La mirada del escritor
Estado sin rumbo
No sé qué rumbo tomó Bolivia. Tampoco sé si mañana, al salir de casa, encontraré gasolina para continuar con una vida que se ha vuelto una sucesión de filas, incertidumbres y preocupaciones. No sé cuánto costarán los alimentos dentro de una semana, si el salario conservará algún valor o si todavía podremos sonreír cuando termine el mes. Lo único que parece seguro es que habitamos un país convertido en un Estado sin rumbo.
Quizá perdimos el camino hace más de una década. Tal vez nunca llegamos a encontrarlo. Durante años confundimos la estabilidad aparente con el desarrollo, el crecimiento circunstancial con la prosperidad y los discursos políticos con verdaderos proyectos nacionales. Mientras se anunciaba un futuro grandioso, dejamos pasar la oportunidad de construir instituciones sólidas, diversificar la economía y preparar al país para los tiempos difíciles.
Hoy Bolivia enfrenta las consecuencias de esa imprevisión. La falta de dólares, la escasez de combustibles, el aumento de los precios y la incertidumbre económica no son problemas aislados. Son síntomas de una crisis más profunda: la ausencia de dirección. Un Estado sin rumbo no es únicamente aquel que atraviesa dificultades financieras, sino aquel que ha perdido la capacidad de explicar hacia dónde conduce a su población.
La política nacional parece reducida a una lucha permanente por conservar o conquistar el poder. Las autoridades administran emergencias; la oposición calcula beneficios electorales; los sectores sociales defienden intereses particulares; y la ciudadanía queda atrapada entre bloqueos, promesas y frustraciones. Nadie parece mirar más allá de la próxima elección, del siguiente conflicto o de la encuesta de turno.
Sin embargo, un país no puede vivir indefinidamente de la improvisación. Bolivia necesita un proyecto nacional que no dependa de un caudillo, un partido o una coyuntura favorable. Necesita recuperar la institucionalidad, proteger la democracia, ofrecer seguridad jurídica, administrar responsablemente sus recursos y devolverle credibilidad a la palabra pública. Gobernar no significa pronunciar discursos tranquilizadores mientras la realidad se deteriora; significa anticiparse a las crisis y tomar decisiones, aunque sean difíciles.
Lo más doloroso es que los bolivianos nos hemos acostumbrado a resistir. Convertimos la adversidad en rutina y la incertidumbre en una forma de vida. Aprendimos a madrugar por combustible, a buscar dólares, a modificar nuestros presupuestos y a desconfiar de cada anuncio oficial. Nuestra capacidad de sacrificio es admirable, pero también puede ser peligrosa cuando permite que quienes gobiernan confundan paciencia con resignación.
Aun así, existe una chispa que Bolivia nunca ha perdido por completo: la voluntad de levantarse. Es esa fuerza silenciosa de quienes trabajan, estudian, producen y sostienen a sus familias pese a todas las dificultades. Tal vez el rumbo no se encuentre en los discursos del poder, sino en esa sociedad que continúa caminando incluso cuando el Estado permanece detenido.
No sé qué será de Bolivia mañana. No sé cuánto más podremos soportar ni qué nuevas carencias aparecerán al despertar. Pero sé que no estamos condenados a vivir extraviados. Encontrar el rumbo exige memoria, responsabilidad y valentía. También requiere comprender que ningún país se salva esperando eternamente a un líder providencial.
Bolivia necesita dejar de sobrevivir y comenzar, finalmente, a construir su destino.