La espada en la palabra
¿Qué haremos con nuestros viejos?: Reflexiones desde el parabrisas
Como otras personas, a partir de estas fechas del año yo también suelo comenzar a ponerme melancólico. La llegada del final de otro año provoca muchas sensaciones en muchos de los moradores de este pequeño planeta que habitamos. Es la época de las graduaciones, del cierre de gestiones en diversas instituciones o empresas, de los arbolitos de Navidad, de más niños pidiendo una limosna en las calles, de las cenas opulentas y modestas… Mas a esa mi melancolía anticipada por una temporada que, en realidad, todavía no llegó, se me sumó en estos días una más debido a una experiencia personal de toda esta última época: la de la senectud.
El otro día acompañé a mamá al banco para ayudarla a meter y sacar del auto a mis abuelos, que debían cobrar sus rentas de jubilación. Estacioné el coche justo en la puerta del banco y, en tanto aguardaba con mi abuelo mientras mi mamá entraba con mi abuela, comencé a ver sillas de ruedas, bastones y nietos o hijos que llevaban del brazo a sus abuelos o padres. Los veía pasar frente a mí, como en un desfile lento y decadente, pero al mismo tiempo con un aura de dignidad dotada por las muchas décadas vividas. Ver la escena no pudo no hacerme reflexionar —otra vez— sobre el paso del tiempo, sobre cuán inmisericorde es, que va dejando nuestros cuerpos sin vigor y a veces incluso humillados.
Dejé en mi regazo el libro que me había llevado para soportar la espera y me puse a contemplar a través del parabrisas a los ancianos que, asidos del brazo de algún acompañante o sentados en sillas de ruedas, iban ingresando con dificultad a la entidad bancaria por una puerta especial. Al igual que cuando se contempla a un pequeño crío de pocos años de vida, la observación detenida de un anciano provoca varios cuestionamientos que giran sobre el sentido de la vida, el miedo del futuro, el paso del tiempo o el sufrimiento y la felicidad.
Pero también provoca, al menos en mí, el cuestionamiento sobre el mundo contemporáneo, marcado por fenómenos de diversa índole, pero que tienen todos los factores transversales de la soledad, la velocidad y la productividad. El mundo nuestro es, pues, veloz y productivista y está atomizado. Estas características, similares a las del mundo positivista de fines del siglo XIX y comienzos del XX, colocan a los seres humanos físicamente débiles en un puesto subalterno. Cabe preguntarnos si la tendencia en el futuro se agudizará en este sentido, pues, si se agudiza, quienes padecerán la realidad futura serán nuestros padres o nosotros mismos, que ya seremos ancianos de aquí a unos cincuenta años.
¿Hacia dónde va la humanidad? ¿Qué mundo estamos construyendo? ¿Cómo serán vistos los ancianos en el mediano y largo plazo? ¿Cómo verán los jóvenes del futuro a las personas que vivieron mucho más que ellos?
Mas otra reflexión que se me vino a la mente giró en torno a la cantidad de tiempo que ya viven las personas a nivel global. Debido sobre todo a los avances científicos en la medicina y la farmacéutica, la tendencia indica que los seres humanos irán viviendo cada vez un poco más. Si a esa realidad sumamos que, a nivel mundial, cada vez hay menos bebés, es interesante especular cómo serán las estructuras familiares de aquí a unos años más. No puedo negar que cavilar sobre estas cuestiones me provoca, cuando menos, algo de perplejidad; sin embargo, el Evangelio es esperanzador en ese como en otros asuntos: lo que viene luego de esta realidad es mejor que lo que tenemos hoy.
Con todo, vale la pena dejar de pisar el acelerador por un ratito, para detenernos a reflexionar este tipo de fenómenos relacionados con la senectud y las características de nuestra época y las que vendrán.