martes 24 de febrero de 2026

Staccato

La Muralla China

Puedo alegremente mojar los pies cuando la muralla declina en el golfo de Bohaï, y al hacerlo soy más feliz, aun en representación, aun en imágenes. Y lo seré todavía más cuando los seque bajo el sol hasta que el crepúsculo enrosque a la muralla y pueda atisbar tras las sombras la silueta “de quien fue capaz de hacer del mundo un laberinto y al hombre un insecto”.
viernes 28 de junio de 2024
Solo he podido verla en películas, en videos o en fotografías. Pero si hay algo que toca la puerta de mis antojos es la muralla china; más aún si pienso con recurrencia en la frase de Foucault: “¿Acaso en nuestro sueño, no es la China justo el lugar privilegiado del espacio?” Y agregar a ella de mi parte: ¿Y la muralla china el punto vital de ese lugar? Si un día logro estar ahí, sé que con ruido ensordecedor podré escuchar el silencio, atrapar símbolos, contemplar un universo cerrado que se agite en mi conciencia como un planeta de probabilidades infinitas en que lo real se vuelva aparente y que me diga que incluso hay todavía una verdad mayor de lo que se ve, de lo que se respira, de lo que ha sido concebido; algo así como un imaginario perpetuo que paulatinamente vaya tomando cuerpo.
 
Así la pienso y así la construyo, ya que es verdad histórica que a raíz de la anexión de los mongoles a la dinastía Qing la célebre muralla no fue terminada por sus constructores (el paradigma de la inconclusión humana), tal como así sugiere Jorge Luis Borges al perfilar un comentario sobre la Muralla china, de Franz Kafka. Arguye él que para el escritor checo lo abundante, lo excesivo, acaba fatalmente en la fragmentación; y añade, parafraseándolo, que “el infinito es múltiple, como detener el curso de ejércitos infinitamente lejanos; como dar a conocer a un emperador infinitamente remoto en el espacio y en el tiempo que ordena que infinitas generaciones levanten un muro infinito que dé la vuelta a su imperio infinito”. Concluye tajante Borges: “la muralla representa para Kafka la certeza del absurdo, la rotundidad del fracaso”.
 
Aquí, ¿no es la representación de Kafka tan cierta como la vida misma? Sin duda, aunque bajo una visión muy particular, adusta, de tremenda sacudida interna (no exenta, por supuesto, de evidente pesar). La muralla es para él –tal como sostiene un crítico de su pensamiento-, un laberinto, una visión dialéctica del mundo, pesimista e insensata (… pero cuánto de pujanza en ella), pobremente encerrada en ese majestuoso universo: un alter ego del sinsentido; quizá, a guisa personal, como una búsqueda de música a través del silencio, o por lo menos del mero chirrido de Josefina la cantora en el país de los ratones, perfecta traslación del “mucho ruido”, de Kafka, “que interrumpe, atormenta y angustia la existencia”, hacia una voz figurativa que es autorizada a cantar, por más que sea un sonido inarticulado, agudo y  desapacible.
 
Si muy a propósito Gershom Scholem advierte que en el proceso y culminante encuentro con la música, ella a su modo diseña la mística judía, la cábala, y de manera proverbial ha precedido a las religiones instituidas por la palabra divina y su escritura por la ley, es posible interpretar lo que Scholem dice, ya en Josefina, que la música se ha perdido y la palabra divina se ha alejado; o, como explican otros entendidos, los héroes kafkianos Gregorio Samsa en La metamorfosis, y Ulises en El silencio de las sirenas, callan; y entonces la voz de Josefina surge del silencio. Así vistas las cosas, si progresáramos en el tiempo, como distante ejercicio de analogía de cara a una actitud reivindicadora de Kafka, tendríamos que convenir con John Cage en que, como sustancial paradoja, el plan es atravesar el corazón del silencio para hallar el sitio de la música, su duración, y percibirla y oírla aun en su pobreza más evidente cual es el chillido de Josefina, pero, en fin, escucharla. Es lo que se pretende… y se logra.
 
¿Pero estaré yo preparado para semejantes razonamientos en este momento para mí esencialmente volubles e inestables si –seré sincero- lo único que pretendo es callar y recorrer las huellas de sus sinuosas y amables sendas, construidas por espíritus desgarrados y sujetos a leyes inatacables, pero al mismo tiempo, y quizás sin proponérselo, forjadores de una aglomeración de visiones que hoy nos dejan pasmados? Es la muralla china que día tras día invento, como así lo hago con el Taj Mahal, con el Faro de Alejandría, o como lo hice en su momento con Tiwanacu.
 
Y así entonces divisar en mis sueños de hombre ya mayor toda la muralla verde, la muralla y sus montañas, la belleza de las ruinas, las torres de defensa, las de alarma, los fortines emplazados en sitios estratégicos, los cubos de tierra, la madera y el ladrillo. Puedo alegremente mojar los pies cuando la muralla declina en el golfo de Bohaï, y al hacerlo soy más feliz, aun en representación, aun en imágenes. Y lo seré todavía más cuando los seque bajo el sol hasta que el crepúsculo enrosque a la muralla y pueda atisbar tras las sombras la silueta “de quien fue capaz de hacer del mundo un laberinto y al hombre un insecto”.
La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360
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