martes 16 de julio de 2024

La espada en la palabra

Cinco Esquinas: amarillismo y distorsión

El mayor desafío, entonces, no está en que el periodismo no se extinga, sino en hacer de él una profesión noble y de servicio.

Acabo de terminar de leer una de las más recientes novelas de Vargas Llosa, publicada en 2016 por Alfaguara: Cinco Esquinas. Mi intención en este artículo es comentar no la parte literaria de aquella obra, sino su mensaje político y social, relativo sobre todo al periodismo amarillo y la chismografía. El contenido de la novela me parece pertinente hoy, teniendo en cuenta la calidad de información que en el presente publican varios medios que inundan las redes sociales con avalanchas de noticias sesgadas, direccionadas o directamente falsas. En dos palabras, la historia de Cinco Esquinas es la de un empresario que se ve envuelto en un escándalo porque un medio dedicado a la publicación de noticias escandalosas y morbosas llamado Destapes saca a la luz unas fotografías en las que aquel está desnudo y en medio de una orgía con prostitutas. El contexto político de la historia es la dictadura de Alberto Fujimori y una Lima que vive en la zozobra debido al toque de queda del gobierno, los secuestros de mafias organizadas y los arrestos abusivos de la Policía.

La historia, brillantemente contada y con pasajes eróticos que hacen estremecer al lector, reflexiona sobre cómo una prensa amarilla es capaz no solo de direccionar los intereses y creencias de una sociedad hacia el escándalo y el sensacionalismo, sino también de poner en entredicho la estabilidad de un matrimonio en apariencia feliz. En Cinco Esquinas, la publicación de una noticia escandalosa provoca un asesinato, varias calumnias, procesos judiciales presumiblemente amañados y un estado de tensión crónico que entristece a varias de las personas involucradas. La dramática y erótica historia de Enrique Cárdenas y Marisa, protagonistas de la novela, es ciertamente un extremo al que pueden llegar algunos periodistas y medios que perdieron el rumbo del oficio. Pero los extremos nos llevan a reflexionar sobre ciertas situaciones de nuestra propia realidad: ¿cómo va el periodismo en Bolivia? ¿Hay algún medio o algún grupo de periodistas que hagan un trabajo similar al de Destapes? ¿Puede llamarse periodista aquel que, con saña y mala intención, elabora notas para desprestigiar a los adversarios?

Que yo sepa, no existe ningún medio que publique notas de la calaña de las de Destapes. Sin embargo, sí existen, como en casi todos los países y en todo tiempo, medios (o suplementos o espacios de medios) dedicados a publicar banalidades de la farándula o el espectáculo para el entretenimiento del gran público. Pero si se pudiera establecer un paralelismo más cabal entre la situación del periodismo boliviano actual y la historia de Cinco Esquinas, estaría en el control que ejerce hoy el actual gobiernos sobre algunos medios de comunicación (tanto públicos como privados) que son utilizados para desprestigiar al adversario, pues en la historia contada por el Nobel peruano, el Doctor (inspirado en la figura de Montesinos) posee una influencia decisiva sobre las notas que Destapes publica para denostar a los enemigos del régimen o a quienes sencillamente lo incomodan.

Algo similar ocurre con los medios estatales bolivianos, que funcionan siempre como si fueran gubernamentales porque son cajas de resonancia de lo que predica el gobierno de turno y espacios donde se desacredita al adversario u omite lo que este hace bien. Abre hoy mismo, estimado lector, la página web del periódico estatal, sintoniza la radio pública o pon el canal del estado en tu televisor (medios pagados por una pequeña parte de tus impuestos): te informarás solamente de una parte ínfima (y, lo peor, distorsionada) de la compleja realidad que nos circunda. En rigor, tales medios lo que hacen es propaganda y de ninguna manera información o comunicación, que son actividades más ricas y edificantes que aquella, que es unidireccional y cerrada.

Como dice el mismo Vargas Llosa en su libro La verdad de las mentiras parafraseando a Popper, los regímenes autoritarios se distinguen, entre otras cosas, por diluir los límites que deben existir entre la ficción y la realidad, y si bien hoy ya no hay censores como los de antes ni regímenes tan autoritarios como los del siglo XX, las precarias democracias latinoamericanas siguen admitiendo la existencia de periodismos que mezclan la verdad con el mito. Hoy el periodismo vive un momento crítico debido al auge de las nuevas tecnologías, pero no creo que la supervivencia como tal de aquel oficio esté en peligro. El mayor desafío, entonces, no está en que el periodismo no se extinga, sino en hacer de él una profesión noble y de servicio. Un periodismo serio, crítico y plural, contribuye a la democracia; en otras palabras, a la convivencia racional y razonable de todos los individuos en el marco de nuestras posibles diferencias, convivencia que hoy está en entredicho por la beligerancia en la que está sumida Bolivia y que amenaza su integridad.

*La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360
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