo de 2019 en el Tahuichi aún queda en la memoria, Brasileño, delantero, insultado los 90 minutos y salió llorando. Nadie paró nada porque no existía un protocolo especifico, simplemente un enunciado, creo que ese día le fallamos, y fallamos a todos los que vinieron después: a los jugadores afrodescendientes, a los niños que van a la cancha y escuchan esos gritos y piensan que es normal. Por eso cuando sonó el silbato el 8 de agosto, no fue solo por Asprilla. Fue por Serginho. Fue por todos los que se bancaron el odio en silencio.
¿Qué cambió? Cambió el chip Mucha gente me pregunta: ¿y por qué ahora sí? Cambió porque el fútbol ya no puede hacerse el desentendido. Porque las redes amplifican todo en 10 segundos. Porque los jugadores ya no se callan. Porque los clubes, aunque tarde, están entendiendo que el racismo les cuesta plata y puntos. Pero sobre todo cambió porque nosotros, el arbitraje, entendimos algo clave: no somos contadores de faltas. Somos garantes del juego limpio.
Y el juego limpio no existe si un jugador entra a la cancha sabiendo que lo van a deshumanizar, el reglamento y el nuevo protocolo hoy nos respalda, pero el reglamento sin coraje no sirve, el coraje es salir y decirle a un estadio lleno: "paren", el coraje es escribir en el informe exactamente qué se gritó, de qué tribuna vino, a qué minuto. Porque si el árbitro no documenta, el Tribunal de Disciplina no tiene cómo sancionar.
Cuando se activó el Paso 1 en el Capriles, pasaron tres cosas:
- Primero, los jugadores de ambos equipos se acercaron, no hubo protestas, pero si hubo respaldo. Eso dice mucho de cómo está cambiando el vestuario.
- Segundo, por altavoz se dio la advertencia. Se escuchó feo, cortó el partido, incomodó a todos. Bien. La incomodidad es parte del proceso.
- Tercero, el partido siguió. La tribuna entendió el mensaje. No hubo reincidencia. Ojalá siempre sea así.
Esa noche hubo una mezcla rara: orgullo y miedo. Orgullo porque hicimos lo que teníamos que hacer. Miedo porque sé que a partir de ahora nos van a exigir siempre. Y está bien que sea así, pero lo más importante – y que nadie se confunda – el arbitraje haya frenado un partido no significa que el problema se solucionó, significa que empezamos.
El racismo no se erradica con una "X". Se erradica cuando todos los actores del fútbol hacen su parte, los dirigentes tienen que dejar de aplaudir solo cuando ganan, tienen que sancionar a sus propias barras, identificar a los violentos y prohibirles la entrada. No sirve llorar la multa después, los clubes tienen que hacer campañas reales, no solo un post el 21 de marzo.
Tienen que educar en sus inferiores, un niño que aprende a ganar insultando, mañana será un adulto que grita en la tribuna, también los jugadores tienen que seguir alzando la voz. Asprilla no se victimizó, pidió que se cumpla el reglamento. Los periodistas tienen que dejar de normalizar, dejar de decir "la cancha es una olla a presión". No. La cancha es un lugar público y el odio no es folclore.
Los hinchas... ustedes son el alma del fútbol, pero el aliento no puede convertirse en insulto. Se puede protestar una mala jugada, no se puede atacar a una persona por el color de su piel y nosotros, los árbitros, tenemos que sostener esta medida. Capacitarnos, no tener miedo, escribir bien los informes, bancar la presión. Ser coherentes. Porque si hoy paramos y mañana miramos para otro lado, perdimos toda la credibilidad.
El fútbol boliviano tuvo su punto de inflexión en el Capriles, no por el resultado sino por la decisión. Considero que "El arbitraje boliviano frena el racismo" no es un titular para vender diarios, sino que es un compromiso. Es decirle al país que, a partir de ahora, el silencio se acabó, pero un silbato no hace verano, necesitamos a todos. Necesitamos dirigentes valientes, clubes responsables, jugadores que denuncien, hinchas que cuiden la cancha, periodistas que no relativicen y un Estado que acompañe con sanciones ejemplificadoras.
La lucha contra el racismo no es tarea de un árbitro, ni de un jugador, ni de FIFA, es tarea de todos los que amamos este deporte porque la pelota no se mancha, pero nosotros sí podemos mancharla si seguimos callando. El 8 de agosto sonó un silbato en Cochabamba. Ojalá sea el primero de muchos. Y ojalá llegue el día en que ya no tengamos que usarlo.