martes 24 de febrero de 2026

Mirada sociológica

Museo, Arte, Patrimonio: manifestación de una espiritualidad secularizada

Que “La Larga Noche de Los Museos” en Bolivia sea grata, y secularmente espiritual, pues “las cosas, antes que cosas, son lo que significan”. Más aún sin son obras humanas, que expresan el alma de un tiempo ido.

Escribo este texto a propósito de “La Larga Noche de los Museos”, una de esas actividades culturales nacidas en Europa y adoptadas en un buen número de países del mundo que merece la pena fomentarse, como se lo viene haciendo en La Paz desde el año 2007, y ahora también en buena parte del país. El concepto inicial se gestó en Berlín, Alemania, el año de 1997, cuando a un grupo de jóvenes artistas y curadores, buscando formas innovadoras de atraer al público a los museos y galerías berlinesas, se les ocurrió esta buena idea.

El concepto inicial de esta actividad nacida en Europa pervive en la versión boliviana. Es un concepto simple: durante una noche determinada, los museos, casas culturales y galerías permanecen abiertos hasta altas horas de la noche, ofreciendo acceso gratuito a sus exposiciones y actividades. La intención es explorar la riqueza cultural de la ciudad, y del país, en un ambiente relajado y festivo.

En Bolivia, desde que se instauró dicha actividad de “democratización cultural”, la gente suele responder con entusiasmo. Son masivas las visitas a las casas de arte, a centros culturales y a museos. Ver la romería hacia esos espacios es como ver una procesión de gente en comunión, compartiendo, de cierto modo, esa emoción común por las artes y las muestras de civilizaciones que ya no podemos ver. Toda una experiencia religiosa, en suma, sin ser precisamente sagrada, pues en esos lugares opera una suerte de conexión con “el espíritu de las cosas” que ahí moran honradas y cuidadas.

Y es que, sin ser místicos, estos son espacios que convocan a lo más espiritual y humano de lo nuestro, como es aquello de entender que nuestra relación con las cosas de este mundo no solo pueden ser una relación utilitaria, en la que todo se desecha, sino una relación emocional (espiritual), cargada de significaciones. Veámoslo con un ejemplo. Cuando visitamos por ejemplo el MUNARQ y nos encontramos frente a las momias que ahí reposan, sabemos bien, sentimos, que lo que está ante nosotros no es solamente carne resecada destinada a desaparecer. Hasta resulta molesto referirse en tales términos a dichas momias, porque lo que nuestra intuición nos dice es que lo que ahí reposa es trascendente: son cuerpos humanos de una civilización pasada que no tenemos la suerte de ver, y que debemos conservar. Difícil no conmoverse con lo que queda de tales seres. Difícil no proyectarse en el porvenir y pensar en nuestra propia singularidad humana. Y es que, finalmente, esos seres en reposo son una suerte de puente con ese pasado del que a menudo nos pensamos como continuación.

La misma experiencia (espiritual) producen otro tipo de muestras, como es el mismo Palacio Quemado, que su majestuosidad no solo nos habla de la arquitectura, del ingenio y la estética de una época (que ya es mucho), sino de un lugar que resume nuestra historia como unidad política, que simboliza el poder en su trayectoria y agitada historia. Un lugar, un monumento, que nos dice de dónde venimos como nación y qué somos, finalmente. 

Por supuesto que en este mundo pragmático, en el que la vida económica y política copa todos los espacios, el mundo de los museos y el patrimonio es también un mundo en disputa. ¿De qué modo? Pues, de este que se hace evidente con preguntas como estas: ¿qué ideas subyacen en quienes deciden qué se preserva y “canoniza”? ¿Cuál es la visión de la historia y el patrimonio en quienes deciden, por ejemplo, “romper la armonía” arquitectural de un casco viejo como el del centro de la ciudad? ¿Cómo y quiénes son los que deciden lo que entra en los museos? ¿A qué criterios responden las jerarquizaciones tácitas en las muestras de arte y de civilizaciones que ahí se honran? 

Intentar responder a preguntas de este tipo nos llevaría a discutir temas como la ideología de quienes tienen el poder circunstancial de decidir sobre esas cosas... Sabemos que ese tipo de lecturas, así, discutidas con la temporalidad de la política, agota. Quizás, alguna vez, habría que intentar mirar todo ello con otro prisma, dejando que una mirada menos atrapada en la circunstancialidad de la política, cobre peso. Miradas, pues, atemporales orientadas, esta vez, por preguntas como estas: ¿por qué, nosotros, seres humanos, preservamos objetos (y demás legados) de nuestra civilización y de las del pasado? ¿Por qué llamamos a ciertas creaciones arte? ¿Por qué atesoramos todo ello?

Cierto es que la práctica de reservar un espacio destinado a preservar, exponer y honrar obras de arte y de civilizaciones tiene una historia, cuya génesis se sitúa a finales del XV siglo, en el llamado Renacimiento italiano. Pero esa es la historia de esa práctica ahora institucionalizada de la que resultan los museos y las ideas de patrimonio. “Otra historia” es esta cualidad humana con la que significamos, sublimamos, cosas o prácticas al cubrirlas con una suerte de manto de significaciones. Ese simbolismo, en suma, con el que “organizamos” las cosas de este mundo, clasificándolas, jerarquizándolas. La etnología y la filosofía lo han mostrado abundantemente. Así lo hacemos aquí y así lo hicieron en otro tiempo y otras épocas. Una de las resultantes de esa cualidad humana universal, aquí, en el mundo que conocemos, ha sido la emergencia de los museos y las ideas mismas de patrimonio. En otros lugares y épocas, esa cualidad humana se objetivó de otros modos, en espacios de culto, en la sacralidad de lugares y objetos, en ritualidades fúnebres, por ejemplo. Pero la “estructura interna” de esa práctica humana (el de reservar espacios para honrar lo significante), es la misma a lo largo de la historia de la humanidad, como lo diría C. Levi Strauss. Y es que, como escribe E. Cassirer, nuestra relación con el mundo es una relación intermediada por la significación. Para los humanos de otro tiempo y para los contemporáneos, las cosas, antes que cosas, son lo que significan.

Dicho esto, y porque la misma comprensión de nuestra relación con el patrimonio y los museos se aplica a relaciones con “otro género de museos”, nos resultará más comprensible la emoción real, auténtica, que acompaña a luchas de grupos o comunidades que se resisten, por ejemplo, a aceptar que su hábitat sea arrasado por algún “emprendedor”. Pues para ese personaje (llámese también Estado, empresa, capitalismo…) esos lugares de inversión solo son vistos como algo a hacer fructificar financieramente. Para el autóctono, en cambio, no dejarán de ser una suerte de santuarios, pues ahí moraron sus antepasados, y ahí se hicieron ellos mismos... “Santuarios” (podríamos decir también museos) de los que, ante la fuerza del “progreso” avasallador, tendrán que hacer el duelo.

Lo mismo podríamos decir de edificaciones disonantes que se levantan en medio de “santuarios de la nación”, profanándolos… pero no hace falta hacerlo. El razonamiento es el mismo. Digamos, más bien, que lo que nos enseña la relación con el mundo del arte, los museos y el patrimonio, es enseñanza extensible a toda relación con lo que nos rodea en este mundo. Relación emocional (espiritual) que un humanismo que desearíamos transversal en el individuo moderno, y sobre todo en el que detenta poder (político, económico), deberá, siempre, considerar.

Que “La Larga Noche de Los Museos” en Bolivia sea grata, y secularmente espiritual, pues “las cosas, antes que cosas, son lo que significan”. Más aún sin son obras humanas, que expresan el alma de un tiempo ido. 

*La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.