2026-09-05

Contra viento y marea

Gabinete Niksen: el arte de gobernar de brazos cruzados

Nadie escucha, lee o ve noticias, ni revisa sus notificaciones en el internet para evitar ver a las autoridades sus explicaciones nerviosas y vacuas porque no hay mayor castigo para un inútil, que quitarle el micrófono.

Muy de reojo estuve hojeando un libro de Olga Mecking: El libro del Niksen, que, por lo menos para mí, novedosamente trata del concepto neerlandés de no hacer nada; práctica que, teniendo su origen precisamente en los Países Bajos, está fundamentada en toda una filosofía que hace de sus habitantes uno de los países más felices del mundo.

Y aunque juré descansar hoy del tema político, mi descubrimiento de esa teoría científica tan fascinante, imposibilita no aplicarla a los “genios” que conducen la nave de nuestro Estado, o mejor dicho a los que la miran hundirse desde sus camarotes.

Pues resulta que los europeos, en su infinita comodidad, se inventaron una filosofía oficial llamada Niksen, palabra que, traducida al castellano, significa literalmente hacer absolutamente nada y que, en pocas, significa sentarse en una silla a mirar el vacío, sin celular, sin un pensamiento productivo y sin remordimientos, lo que me causó un ataque de orgullo porque entendí que “nuestro gabinete ministerial no había sido inepto; más bien están a la vanguardia de la salud mental europea”. De manera que, mientras los ciudadanos de a pie corremos como locos haciendo malabares para que el sueldo no se vuelva agua a los pocos días de cobrarlo, nuestros ministros parecen haber alcanzado la iluminación del Niksen institucional. Esa envidiable capacidad de ver impertérritos cómo el país cruje, respondiendo con un silencio de tumba los ya, a estas alturas, innúmeros problemas y escándalos que nos azotan y que sin temor a equívocos —a diferencia de otros tiempos— son de exclusiva responsabilidad de nuestros ministros. ¡Bah!, eso no es incapacidad, es meditación neerlandesa profunda financiada con nuestros impuestos.

Claro que la práctica original del Niksen requiere cierta mística que, entre otras cosas, importa un esfuerzo consciente por desconectarse de todo. En cambio, en nuestros ministerios la inacción es una profesión a tiempo completo, con chofer, viáticos y oficina alfombrada. La verdad es que es un arte contemplativo en que los pocos ministros conformantes del Órgano Ejecutivo, miran pasar la crisis como quien mira desde el confort de sus despachos la lluvia, esperando que el tiempo, el Espíritu Santo o la próxima devaluación se encarguen del asunto. Tienen la asombrosa capacidad de firmar decretos sin medir consecuencias, logrando el milagro metafísico de que, al final del día, no se solucione absolutamente nada. Eso no lo hace cualquiera. Requiere años de entrenamiento en el noble deporte de “hacerse el sordo” (por no emplear un término menos amable).

Para el ciudadano promedio, educado en el estrés diario, la inactividad genera abstinencia de indignación. Vive tan alerta que, si pasa cinco minutos sentado sin producir, la conciencia le responde con un sopapo: “¿Qué haces aquí flojeando? Seguro que ya subió la canasta familiar”. Esa gran mayoría que sabe que hay que trabajar duro para sobrevivir, paga con su salud mental el derecho a ver cómo los ministros practican el ocio a nivel profesional.

¿Será que nos hemos creído que todo está mejorando? ¿O que haya alguien tan candoroso que haya creído que no se tolerará la corrupción? O lo que es peor: ¿que por lo menos parezca que se está haciendo algo para combatir el retraso y el cohecho, el soborno y la coima, mientras en los despachos ministeriales se respira una paz de monasterio, interrumpida solo por los constantes timbrazos o la máquina de café? Si la ineptitud pagara impuestos, nuestros ministros ya habrían pagado la deuda externa. O, si no, ¿por qué renunciaron tantos ministros en tan poco tiempo de gobierno?

Después de todo, a diferencia de lo que en Países Bajos se practica con tanto éxito, acá podemos colegir que la inoperancia de nuestras autoridades para solucionar los agobiantes problemas que nos carcomen, les permite hacer Niksen cada vez que las papas queman, y en una suerte de democratización de esa filosofía, tendríamos que tener el derecho ciudadano de aplicarlo en defensa propia, mandando todo al diablo por unas 24 horas como una fórmula, a lo mejor eficaz para lograr que las autoridades nombradas sin ningún mérito, puedan reflexionar o dejar su cargo a quien con idoneidad  pueda desempeñarlo. Esto solo tendría que ser aplicable a quienes hacen del trabajo una vocación, no a los que por todo y por nada paralizan el país, persiguiendo intereses subalternos.

Hacer nada, en el fondo, sería un acto de legítima defensa. Nadie escucha, lee o ve noticias, ni revisa sus notificaciones en el internet para evitar ver a las autoridades sus explicaciones nerviosas y vacuas porque no hay mayor castigo para un inútil, que quitarle el micrófono.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.
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