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Gumucio sobre Chipaya: Quería mostrar una memoria de desgaste y esperanza, un pueblo que lucha por su supervivencia democrática
El escritor y cineasta Alfonso Gumucio Dagron sostiene que con la película documental Chipaya quiso mostrar la memoria de desgaste y de esperanza de esa nación originaria que apostó por la autonomía y aún lucha por su supervivencia tanto democrática como vital en medio de condiciones adversas. Este miércoles se estrenará ese filme en la Cinemateca Boliviana.
“La nación chipaya, muy disminuida en número, fue la tercera que decidió voluntariamente seguir el camino de las autonomías indígenas, donde sus autoridades ya no tenían que pertenecer a los partidos políticos tradicionales, sino que los dirigentes eran electos democráticamente sin la intervención de la politiquería nacional en el nivel local”, explica Gumucio Dagron en entrevista con Visión 360.
En diciembre de 2009, más del 90% de la población de la nación indígena uru chipaya aprobó en referendo la decisión de acceder a la Autonomía Indígena Originaria. Cuatro ayllus, Manazaya, Aranzaya, Wistrullani y Ayparavi, tomaron esa decisión.
Gumucio, que filmó la película documental “antes de que iniciara la pandemia” del Covid-19, comenta que quiso registrar a los cuatro ayllus cuando todavía había algo de esperanza. “A pesar de la autonomía del pueblo chipaya, creo que están destinados a desparecer como nación dentro de un par de décadas. Los jóvenes se van a trabajar a Chile, los viejos se mueren, la tierra ya no produce, sus costumbres ancestrales se transforman”.
¿Cuál fue la principal historia o realidad que quería que el espectador descubriera?
Para los espectadores chipaya: su propia memoria preservada. Una memoria de desgaste y, al mismo tiempo, de esperanza por el proceso autonómico, aunque al parecer ese proceso no ha funcionado. Y para el espectador que descubre a los chipaya, la revelación de un pueblo que lucha por su supervivencia democrática frente a condiciones muy adversas.
¿En qué momento de tu trayectoria surgió el interés por el pueblo chipaya?
Surgió la oportunidad, yo no la busqué, de hacer un trabajo corto y sencillo, unos 10 a 15 minutos, para documentar en video el proceso electoral autonómico de los cuatro ayllus de Santa Ana de Chipaya, cuando eligieron democráticamente a sus primeras autoridades autonómicas, que reemplazaron a los alcaldes del sistema electoral tradicional occidental, viciado por los intereses de los partidos políticos.
Sin embargo, al ir a filmar me involucré con la comunidad y poco a poco hice mucho más de lo que estaba previsto. Conseguí otros apoyos y los recursos mínimos necesarios para hacer un documental de largometraje.
¿Cuál era el contexto social y político de los chipaya cuando realizó la película?
La nación chipaya, muy disminuida en número, fue la tercera que decidió voluntariamente seguir el camino de las autonomías indígenas, donde sus autoridades ya no tenían que pertenecer a los partidos políticos tradicionales, sino que los dirigentes eran electos democráticamente sin la intervención de la politiquería nacional en el nivel local.
¿Qué significado tiene filmar a una comunidad indígena desde dentro y no solamente hablar sobre ella?
Como en todos los documentales que he realizado en comunidades, mi papel es ser lo menos intrusivo posible, adaptarme a las situaciones cotidianas, no intervenir más de lo indispensable en su dinámica comunitaria, ser discreto, casi invisible. Por eso mi equipo de filmación se reduce a un camarógrafo y a un sonidista. Creo que no se puede pensar en un equipo de producción más pequeño. En otras palabras, las limitaciones económicas hay que convertirlas en una ventaja expresiva.
¿Cómo se construyó la película Chipaya?
Yo tenía una idea clara de crear un documental que sirviera sobre todo a los propios chipaya como un capítulo de su libro de historia. Me fui alejando del documental clásico para que ellos mismos mostraran lo que era importante y, de esa manera, hice el montaje de las secuencias, respetando sus tiempos y prácticas tradicionales, mientras, al mismo tiempo, los interpelaba sobre sus problemas y desafíos.
¿Qué dificultades enfrentó para filmar en Chipaya?
Nunca me ha gustado hacer el papel de víctima. Es muy común que los cineastas se quejen porque no pueden conseguir 60 o 70 mil dólares para sus proyectos. Yo podría quejarme con mayor razón, puesto que mi largometraje documental se hizo a partir de apenas mil dólares y algunas colaboraciones institucionales no monetarias.
Yo no gané ni un centavo, gasté lo poco que tenía para pagar a los camarógrafos y al sonidista. Los jóvenes cineastas están acostumbrados a tener un servicio de “catering” en sus locaciones. Nosotros comíamos lo que había y cuando había. Y no por ello siento que la pasamos mal. Más bien, fue una hermosa experiencia.
¿Hay algún testimonio que recuperaría de la filmación?
Sin duda, hay dos momentos clave en la película. Por una parte, la reconstrucción de escenas de “Vuelve Sebastiana” con la propia Sebastiana y el propio Paulino ya envejecidos. Esas son imágenes irrepetibles, puesto que ambos ya fallecieron. No dudo que esa escena pasará a la historia del cine boliviano como un homenaje excepcional.
La otra escena es aquella donde Ezequiel Mamani Condori y su esposa Julia Felipe describen su vestimenta tradicional, de arriba abajo. Dentro de diez años es muy probable que esa vestimenta haya desaparecido o haya cambiado. Por ello, esa secuencia quedará como un importante elemento para la memoria del pueblo chipaya.
¿Qué elementos de la cultura Chipaya consideró imprescindibles para mostrar en la película?
Puede parecer pesimista, pero a pesar de la autonomía del pueblo chipaya, creo que están destinados a desparecer como nación dentro de un par de décadas. Los jóvenes se van a trabajar a Chile, los viejos se mueren, la tierra ya no produce, sus costumbres ancestrales se transforman. Quise registrar a los cuatro ayllus cuando todavía había algo de esperanza.