Con los pies en la tierra
Plan económico ‘Made in USA’
Finalmente, Rodrigo Paz tiene un plan económico para Bolivia. Fue publicado el pasado 2 de octubre, después de casi un año de gobierno. No se llama “Capitalismo para Todos”, tampoco “Modelo 50/50”, ni “Primero la Patria”. Ni siquiera tiene un nombre. Es un documento técnico redactado en inglés y, por ahora, solo disponible en la plataforma digital del Fondo Monetario Internacional (FMI).
El documento que forma parte del acuerdo firmado con el Fondo, además de estar refrendado por la Asamblea Legislativa, contiene la explicación más completa que existe sobre el rumbo económico trazado para el periodo 2027-2031. Incluye un diagnóstico actualizado de la crisis, identifica problemas, prioriza soluciones, y fija metas, indicadores de desempeño y compromisos de cumplimiento obligatorio. Está sujeto a evaluaciones trimestrales.
No es que el gobierno no haya intentado redactar un plan económico por cuenta propia. Lo intentó al inicio. La primera y única versión quedó plasmada en el Decreto 5503 de diciembre de 2025. La importancia que el gobierno atribuyó fue tal que lo presentó con una solemnidad que no se volvió a repetir. El primer mandatario declaró emergencia económica y leyó el listado de medidas adoptadas por decreto, flanqueado por sus ministros, todos vistiendo trajes y corbatas impecables.
El gobierno, más allá del ajuste de precios de combustibles, pretendía inaugurar un nuevo modelo económico protagonizado por el sector privado, el capital extranjero y la mano invisible del libre mercado. Prometía “fast track” para desburocratizar la economía y reformas estructurales de gran alcance. Pero el experimento duró poco. El decreto no solo arrastraba errores de forma, redacción desprolija o referencias a artículos inexistentes, sino que tenía tantas falencias que no soportó las críticas ni las protestas sociales. Fue abrogado unas semanas después y sustituido por otro.
Fue el punto de quiebre que lo acercó al FMI. En los meses siguientes, el memorando suscrito revela que el gobierno se dedicó a completar las tareas asignadas por el Fondo como parte de las “acciones previas”. Reformuló el Presupuesto General del Estado (PGE), liberalizó el tipo de cambio, cortó el financiamiento monetario del Banco Central, entre otras medidas. Bajo la consigna: “estamos reordenando la casa”, el equipo económico se puso a disposición del personal del FMI que se había instalado en una suerte de oficina anexa a los despachos de las principales autoridades de órgano ejecutivo.
Sería inexacto, sin embargo, descalificar el programa simplemente porque viene de Washington. Algunos de los principales hitos transformadores de la economía boliviana no existirían sin apoyo y asesoría externa. Ahí está el Plan Bohan de los años 40, que contribuyó a la diversificación productiva y a repensar la integración económica entre el occidente y el oriente. O la Corporación Boliviana de Fomento (CBF), que dio origen a las principales industrias incubadas desde el Estado. Sentaron las bases para el despegue de la agroindustria cruceña y para que Bolivia haya dejado atrás la dependencia de alimentos importados. No todo lo que lleva el sello “Made in USA” es incompatible con las necesidades de desarrollo nacional.
El plan económico diseñado por del FMI contiene elementos que están fuera de discusión. La necesidad de disciplina fiscal en todo momento y en especial en tiempos de crisis, el abandono del financiamiento monetario del déficit fiscal, la adopción de metas e indicadores medibles o el manejo ordenado de las cuentas públicas. El acuerdo puede ayudar a disciplinar a un gobierno inclinado a fantasear con soluciones fáciles y milagrosas. Puede ayudar, pero no garantiza. Por ejemplo, pese a que consta por escrito que los organismos multilaterales financiarán excepcionalmente hasta un tope 3.300 millones de dólares, el presidente sigue viajando por el mundo para traer miles de millones de “platita”. La última vez, a su retorno Estados Unidos, anunció que había conseguido más de 10.000 millones de dólares.
Ahora, una cosa es reconocer ciertas convergencias y otra muy distinta adoptar el plan económico que Bolivia necesita. El FMI puede ayudar a estabilizar la macroeconomía, pero no a diseñar una estrategia nacional de desarrollo. Ese es, precisamente, el problema de fondo.
Está claro que Rodrigo Paz heredó una economía en crisis, con altas tasas de inflación y un déficit fiscal de dos dígitos. Sería desatinado exigirle que resuelva semejante herencia en su primer año de gobierno, al igual que el despropósito de convertir el pasado en una justificación permanente, reeditando lamentos bolivianos como “nos han dejado una economía destruida” o “nos han dejado sin gas”.
El balance económico del primer año arroja un saldo negativo. El gobierno de Luis Arce postergó irresponsablemente las medidas correctivas que hacían falta. Postergó porque la estabilización de una economía en crisis es dolorosa y exige decisiones difíciles. En cambio, Rodrigo Paz encaró el ajuste en su primer año de gobierno. Sin embargo, el alza de precios ha golpeado duro a las familias bolivianas y al sector productivo. La recesión amenaza con prolongarse más allá del 2030. La economía cayó 3,27% en el primer semestre de este año.
Sin el inesperado boom de las exportaciones de oro y plata, impulsado por los precios internacionales extraordinarios, la crisis sería bastante más delicada a estas alturas. Si bien el cambio de gobierno facilitó el financiamiento internacional, la deuda externa sigue funcionando como un mecanismo que solo sirve para patear adelante el problema. Por otra parte, el alza del precio del petróleo ciertamente jugó en contra, diluyendo tanto los efectos positivos de los precios extraordinarios del oro, como del aumento de los ingresos fiscales después del ajuste del precio de combustibles.
En estas circunstancias, el programa del Fondo es un salvavidas, pero no sustituye la necesidad estratégica de pensar con cabeza propia un plan hecho en Bolivia. No se trata de levantar banderas nacionalistas contra el FMI, sino de tener ideas propias, prioridades compatibles con los intereses nacionales y soberanía política para renegociar los condicionamientos externos. Los contrapesos nacionales importan porque el Fondo —o cualquier organismo externo— también vela por sus propias prioridades e intereses. Basta fijarse, por ejemplo, cómo el acuerdo obliga a Bolivia a pagar hasta el último centavo de la deuda externa, a título de que importa cuidar la imagen de buen pagador y, al mismo tiempo, respalda la jugada sucia que planea el gobierno para desentenderse de la deuda que tiene con la Gestora Pública por más de 1.000 millones de dólares.
En definitiva, el gobierno de Paz tiene un plan económico del que sabemos poco porque no lo presume, le es ajeno y no tiene portavoces.
Este 8 de noviembre, el presidente y sus ministros no vestirán de traje y corbata para rendir informe de su primer año de gobierno. Pero, el problema no es la falta de, ni siquiera la ausencia del presidente, sino que, a un año de su gobierno, todavía no sabemos qué país quiere construir Rodrigo Paz con cabeza propia.