2026-10-04

La madriguera del Tlacuache

Francia, “la hija mayor de la Iglesia Católica”

El incendio de la catedral parisina de Notre Dame el año 2019 pudo ser una metáfora: el reflejo del declive cristiano y la conversión de la sociedad francesa al escepticismo que confronta la propia identidad, no solo religiosa sino cultural.

La Revolución Francesa es quizás el hito más representativo de la descristianización de Francia (primer reino oficial de fe católica en Europa, allá por el siglo V, de ahí el apodo). Aunque es la Ley de 1905 la que terminó con el concordato napoleónico (firmado por Bonaparte y el papa Pío VII en 1801, que reconocía al catolicismo como la religión de la gran mayoría de los ciudadanos franceses, pero no como la religión oficial del Estado), y prohíbe a la República reconocer o financiar cualquier culto religioso.

A propósito, alguien decía que después de 237 años de ese experimento fallido, era hora de deshacer la locura de la Revolución Antifrancesa: “se hizo la guerra a todo lo que era Francia: su fe, su rey, sus provincias, su lengua, sus oficios, sus parroquias. Y se le llamó progreso”.

El principio de laicismo sigue siendo un pilar fundamental de la Constitución francesa. Y de la sociedad: según el Instituto Nacional de Estudios Demográficos, más de la mitad de los adultos en Francia señala no tener afiliación religiosa alguna; y solo un 8% asiste a misa regularmente. 

Pese a ello, y a que Francia es un Estado estrictamente laico, el catolicismo conserva peso en la identidad nacional. Y la sociedad moderna da, de vez en cuando, señales de que el cristianismo aún no ha desaparecido y de que podría, por el contrario, estar reanimándose.

La Conferencia de los Obispos de Francia revela un repunte en este último tiempo de bautizos a adultos y adolescentes. Al parecer existe un grupo numeroso de conversos, conformado principalmente por jóvenes de entre 18 y 25 años; “una generación en busca de sentido”.

El papa León XIV acaba de visitar algunas ciudades francesas en una gira apostólica. Supuso una reparación a los católicos por la ofensa en la inauguración de las Olimpiadas París 2024. En aquella, entre muestras y desfiles majestuosos, se coló un cuadro en movimiento que molestó al mundo cristiano: se trataba de una parodia de La última cena de Leonardo da Vinci.

En Lourdes, la segunda ciudad de Francia después de París más visitada (la Virgen patrona de los enfermos es muy venerada), el papa presidió la tradicional procesión nocturna de las antorchas. En el Estadio de Francia, alrededor de 80,000 jóvenes se congregaron en una noche de oraciones y representaciones por las que siglos de cristianismo francés cobraron vida: el Ejército de los Santos honró a quienes dieron forma a la herencia cristiana francesa, como Santa Juana de Arco, Santa Bernardita y San Vicente de Paúl.

En la plaza de la Concordia, la misa oficiada por León XIV conmovió por la inmensa cantidad de asistentes (casi 1 millón) extendida por los Campos Elíseos, que mostraron confianza en la recuperación de parte de su identidad. Se descubría el rostro de una Francia que se reconectaba con sus raíces cristianas; y con su viejo credo.

Sin ventanas rotas, sin monumentos vandalizados, sin coches quemados, sin policías heridos, sin banderas francesas pisadas, miles de católicos se juntaron en torno a su fe. Inclusive a voces agnósticas les costó contener la emoción: quienes tan solo paseaban cerca de donde se llevaban a cabo los actos religiosos, o quienes, como mi hermana, dedicados a la hotelería, atendieron a la comitiva vaticana.

Y es que como bien apunta Don Cupitt: “Nadie en Occidente puede ser totalmente no cristiano. Puedes llamarte no cristiano, pero los sueños que sueñas siguen siendo sueños cristianos, y sigues formando parte de la historia del cristianismo. Ese es tu destino. Puedes considerarte secular, mas el mundo secular occidental moderno es en sí mismo una creación cristiana. Seguimos siendo lo que el cristianismo ha hecho de nosotros, y en muchos aspectos el Occidente posmoderno es más cristiano que nunca”.

Quizás algo de esto es lo que inquietó a una asociación musulmana en Francia. Esa que expresó su preocupación por el entusiasmo católico durante la visita de del papa León XIV: “en 45 años, Francia volverá a ser católica, y nos quedaríamos con nada más que nuestras lágrimas”. Su inquietud parecía salir de su prejuicio de que “los católicos son mucho mejor organizados y más decididos que los musulmanes”. Con recelo, la asociación advirtió que el influjo del catolicismo estadounidense podría ayudar a impulsar el crecimiento de catolicismo en todo el mundo.

El incendio de la catedral parisina de Notre Dame el año 2019 pudo ser una metáfora: el reflejo del declive cristiano y la conversión de la sociedad francesa al escepticismo que confronta la propia identidad, no solo religiosa sino cultural. La catedral fue restaurada y por lo que vimos hace unos días la fe de muchos franceses también. Aun cuando alguien por ahí posteaba que es una bobería pensar que Francia será otra vez católica, pues lo mismo se pensó con la visita del papa Juan Pablo II en 1980 “y ya ven…”.

Pero tal vez sea como decía Chesterton: “La cristiandad ha tenido una serie de revoluciones y en cada una de ellas el cristianismo ha muerto. El cristianismo ha muerto muchas veces y ha resucitado; porque tenía un Dios que conocía la salida de la tumba”.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.
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